La capital es La Valetta, una de las más pequeñas de Europa.
Malta tiene alrededor de 574.000 habitantes. Es uno de los países con mayor densidad de población del mundo.
Es un archipiélago en el centro del Mediterráneo. Está situado al sur de Sicilia (a 93 km) y al norte de Libia. Lo forman tres islas principales: Malta, Gozo y Comino. La superficie total ronda los 316–320 km². El punto más alto es Ta’ Dmejrek, con unos 253 metros. Malta no tiene montañas propiamente dichas, pero sí un relieve accidentado formado por antiguas cadenas calcáreas. El paisaje maltés se caracteriza por colinas bajas y terrazas agrícolas, mesetas de piedra caliza y acantilados costeros, como el de Dingli.
Tiene clima mediterráneo, con veranos secos y calurosos e inviernos suaves. Dicen que solo llueve 30 días al año. Nosotros cogimos unos de esos días. Y es muy ventoso.
La economía maltesa es pequeña pero muy dinámica. Sus pilares son el turismo, servicios financieros, tecnologías de la información y juegos online (apuestas), transporte marítimo y logística y construcción y servicios.
El desempleo suele ser bajo y el nivel de vida, relativamente alto.
La gastronomía de Malta mezcla influencias italianas, árabes y británicas, con platos sencillos y mediterráneos. Lo más típico es el conejo guisado, llamado fenek, que es casi el plato nacional. También son muy populares los pastizzi, unos hojaldres rellenos de ricotta o guisantes que se comen en cualquier momento del día. Es fácil encontrar pasta, pizza o risotto por todas partes y mucha comida rápida siciliana (los arancini, por ejemplo).
Otros platos habituales son el lampuki pie, un pastel de pescado; los bragioli, que son rollos de carne rellenos; la ftira, un pan tradicional que a veces se sirve como bocadillo; y la soppa tal-Armla, una sopa de verduras con queso maltés.
La cocina maltesa no es tan marinera como cabría esperar para un país insular, pero aun así tiene varios platos de pescado muy característicos y profundamente ligados a la identidad local. El más emblemático es la aljotta, una sopa tradicional de pescado hecha con tomates, ajo, limón, hierbas y a veces arroz; se prepara con pescados pequeños como el pez de roca y es especialmente popular en Cuaresma.
Otro plato fundamental es el lampuki, un pez migratorio muy apreciado que se consume sobre todo entre septiembre y diciembre; se cocina a la plancha, al horno o incluso en pastel de hojaldre, y es especialmente famoso en Marsaxlokk, el pueblo pesquero del sureste. También es muy común el pez espada a la parrilla, conocido como pixxispad mixwi, marinado con hierbas, limón, aceite y especias antes de asarse.
Otro clásico maltés son los calamares rellenos, klamari mimlija, que se preparan con una mezcla de cebolla, ajo, pan rallado, ricotta, aceitunas y hierbas, y luego se hornean hasta dorarse ligeramente.
En verano es habitual encontrar pulpetti tal-makku, unas frituras de whitebait (alevines de pescado) mezclados con huevo, limón, hierbas y cebolla, que se fríen en aceite de oliva y se sirven calientes con un chorrito de limón. El atún también es muy popular, especialmente en forma de filetes marinados y a la parrilla, llamados tonn mixwi, preparados con ajo, aceite de oliva, menta, sal y pimienta. Además, el pulpo es un ingrediente muy presente en la cocina maltesa, sobre todo en el plato quarnita bit-tewm, donde se cocina con ajo, aceite, pimentón, hierbas y limón, y suele servirse frío como entrante. Por último, el bacalao salado aparece en la insalata tal-bakkaljaw, una ensalada de bacalao con patatas, aceitunas, cebolla, tomate, huevo duro y vinagre balsámico, muy típica en días festivos.
En repostería destacan los imqaret, dulces fritos rellenos de dátiles, y los kannoli de influencia siciliana. Entre las bebidas locales, la cerveza Cisk es la más conocida y el refresco Kinnie, con sabor a naranja amarga y hierbas, es muy característico.
Aunque no son originarias del archipiélago, las chumberas (Opuntia ficus‑indica y Opuntia maxima) se han integrado tan bien en el entorno maltés que están en todas partes. El higo chumbo se come como tal, se hacen compotas, zumos, postres y hasta un licor llamado Bajtra.
La moneda de Malta es el euro, así que no necesitas cambiar divisa.
La franja horaria es la misma que en España peninsular: UTC+1 en invierno y UTC+2 en verano.
En cuanto a salud, no se requieren vacunas especiales para viajar. La Tarjeta Sanitaria Europea funciona sin problemas en el país. El agua del grifo es potable, aunque a veces tiene un sabor mineral fuerte y mucha gente prefiere agua embotellada. Malta es el país más árido de Europa, con una pluviosidad muy baja y muy irregular. La media anual ronda los 550 mm, pero con fuertes fluctuaciones y años claramente por debajo de esa cifra. Esta limitación natural ha generado históricamente una escasez persistente de agua dulce. Las estadísticas dicen que cada vez llueve menos.
Durante décadas, Malta dependió casi exclusivamente de acuíferos subterráneos, su único recurso renovable. Esto generó sobreexplotación y descenso del nivel freático, aumento de la salinidad del agua subterránea y necesidad de tratamientos más intensivos para potabilizarla (desalinización). En la última década ha habido tres sequías muy importantes.
Malta no tiene ríos ni lagos naturales permanentes. Esto se debe a los suelos de piedra caliza porosa, que no retienen agua superficial, y a un clima mediterráneo muy seco, con lluvias escasas e irregulares.
Conviene llevar protección solar incluso en primavera, porque el sol es intenso. En verano hace bastante calor y humedad, así que es importante hidratarse bien. Para excursiones por zonas rocosas o acantilados, es recomendable usar calzado cómodo y cerrado.
Los enchufes en Malta son de tipo G, los mismos que en Reino Unido, así que necesitarás un adaptador. El voltaje es de 230 V y la frecuencia de 50 Hz, igual que en España.
Los primeros pillar boxes (buzones) británicos llegaron a Malta en 1860, instalados en lugares clave de La Valeta como St George’s Square y la zona del Customs House. En 1862, se añadieron buzones murales en comisarías de policía de 25 localidades de Malta y Gozo. En 2002, parte de los buzones antiguos fueron sustituidos, pero posteriormente Maltapost inició su restauración debido a su valor patrimonial.
Las cabinas rojas llegaron a Malta durante la época británica y se instalaron al mismo tiempo que en el Reino Unido, siguiendo los modelos diseñados por Sir Giles Gilbert Scott. En 2001, las cabinas rojas recibieron protección de grado 2 como patrimonio. En 2018, se aprobó un plan para restaurar 11 cabinas históricas en La Valeta, especialmente en Republic Street y Merchants Street.
Los autobuses son el único transporte público terrestre de Malta y conectan prácticamente toda la isla. Están gestionados por Malta Public Transport. Precios (para visitantes): invierno: 2 €, verano: 2,50 € y nocturno: 3 €. El billete dura 2 horas y permite transbordos.
Tarjetas útiles:
Explore Card (7 días con viajes ilimitados): ~27€.
Tarjeta de 12 viajes
Los autobuses tienen retrasos o a veces incluso ni vienen. Hay muchísimo tráfico.
Son muy comunes los ferries. El archipiélago cuenta con varias rutas marítimas que conectan Malta, Gozo, Comino y también Sicilia, con barcos que van desde pequeñas lanchas rápidas hasta grandes ferris de alta velocidad capaces de transportar coches.
La ruta más utilizada es la que une Malta con Gozo. Aquí operan dos tipos de barcos: los ferries clásicos que salen desde Ċirkewwa hacia Mġarr y los fast ferries que conectan directamente La Valeta con Gozo. Los ferries tradicionales son grandes, capaces de transportar coches, motos y cientos de pasajeros; cruzan en unos 25 minutos y funcionan con una frecuencia muy alta a lo largo del día. Los fast ferries, en cambio, son catamaranes rápidos solo para pasajeros, más pequeños y ágiles, que hacen el trayecto en unos 45 minutos y pueden llegar a ofrecer hasta 31 salidas diarias según la temporada.
Los ferries a Comino son embarcaciones más pequeñas, lanchas rápidas o ferries medianos que salen desde Marfa o Ċirkewwa y llegan a la Blue Lagoon en unos 20 minutos, pasando por las cuevas. En días muy ventosos y con mucho oleaje no salen.
Dos ferries muy usados unen Sliema con La Valetta y La Valetta con Las tres ciudades (Cospicua). Es un cruce corto, de apenas 10 a 15 minutos, en ferries medianos que funcionan como un pequeño puente marítimo entre dos de las zonas más transitadas. Su frecuencia ronda los 30 minutos y el precio es de tres euros ida o 4,80 ida y vuelta.
Es muy práctico usar la aplicación Bolt. También hay varias líneas de autobuses turísticos.
El catolicismo romano es, con diferencia, la religión mayoritaria en Malta. Según el censo de 2021, el 82,6% de la población se identifica como católica. Incluso podría ser más. La Constitución de Malta declara al catolicismo como religión del Estado, y establece que la Iglesia tiene el derecho de enseñar principios morales y que la educación religiosa católica debe ofrecerse en las escuelas públicas, aunque es optativa para el alumnado. Hay más de 300 iglesias en todo el país y un fervor arraigado.
Aunque Malta es uno de los países más pequeños de Europa, tiene uno de los porcentajes de población inmigrante más altos del continente. En 2024, el 35,1% de la población residente había nacido en otro país. Hay políticas muy duras contra la inmigración irregular.
Un tercio de los extranjeros en Malta son ciudadanos de la UE. Destacan especialmente italianos, británicos y de Europa del este. Hay importantes comunidades africanas, de Somalia, Libia, Eritrea, Nigeria o Túnez. Abunda también la población asiática como India o Pakistán.
La historia de Malta es sorprendentemente rica para un país tan pequeño. Sus primeras huellas humanas datan de alrededor del 5000 a. C., cuando llegaron los primeros agricultores desde Sicilia. De esa época surgieron los templos megalíticos, algunos de los más antiguos del mundo, incluso anteriores a las pirámides de Egipto. Lugares como Ħaġar Qim, Mnajdra, Tarxien o el Hipogeo de Ħal Saflieni muestran una sociedad muy desarrollada, con creencias religiosas complejas y una arquitectura monumental que aún hoy impresiona.
Los templos megalíticos de Malta forman uno de los conjuntos prehistóricos más extraordinarios del mundo. Son más antiguos que las pirámides de Egipto y que Stonehenge, y representan una cultura única que floreció en las islas maltesas entre el 3600 y el 2500 a. C. No se parecen a nada que exista en el Mediterráneo: son templos monumentales construidos con enormes bloques de piedra, organizados en forma de planta lobulada y dedicados a rituales religiosos que aún hoy no se comprenden del todo.
La cultura que los construyó es conocida como la cultura de los templos. Era una sociedad agrícola, pacífica y muy sofisticada para su época. No hay señales de guerra, armas o fortificaciones, pero sí una enorme inversión en arquitectura, escultura y ritual. Los templos se construían con grandes losas de piedra caliza, algunas de varias toneladas, colocadas con una precisión sorprendente. La planta típica tiene forma de trébol o de flor, con varias cámaras semicirculares que se abren desde un eje central. Muchas de estas cámaras estaban decoradas con relieves de espirales, plantas estilizadas y patrones geométricos. También se han encontrado estatuas de figuras femeninas de gran tamaño, conocidas como las “diosas gordas”, que probablemente representaban fertilidad, abundancia o algún tipo de divinidad protectora.
Entre los templos más importantes están Ħaġar Qim y Mnajdra, situados en un acantilado frente al mar, con una orientación astronómica muy precisa: en los equinoccios y solsticios, la luz del sol entra por las puertas de forma calculada.
Ggantija, en la isla de Gozo, es uno de los templos más antiguos y mejor conservados, y su nombre significa “torre de los gigantes”, porque durante siglos los habitantes pensaban que solo seres enormes podían haber levantado esas piedras. Tarxien, cerca de La Valeta, es el más elaborado, con relieves detallados y restos de esculturas.
La función exacta de los templos sigue siendo un misterio. Se sabe que eran lugares de ritual, probablemente relacionados con la fertilidad, la naturaleza y los ciclos agrícolas. También se han encontrado restos de animales sacrificados, lo que indica ceremonias complejas. No hay evidencia de que fueran tumbas, aunque sí estaban profundamente vinculados a la vida espiritual de la comunidad. Lo más enigmático es que esta cultura desapareció alrededor del 2500 a. C. sin dejar rastro claro. No se sabe si fue por cambios climáticos, agotamiento de recursos o contacto con otros pueblos. Tras su desaparición, Malta quedó prácticamente despoblada durante siglos.
Hoy los templos megalíticos de Malta están reconocidos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y son uno de los conjuntos arqueológicos más importantes del planeta.
Hacia el 800 a. C. llegaron los fenicios, que usaron Malta como punto estratégico para el comercio en el Mediterráneo. Los fenicios, grandes navegantes originarios de la costa del actual Líbano, conocían Malta desde muy temprano, pero no se establecieron de forma permanente hasta alrededor del 800 a. C., cuando el archipiélago empezó a adquirir valor estratégico dentro de sus rutas comerciales.Las islas ofrecían exactamente lo que los fenicios buscaban: puertos naturales excelentes para fondear y comerciar; posición central entre Sicilia, el norte de África y el Mediterráneo oriental y seguridad marítima, lejos de la influencia griega en los primeros siglos.
Los primeros fenicios que llegaron eran sobre todo comerciantes, algunos con sus familias. Con el tiempo, y debido a los conflictos con los griegos y al ascenso de Cartago, Malta pasó de ser un simple punto de escala a convertirse en un asentamiento estable y estratégico.
En 2023 se localizó frente a Gozo un barco fenicio de unos 2.700 años, uno de los naufragios más antiguos del Mediterráneo central. El pecio contenía 50 ánforas de siete tipos distintos, prueba de que el barco había visitado varios puertos y piedras de molienda de lava, probablemente mercancía para intercambio. Se puede ver información sobre ellos en el Museo de Arqueología.
Cuando las ciudades fenicias del Levante cayeron bajo presión asiria y babilónica, el poder pasó a Cartago, su colonia más fuerte, que mantuvo el control hasta las Guerras Púnicas.
En el 218 a. C., Roma tomó la isla, integrándola en su imperio. Fue una época de prosperidad, con puertos activos, producción de textiles y miel, y una sociedad romanizada. Según la tradición cristiana, San Pablo naufragó en Malta en el año 60 d. C., lo que marcó el inicio del cristianismo en la isla. Hablaré más de ellos cuando hable de La Valetta.
Tras la caída del Imperio romano, Malta pasó a depender del Imperio bizantino. En el año 870 fue conquistada por los árabes, que dejaron una huella profunda en la agricultura, el sistema de riego, la organización del territorio y, sobre todo, en el idioma maltés, que conserva una base semítica muy clara.
En el verano de 1091, el conde Roger I de Sicilia cruzó el estrecho con una pequeña flota. Venía de consolidar su dominio sobre Sicilia, que había arrebatado a los emires musulmanes tras décadas de guerra. Malta, situada a un día de navegación, era el siguiente paso lógico: una isla estratégica, árabe desde hacía más de dos siglos, y útil como punto de control en el Mediterráneo central.
Los normandos no llegaron con un ejército gigantesco. Fue una expedición rápida, casi un golpe de mano. Las crónicas medievales describen cómo los malteses, sorprendidos y sin capacidad real de resistencia, aceptaron negociar. El emir local se rindió y ofreció tributo a cambio de mantener la autonomía interna.
No hubo una conquista total ni una ocupación permanente. Fue más bien una sumisión pactada: Malta reconocía la autoridad del conde Roger, pagaba tributo y mantenía su población musulmana, su lengua árabe y su administración local.
La presencia normanda se consolidó en 1127, cuando Roger II, hijo del conde Roger, volvió a Malta para reafirmar el control siciliano. Esta vez sí hubo un cambio más profundo. Se reforzó la autoridad cristiana, se integró Malta en la estructura del Reino de Sicilia y se inició un proceso lento de cristianización oficial, aunque la población siguió siendo mayoritariamente árabe durante generaciones. Aun así, no hubo expulsiones masivas ni rupturas bruscas. Malta siguió siendo un lugar de mezcla, donde el árabe siguió hablándose y la cultura islámica convivió con la latina.
Cuando la dinastía normanda se extinguió con la muerte de Guillermo II en 1189, el Reino de Sicilia —del que Malta formaba parte— quedó en disputa. El papa apoyaba a un candidato, los nobles sicilianos a otro, y en medio de ese caos emergió una figura decisiva: Enrique VI, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y miembro de la dinastía Hohenstaufen, conocida como los suabos.
En 1194, Enrique VI conquistó Sicilia y, con ello, Malta. Su hijo, Federico II, heredó el reino y se convirtió en uno de los gobernantes más brillantes de la Edad Media. Malta, bajo su autoridad, vivió un periodo peculiar: no era un centro político, pero sí una pieza estratégica en el Mediterráneo central. Federico reorganizó la administración, reforzó el control imperial y mantuvo una política pragmática hacia las comunidades árabes, que aún eran numerosas en la isla.
Los suabos gobernaron Malta durante más de setenta años. Fue un periodo de estabilidad relativa, pero también de tensiones entre el poder imperial y el papado. Malta, como parte del Reino de Sicilia, quedó atrapada en esa lucha. Cuando Federico II murió en 1250, el equilibrio se rompió. Su hijo ilegítimo, Manfredo, intentó mantener el reino, pero el papa decidió acabar con la influencia suaba en Italia y buscó un nuevo aliado, Carlos de Anjou.
En 1266, Carlos de Anjou, hermano del rey Luis IX de Francia, derrotó a Manfredo en la batalla de Benevento y tomó el Reino de Sicilia. Con él comienza la etapa angevina. Malta pasó automáticamente a su control, como parte del reino.
El gobierno angevino fue muy distinto al suabo. Los angevinos fueron duros, centralizadores y fiscalmente implacables. Carlos necesitaba dinero para sostener su política expansionista en el Mediterráneo, y exprimió a sus territorios, incluido Malta.
Los malteses, que ya habían soportado siglos de cambios de poder, sintieron el peso de los nuevos impuestos y la presencia de funcionarios franceses. La isla no se rebeló directamente, pero el descontento creció. Y ese malestar formaba parte de un clima más amplio: en Sicilia, la población estaba al borde del estallido. Ese estallido llegó en 1282, con una de las revueltas más famosas de la historia medieval: las Vísperas Sicilianas.
La revuelta de las Vísperas Sicilianas expulsó violentamente a los franceses de Sicilia. Los sicilianos pidieron ayuda a Pedro III de Aragón, casado con Constanza, hija de Manfredo, y por tanto heredera legítima de los suabos. Pedro aceptó y desembarcó en la isla, iniciando la Guerra de las Vísperas. Malta, como parte del Reino de Sicilia, siguió el destino de la isla mayor. En 1283, una flota aragonesa derrotó a los angevinos en el mar y tomó control del archipiélago. Con ello, Malta pasó a formar parte de la Corona de Aragón, donde permanecería hasta la llegada de los Hospitalarios en 1530.
En 1530, el emperador Carlos V cedió Malta a los Caballeros Hospitalarios, que más tarde serían conocidos como la Orden de Malta. El Gran Maestre que la recibió fue Philippe Villiers de L’Isle‑Adam.
El germen de los Hospitalarios aparece a principios del siglo XI, cuando mercaderes de Amalfi fundaron en Jerusalén un hospital dedicado a San Juan Bautista para atender a peregrinos enfermos, pobres o heridos que viajaban a Tierra Santa. Este hospital estaba administrado por monjes benedictinos y ya funcionaba antes de la Primera Cruzada .El responsable del hospital era Fray Gerardo, un religioso que más tarde sería considerado el fundador espiritual de la Orden.
Cuando los cruzados conquistaron Jerusalén en 1099, el hospital acogió a los heridos y muchos caballeros decidieron unirse a la comunidad. Este fue el paso decisivo: la fraternidad se transformó en una orden religiosa dedicada al cuidado de peregrinos.
En 1113, el papa Pascual II reconoció oficialmente la institución mediante la bula Piae Postulatio, otorgándole independencia y protección directa de la Santa Sede. Este documento marca el nacimiento formal de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Pocos años después, bajo el maestre Raimundo de Podio, la orden añadió una nueva misión:
proteger militarmente a los peregrinos y defender Tierra Santa. Así, los Hospitalarios pasaron de ser una comunidad caritativa a convertirse en una orden militar religiosa, con caballeros armados y una estructura jerárquica similar a la de los Templarios.
Tras la caida de Jerusalén se trasladaron a Chipre y luego a Rodas. Cuando los Hospitalarios perdieron Rodas en 1522 frente a los otomanos, pasaron años sin una sede estable. Carlos V les ofreció entonces Malta, Gozo y Trípoli, y la Orden aceptó oficialmente el 26 de octubre de 1530 a cambio del pago de un tributo anual de un halcón.
El Gran Maestre instaló la sede de la Orden en Birgu, que se convirtió en la capital hasta 1571.Reorganizó las defensas, muy deterioradas cuando llegaron, y estableció la administración hospitalaria y militar que caracterizaría a la Orden durante siglos.
Su etapa fue decisiva. En 1565 resistieron el Gran Sitio del Imperio otomano, un episodio épico que marcó la identidad maltesa.
El 18 de mayo de 1565 las campanas anunciaron la llegada de una flota colosal. Entre 30.000 y 50.000 soldados —según las crónicas— desembarcaron en la isla: jenízaros, sipahis, artilleros, ingenieros, corsarios berberiscos y tropas auxiliares. Al mando venían figuras temidas: Kara Mustafa, Pialí Bajá y el legendario corsario Dragut Reis.
Frente a ellos, apenas había 7.000 defensores: caballeros hospitalarios, soldados españoles, milicianos malteses y civiles armados. La proporción era de uno contra seis.
Los otomanos sabían que para dominar el Gran Puerto debían tomar San Telmo, un pequeño fuerte que defendía la entrada marítima. Lo consideraban un trámite de pocos días. Fue un error que les costó muy caro.
Durante un mes, San Telmo resistió un bombardeo incesante. Las murallas se desmoronaban, los defensores caían uno tras otro, pero cada noche los malteses cruzaban el puerto en barcas para llevar refuerzos y retirar heridos. Dragut, el corsario más temido del Mediterráneo, murió allí, alcanzado por un fragmento de artillería. Con todo ello la moral de las tropas otomanas iba decayendo.
Cuando San Telmo cayó finalmente, el 23 de junio, los otomanos habían pagado un precio altísimo. Los defensores, sabiendo que iban a morir, se habían negado a abandonar el fuerte. Su sacrificio dio tiempo a Birgu y Senglea para prepararse.
Tras la caída de San Telmo, los otomanos concentraron su furia sobre las dos penínsulas fortificadas donde se refugiaban los caballeros y la población maltesa. Allí se encontraba el Gran Maestre Jean Parisot de La Valette. Los otomanos intentaron asaltos simultáneos, túneles, incendios, desembarcos sorpresa. En una ocasión, una cadena de barcos turcos intentó rodear Senglea, pero una batería oculta de los caballeros los destrozó.
La resistencia era feroz. Mujeres y niños llevaban agua, pólvora y piedras. Se hacían pequeñas bombas rudimentarias que prendían fuego la ropa de seda de los otomanos. Julio y agosto fueron un infierno. El calor, las enfermedades y la falta de agua afectaban a ambos bandos. Los otomanos, frustrados por la resistencia inesperada, redoblaron los ataques. Pero cada asalto era repelido.
El 7 de septiembre, cuando los defensores estaban al límite, apareció en el horizonte la fuerza de socorro enviada por Felipe II: tropas españolas, italianas y voluntarios. Aunque no eran muchos, su llegada tuvo un efecto devastador en la moral otomana.
Los defensores, revitalizados, contraatacaron. Los otomanos, agotados tras cuatro meses de asedio, comenzaron a retirarse. El 11 de septiembre, levantaron el campamento y abandonaron la isla. Esa derrota frenó el avance otomano hacia el Mediterráneo occidental y preparó el camino para la victoria cristiana en Lepanto (1571).
Después los caballeros de Malta construyeron fortificaciones, hospitales avanzados para la época y la nueva capital, La Valeta, que hoy es Patrimonio de la Humanidad.
En 1798, Napoleón ocupó Malta brevemente, pero los malteses pidieron ayuda al Reino Unido, que expulsó a los franceses. Desde 1814 hasta 1964, Malta fue colonia británica. De esa etapa provienen elementos que aún se notan, como el inglés como idioma oficial, los enchufes tipo G y parte de la administración moderna.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Malta era una colonia británica diminuta en medio del Mediterráneo. Pero su posición —entre Sicilia y el norte de África— la convertía en una llave estratégica: desde allí, los británicos podían atacar los convoyes del Eje que abastecían al Afrika Korps de Rommel. Por eso, desde el primer momento, la isla se convirtió en un objetivo prioritario para Italia y Alemania.
El 10 de junio de 1940, el mismo día en que Mussolini declaró la guerra al Reino Unido, los bombarderos italianos despegaron desde Sicilia y atacaron La Valeta. Fue el inicio de un asedio que duraría tres años, desde 1940 hasta 1943, y que convertiría a Malta en uno de los lugares más intensamente bombardeados de toda la guerra, con cerca de 3.000 incursiones aéreas en apenas dos años.
Al comenzar el conflicto, Malta estaba prácticamente desprotegida. Solo había 4.000 soldados británicos y tres biplanos Gladiator obsoletos. Los primeros meses los bombarderos italianos atacaban casi a diario, mientras los defensores improvisaban refugios, reparaban pistas bajo fuego y trataban de mantener operativos los pocos cazas disponibles. En 1941, la situación empeoró: la Luftwaffe entró en escena con bombarderos Heinkel, Junkers y Stuka, mucho más potentes y precisos que los italianos.
Los convoyes aliados que intentaban llegar a la isla eran atacados sin descanso por submarinos, aviones y lanchas rápidas italianas. Para 1942, la situación era desesperada: combustible casi agotado, raciones mínimas, hospitales sin medicinas. El gobernador británico llegó a preparar la capitulación.
En agosto de 1942, los Aliados lanzaron un último intento para salvar Malta: la Operación Pedestal, un convoy de 14 barcos cargados de alimentos, combustible y munición.
El viaje fue un infierno: ataques aéreos, submarinos, torpedos, minas. Solo cinco barcos lograron llegar al Gran Puerto el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen María, conocida en maltés como Santa Marija.
Entre ellos estaba el petrolero SS Ohio, tan dañado que tuvo que ser remolcado por dos destructores, casi partiéndose en dos. Su llegada se vivió como un milagro, y desde entonces los malteses recuerdan aquel día como Il-Konvoj ta’ Santa Marija.
A finales de 1942, la presión del Eje disminuyó. Las fuerzas aliadas comenzaron a recuperar terreno en el norte de África y la Luftwaffe retiró parte de sus unidades. En agosto de 1943, el asedio terminó oficialmente con la retirada de las fuerzas del Eje de Sicilia. Malta había resistido lo imposible. Otra vez
Su papel fue decisivo: desde la isla, los aliados atacaron los convoyes del Eje, cortaron suministros al Afrika Korps y contribuyeron a la victoria en el Mediterráneo. Por su valor, el rey Jorge VI concedió a toda la población maltesa la Cruz de Jorge, que hoy aparece en la bandera del país.
Malta obtuvo su independencia en 1964, se convirtió en república en 1974, ingresó en la Unión Europea en 2004 y adoptó el euro en 2008.
Esta Semana Santa Malta no entraba en nuestros planes. De hecho, fue una solución improvisada cuando Emirates cambió de día el vuelo a Vietnam vía Dubái que teníamos contratado y pagado con Catai. La Guerra en Irán, claro.
Tocaba deshacer la maleta para estar a 30 grados a la sombra, quitar vestidos y ropa veraniega y poner pantalones, blusas y abrigos. Qué bien eso de mirar las previsiones con tiempo. Nos evitamos ir con pantalones cortos y chanclas como algunos a 14 grados a mediodía y con viento helado.
A La Valetta llegamos con vuelo directo desde Barcelona con Vueling. No tardamos ni dos horas. El vuelo fue muy puntual y sin turbulencias.
La Valeta es la capital de Malta y una de las más pequeñas de Europa, pero también una de las más densas en historia y patrimonio. Fue fundada en el siglo XVI por los Caballeros de la Orden de San Juan tras resistir el Gran Sitio otomano de 1565. Su trazado urbano es muy característico: calles rectas, cuestas pronunciadas y edificios de piedra dorada que reflejan la luz del Mediterráneo. La ciudad está construida sobre una península estrecha que se adentra en el mar llamada Sciberras. Esa lengua de roca está flanqueada por dos puertos naturales profundos, casi simétricos, que han marcado toda la historia de la isla: Grand Harbour (Il-Port il-Kbir)-Gran Puerto- y Marsamxett Harbour (Il-Port ta’ Marsamxett).
El Gran Puerto es un puerto inmenso, profundo, protegido por penínsulas y calas que parecen diseñadas para resistir asedios. Desde la Antigüedad, fue un refugio natural para fenicios, romanos, árabes y normandos. Pero su verdadera gloria llegó con los Caballeros de San Juan. Cuando los caballeros llegaron en 1530, eligieron este puerto como su corazón defensivo.
Aquí levantaron: el Fort St. Angelo, su cuartel general; el Fort St. Elmo, guardián de la entrada., y el Fort Ricasoli, una muralla de piedra que abraza el mar.
El Grand Harbour fue el escenario principal del Gran Sitio de 1565. Siglos después, bajo dominio británico, el Grand Harbour se convirtió en una de las bases navales más importantes del Imperio. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue uno de los lugares más bombardeados del planeta. Los diques, los astilleros y las calas interiores fueron golpeados sin descanso.
Al otro lado de la península, Marsamxett Harbour ofrece un contraste absoluto. Es más abierto y tranquilo. En el centro del puerto se alza Manoel Island, una pequeña isla con un fuerte del siglo XVIII, Fort Manoel, construido por los Caballeros para proteger este lado de la ciudad. Es el puerto de Sliema, Gżira y Msida, lleno de barcos de recreo y con paseo marítimo.
La población de La Valeta es reducida, alrededor de seis o siete mil habitantes, quizás menos, aunque cada día recibe miles de trabajadores y visitantes. Su tamaño compacto hace que se pueda recorrer fácilmente a pie. El ambiente combina edificios históricos, iglesias barrocas, museos, palacios y miradores con vistas espectaculares a los puertos. Entre sus lugares más emblemáticos están la Concatedral de San Juan, con las obras de Caravaggio, el Palacio del Gran Maestre, los Jardines Upper Barrakka y el Fuerte de San Elmo.
El clima es típicamente mediterráneo, con inviernos suaves y veranos muy calurosos aunque no conviene fiarse mucho de eso y mirar las previsiones antes de salir. Nosotros a finales de marzo, principios de abril pasamos más frío que en Barcelona. El viento casi constante puede hacerte pensar que las temperaturas son incluso más bajas de lo que ya son.
La economía de la ciudad se basa en la administración pública, el turismo cultural, los servicios y la restauración. La Valeta fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por su arquitectura militar y barroca, y en los últimos años ha vivido una revitalización importante, con teatros restaurados, calles peatonales y una oferta cultural creciente.
Las antiguas murallas de La Valeta son uno de los elementos más impresionantes de la ciudad y explican por qué Malta fue considerada durante siglos una fortaleza prácticamente inexpugnable. Fueron construidas en el siglo XVI por los Caballeros de la Orden de San Juan, justo después del Gran Sitio de 1565, cuando los otomanos intentaron conquistar la isla. La experiencia de aquel asedio hizo que los caballeros diseñaran un sistema defensivo extremadamente avanzado para la época, con murallas gruesas, bastiones angulados y plataformas pensadas para resistir artillería pesada. La piedra dorada con la que están hechas les da un aspecto monumental, especialmente al atardecer, cuando la luz las resalta.
El foso que rodea la entrada principal de la ciudad formaba parte esencial de este sistema defensivo. En su origen era un foso profundo y difícil de atravesar, pensado para frenar cualquier ataque terrestre. Hoy ya no cumple una función militar y se ha transformado en un jardín largo y tranquilo, con caminos que permiten pasear entre las antiguas paredes de la fortificación. Desde abajo se aprecia mejor la escala de las murallas, que desde la calle pueden parecer grandes, pero desde el foso se revelan como auténticas paredes gigantes de piedra que se elevan de forma casi vertical. Son verdaderamente enormes.
La Fuente de los Tritones es uno de los símbolos más reconocibles de La Valeta: una gran fuente modernista inaugurada en 1959, situada justo frente a la Puerta de la Ciudad, formada por tres tritones de bronce que sostienen un enorme cuenco y que ha sido restaurada recientemente para recuperar su aspecto original. Es el primer gran monumento que ve cualquier visitante al llegar a la capital maltesa y un punto de encuentro habitual tanto de locales como de turistas.
La fuente fue diseñada por el escultor maltés Vincent Apap, con la colaboración del delineante Victor Anastasi, tras un concurso público convocado por el gobierno maltés. Las obras comenzaron en 1955 y la fuente entró en funcionamiento el 16 de mayo de 1959, convirtiéndose rápidamente en un icono del modernismo maltés. Está formada por tres figuras mitológicas mitad hombre mitad pez, dos sentadas y una arrodillada, que sostienen un gran cuenco central. Las figuras se apoyan sobre una base decorada con algas, y los chorros de agua fueron concebidos para dar sensación de movimiento y fuerza.
A lo largo de su historia, la fuente ha sido escenario de celebraciones nacionales conocidas como “Mill-Maltin għall-Maltin”, lo que se cree que contribuyó a su colapso parcial el 1 de marzo de 1978. La reparación se llevó a cabo entre 1986 y 1987 por ingenieros de Malta Drydocks, momento en el que se añadieron tres gaviotas y más elementos decorativos, también obra de Apap. Con el paso del tiempo, el bronce se deterioró y las figuras fueron desmontadas y restauradas en 2017. La fuente y la plaza fueron reinauguradas oficialmente el 12 de enero de 2018 tras una restauración integral que devolvió protagonismo a los tritones y recuperó la estética original del conjunto.
Como curiosidad, no obstante, cabe decir que la fuente propiamente no está en La Valetta sino en Floriana. A principios del siglo XVII, La Valeta estaba tan densamente poblada y tan expuesta a un posible ataque que los Caballeros decidieron construir un cinturón defensivo exterior.
El ingeniero que lo diseñó fue el italiano Pietro Paolo Floriani, y en su honor la zona tomó el nombre de Floriana.
Las nuevas fortificaciones —baluartes, cortinas, fosos, contraguardias— eran tan imponentes que convertían a La Valeta en una fortaleza doble. Floriana no era aún una ciudad, sino un escudo de piedra.
Con el tiempo, la gente empezó a instalarse entre esas murallas exteriores y la puerta de La Valeta. Así nació Floriana como núcleo urbano.
City Gate es la entrada principal a La Valeta y el punto por el que prácticamente todo el mundo accede a la ciudad. A lo largo de su historia ha tenido varias versiones, pero la actual es una puerta moderna diseñada por el arquitecto Renzo Piano, inaugurada en 2014.
Cuando los Caballeros de San Juan construyeron La Valeta tras el Gran Sitio de 1565, levantaron una puerta sobria, militar y austera. Era una entrada estrecha, pensada para controlar el acceso a una ciudad que era, ante todo, una fortaleza.Tenía un puente levadizo y estaba flanqueada por murallas gruesas. Esta puerta sobrevivió hasta el siglo XIX.
Cuando Malta pasó a manos británicas, la puerta se consideró demasiado pequeña para el tráfico creciente. En 1853, los británicos la demolieron y construyeron una nueva, más amplia y con un aire neoclásico.
En 1964, tras la independencia, Malta quiso modernizar su entrada. Se construyó una puerta modernista, muy simple, brutalista, diseñada por el arquitecto maltés Ġużè Damato. Tenía líneas rectas y estaba hecha de hormigón. Nunca les gustó a los ciudadanos.
La City Gate actual es una brecha en las murallas, sin arco ni portón. Hay dos muros inclinados que se abren como un libro, con un puente nuevo que recupera la traza histórica y una entrada que deja pasar la luz.
Al cruzar City Gate se accede directamente a Republic Street, la calle principal de la ciudad.
Republic Street es la columna vertebral de La Valeta, la calle que atraviesa la ciudad de punta a punta y por la que inevitablemente pasa cualquiera que visite la capital. Empieza cerca de la City Gate, la entrada principal a la ciudad, y avanza recta hacia el mar, flanqueada por edificios de piedra dorada, balcones de madera típicos y un ambiente que mezcla historia y vida cotidiana. Es una calle completamente peatonal, animada, con tiendas pequeñas, cafeterías, pastizzerias, museos y edificios oficiales. A lo largo de su recorrido se encuentran algunos de los lugares más importantes de la ciudad, como la Concatedral de San Juan, el Palacio del Gran Maestre o el Parlamento aunque muchos de ellos se encuentran en calles laterales que salen de Republic Street.
Entrando a la derecha queda el Parlamento de Malta, también obra de Renzo Piano, con un diseño contemporáneo que juega con la luz y las sombras. El Parlamento de Malta es uno de los edificios más modernos de La Valeta y marca un contraste muy llamativo con la arquitectura histórica que lo rodea. Está situado justo a la entrada de la ciudad, en el mismo lugar donde antiguamente se levantaba un edificio del siglo XIX que quedó muy dañado durante la Segunda Guerra Mundial. El diseño actual es obra del arquitecto italiano Renzo Piano, que quiso crear un edificio contemporáneo pero integrado en el paisaje de piedra dorada de la ciudad. Su fachada está formada por bloques de piedra tallados con formas irregulares que parecen erosionados por el viento, lo que hace que el edificio cambie de aspecto según la luz del día. Se construyó en 2014 . En la azotea hay 600 metros cuadrados de paneles fotovoltaicos que generan gran parte de la energía que necesita el edificio. En el bloque norte está el Parlamento propiamente dicho y en el sur, la oficina del Primer Ministro. Su construcción fue objeto de gran polémica.
El Parlamento está compuesto por dos volúmenes principales elevados sobre pilares, lo que crea un espacio abierto en la planta baja que permite ver a través del edificio y mantener la sensación de entrada amplia a la ciudad. En el interior, las salas están diseñadas para aprovechar la luz natural y mantener una temperatura agradable sin depender demasiado del aire acondicionado, siguiendo criterios de sostenibilidad.
La Casa de la Ópera de La Valeta, conocida históricamente como el Royal Opera House o It-Teatru Rjal, fue uno de los edificios más bellos e icónicos de Malta. Se encontraba en Republic Street, en pleno corazón de la capital. Fue diseñada por el arquitecto inglés Edward Middleton Barry, el mismo que trabajó en Covent Garden, y su construcción comenzó en 1862 tras la demolición de la antigua Casa della Giornata. El teatro abrió sus puertas oficialmente el 9 de octubre de 1866 y contaba con una capacidad aproximada de 1.095 asientos y 200 plazas de pie. Su fachada neoclásica y su interior opulento lo convirtieron rápidamente en un centro cultural de referencia en el Mediterráneo.
La historia del edificio estuvo marcada por la tragedia. Apenas seis años después de su inauguración, el 25 de mayo de 1873, un incendio devastó por completo el interior. El exterior sobrevivió, pero la piedra interior quedó calcificada por el calor. Tras varios debates sobre si debía modificarse la fachada, se decidió reconstruirlo siguiendo el diseño original. El teatro reabrió el 11 de octubre de 1877 con una representación de Aida de Verdi. Durante décadas fue el principal escenario de ópera y artes escénicas de Malta.
La segunda tragedia llegó durante la Segunda Guerra Mundial. El 7 de abril de 1942, en pleno Sitio de Malta, un bombardeo aéreo de la Luftwaffe destruyó el teatro casi por completo. Al día siguiente, los malteses encontraron el pórtico y el auditorio reducidos a un montón de piedras y vigas retorcidas. Solo una parte trasera del edificio permaneció en pie. Las ruinas se mantuvieron durante años como un recordatorio del impacto de la guerra. A finales de la década de 1950, algunas estructuras fueron demolidas por seguridad. Durante décadas hubo múltiples propuestas para reconstruir el teatro, incluyendo convertir el solar en sede del Parlamento, pero ninguna prosperó. Finalmente, el gobierno decidió transformar las ruinas en un espacio escénico al aire libre. El proyecto fue encargado al arquitecto italiano Renzo Piano, quien también diseñó la nueva Puerta de la Ciudad y el Parlamento. El resultado fue Pjazza Teatru Rjal, inaugurado el 8 de agosto de 2013. Este espacio conserva elementos del edificio original, como columnas y arcos.
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