Cuando se realiza un viaje, sobre todo de este tipo, uno no debe centrarse exclusivamente en los monumentos, pese a ser en este caso el plato fuerte. Para disfrutar a más niveles de unas vacaciones, debemos intentar impregnarnos de todo lo que el lugar no...s ofrece, tanto de sus similitudes como de sus diferencias, aunque sobre todo de éstas últimas. Y para eso, la mejor opción es molestarse en conocer su cultura, sus tradiciones, su historia, su gastronomía... y aprender de todo ello. Pese a que no visitamos tantos sitios como teníamos previsto, el tercer día en El Cairo acabó siendo una interesante lección de historia y religión islámica en Egipto. Entre los arcos de sus mezquitas aprendimos un poco más sobre los pilares del Islam, y protegidos por las murallas de la ciudad, conocimos más sobre sus gobernantes, conflictos y anécdotas.
Con algo más de experiencia, estuvimos preparados casi a la hora indicada, y nos pusimos de nuevo en manos de Imeil para que nos condujese a nuestros destinos a salvo. El primero de ellos era la Mezquita de Ibn Tulun, la más grande de Egipto, y supuestamente la sexta más grande del mundo (hablamos de la extensión que ocupa en metros cuadrados). Para esta clase de visitas hay que tener algunas cosas en cuenta: El Islam prohíbe la entrada a las mujeres con el cabello descubierto, y también pretende evitar el contacto de la piel desnuda entre personas que no tengas lazos familiares o conyugales. Es indispensable, por lo tanto, llevar siempre pantalones largos en ambos casos, y manga larga sin escote o un par de pañuelos, pashminas o similares en el caso de las mujeres. Tampoco se puede entrar calzado, pues durante el rezo, los musulmanes tocan con la frente en el suelo varias veces, y obviamente no sería demasiado higiénico si todos arrastrásemos la porquería del exterior por toda la mezquita. Lo normal es descalzarse y dejar los zapatos a un caballero que se encuentra en la entrada, los cuidará a cambio de una propina; pero también puedes llevarlos en la mano o ponerte unas babuchas (fundas para los zapatos).
Era temprano y la mezquita estaba prácticamente vacía, salvo tres personas más y los encargados de la vigilancia y las babuchas. Atravesamos los muros exteriores y penetramos en el silencio. Un hombre sentado en el suelo nos colocó unas babuchas verdes a todos y pudimos caminar calzados y sin problema por las alfombras que cubrían el suelo. Ibn Tulun es una mezquita abierta, con un patio central enorme en cuyo centro se sitúa la fuente de las abluciones, utilizada para llevar a cabo el ritual de purificación previo al rezo, lavando algunas partes del cuerpo. Entre sus numerosos arcos, al fondo, encontramos el mihrab, una hornacina orientada hacia la meca a la que deben mirar los creyentes durante la oración. A su derecha se levantaba el minbar, a modo de púlpito elevado desde el que predica el imán u otro orador. Y en hilera, a lo largo de toda la pared, infinidad de ventanas, todas ellas con un motivo geométrico diferente al anterior. Salimos de nuevo para rodear la mezquita y acceder al minarete, un poco distinto de lo que se acostumbra a ver en la ciudad por contener ciertos atributos de fortaleza. 200 escalones después, pudimos disfrutar de las primeras panorámicas de la capital. Bajo su cielo difuminado por la contaminación, nacían bloques que se perdían en la distancia, surgiendo minaretes de entre ellos aquí y allá.
Nuestra siguiente cita era con las mezquitas vecinas de Al-Rifai y del Sultán Hassan, de las cuales sólo visitamos la primera, aunque aún no sé porqué. Al-Rifai es el lado opuesto a Ibn Tulun, una mezquita enorme, alta y cerrada (más similar a lo que serían nuestras catedrales). Nada más acercarnos fuimos conscientes de sus dimensiones, sus amplios arcos de entrada ocultaban techos policromados, primera pista de las maravillas que nos esperaban dentro. Esta vez dejamos los zapatos en la entrada, como siempre a cambio de una propina. Mientras nos contaban la historia del lugar, no podía dejar de mirar a todas partes, pero sobre todo hacia arriba. Los detalles y colores de sus techos y cúpulas hipnotizarían a cualquiera. Sólo el muro de la qibla (donde se encuentran el mihrab y el minbar) era por sí mismo un espectáculo. La mezquita fue construida en un principio como mausoleo familiar, y por ello encontramos numerosas tumbas en su interior. A la salida, pudimos apreciar un poco mejor a su vecina, la madraza del Sultán Hassan, similar en tamaño y apariencia, pero 600 años más antigua (queda pendiente para un posible retorno a Egipto).
Justo enfrente, en lo alto de una pequeña montaña, estaba la siguiente estación de nuestra ruta: La Ciudadela de Salah ad-Din. La fortaleza fue construida por Saladino en 1176, y entre sus muros encontramos palacios, pozos, mezquitas y museos, pero su principal atractivo es la mezquita de Muhammad Ali o de Alabastro, por el material en que se levantó. De nuevo, el tamaño forma un papel importante en lo que se refiere a la admiración. Asimismo, el alabastro le confiere distinción y evita un aspecto deteriorado. El procedimiento se repite, pero esta vez conservamos los zapatos en nuestro poder, lo que es un incordio a la hora de hacer fotos. Comenzamos por un patio abierto, con una fuente central completamente tallada y un toldo de colores; y un reloj de forja, viejo y discordante, regalo de Luis Felipe de Francia, en agradecimiento por el obelisco del templo de Luxor (actualmente en la Place de la Concorde en París). Alguien debería explicarle al caballero que permitió semejante cambio, que ofrecer un obelisco de más de 30 siglos de antigüedad es tener muy poco respeto por la cultura e historia de tu país, queda demostrado que se rieron de él al entregarle un reloj que nunca funcionó.
El interior nos deleitó con otra composición impresionante de formas y colores, pero en un espacio aún mayor. Bajo la inmensa lámpara, escuchamos como Ayman nos describía los cinco pilares del Islam: 1. La shahada (testimonio) o profesión de fe, el conocido “No hay más divinidad que Aláh y Mahoma es su profeta”; 2. La oración o salat, realizada cinco veces al día y siempre en dirección a la Meca, y en la que recitan versículos del Corán y se inclinan sucesivas veces; 3. La limosna obligatoria o azaque, en la que deben donar un porcentaje de sus riquezas siempre que superen una determinada cantidad; 4. El ayuno en el mes del Ramadán, cuya finalidad es sentir en la propia piel las carencias de los pobres; 5. La peregrinación a la Meca, al menos una vez en la vida siempre y cuando se tengan los medios económicos y las condiciones de salud necesarias. Y sabiendo un poco más sobre la religión musulmana, abandonamos Mohammad Alí para echar un rápido vistazo a su compañera, la Mezquita de al-Nasir, más discreta aunque no por ello carente de belleza. Abierta, con una gran cúpula verde y dos minaretes también poco habituales. Otro detalle que llama la atención es el techo de madera.
Llegamos a la que debería haber sido la siguiente visita, al-Azhar, peligrosamente cerca de la hora del rezo (sobre las 13h), en la que no es posible entrar. Nos vimos obligados a cambiar el orden y desplazarnos hacia el norte para llegar a la Puerta de la Conquista o Bab al Futuh, flanqueada por las antiguas murallas de El Cairo. El acceso a las mismas estaba cerrado, decidimos avanzar a lo largo de la calle, dejando momentáneamente al-Hakim a la izquierda y parar a refrescarnos en una pequeña barra que daba a la calle, donde nos sirvieron una bebida de caña de azúcar (no recuerdo el nombre). Paseamos por la misma calle haciendo tiempo hasta que terminase la oración, momentos en los que no tienes previsto visitar nada pero te encuentras con otros rincones escondidos no menos atractivos. De esta forma, fuimos observando a la poca gente que quedaba en la calle trabajando, una niña con una enorme bandeja llena de pan haciendo equilibrio sobre su cabeza, la pequeña mezquita de al-Aqmar, y terminamos en el Sabil-Kuttab of Katkhuda, un monumento que en su época tenía doble función, era una fuente para proveer a los lugareños (sabil) y una institución educativa para enseñar a los niños a leer y escribir (kuttab). La parte que quedaba si avanzábamos un poco más, era la misma que pudimos visitar el primer día por la noche, junto a otro par más de grandes mezquitas, nos acercamos a echar algunas fotos con luz (que dan otro matiz completamente distinto) y desanduvimos el camino.
De vuelta en la Mezquita de al-Hakim, terminado el salat, apreciamos con más detalle los minaretes más antiguos que se conservan en El Cairo. Es la segunda mezquita fatimí de mayor tamaño y, pese a datar del año 990 d.C., sus muchas remodelaciones le confieren un aspecto moderno. Quizá, esto es debido también a que se encuentra revestida en su mayoría de mármol blanco, a excepción de su fuente de abluciones, que resalta por dos motivos: el color del mármol rojo en que está fabricada, y su disposición no centrada en el patio interior. Tampoco podéis dejar de apreciar su mihrab, sencillo pero con inscripciones doradas que le confieren elegancia.
Regresamos al centro, en las inmediaciones de Khan el Khalili, para intentar por segunda vez entrar en la Mezquita de al-Azhar. Exteriormente, me resultó de las más seductoras, por todos los adornos, formas y colores. Cabe destacar que se trata del principal templo de culto chií, y que comparte edificio con la Universidad de al-Azhar, aunque su exclusividad radica en los minaretes, ya que posee tres completamente diferentes y muy próximos entre si, uno de los cuales, además, está coronado con una doble punta. El hambre empezaba a llamar a la puerta, y esa era nuestra última visita programada. A pocos metros de allí encontramos un GAD, un local de comida rápida egipcia, sana y natural, similar a los Kebab que encontramos en cada esquina madrileña. Eso si, más económico y con auténtica comida árabe. Pedimos Shawarma para todos y volvimos al hotel a saciar el apetito y a descansar... Toda la tarde (insisto, es necesario).
Una vez más, cerca del anochecer, dejamos atrás la seguridad de las habitaciones y nos embarcamos en otra aventura por las carreteras de El Cairo. Esta vez no disponíamos de transporte contratado, pero en El Cairo encontrar taxi es una de las cosas más sencillas del mundo, y no olvidéis que hablamos de la entrada de un hotel muy conocido. En un suspiro, y “pseudoregateando” el precio, ya disponíamos de coche y piloto. Un modelo muy antiguo, de alrededor de los 60, siempre en negro y lleno de baratijas colgadas en el retrovisor y pegadas sobre el salpicadero, con sus luces de neón en los asientos traseros y sus sonidos que emulaban sirenas de policía. Con el miedo a la forma de conducir aun no extinguido, Jimmy nos condujo cruzando la ciudad hasta el Parque de al-Azhar, regalándonos uno de lo mejores y más divertidos momentos de nuestro viaje. Chapurreando entre castellano, inglés y árabe, fuimos contándonos cosas durante el trayecto, los “No problem” cuando la tensión se manifestaba en el asfalto, el “javivi” (cariño) con el que se dirigía de vez en cuando a nosotros, y otras situaciones simpáticas se fueron sucediendo para demostrar que no es necesario hablar el mismo idioma para llevarse bien.
Jimmy optó por esperarnos durmiendo en su taxi durante las 2 horas y media que estuvimos en el parque. Al-Azhar es un buen lugar donde pasar una tarde-noche en Egipto, corre cierto aire fresco (o no tan cálido al menos) y tiene unas vistas estupendas de la capital; no suele haber mucha gente y, además, es de los pocos lugares donde encontrar vegetación en abundancia. Pasear se hace muy agradable, teniendo en cuenta la algarabía que suele haber en las calles. Cuando el hambre volvía a hacerse notar, empezamos a buscar un restaurante, el parque es grande y hay tres en distintos puntos del mismo. Elegimos el que tenía una terraza que asomaba a un pequeño lago, con más encanto, más barato, y sin duda el mejor en cuanto a ventilación, ya que corría una brisa que aliviaba bastante. La comida era excelente y convertía al lugar, una vez terminado el viaje, en uno de mis favoritos para cenar. Cuando dejamos el parque, Jimmy continuaba allí, tumbado en los asientos delanteros durmiendo, nos dio mucha lástima tener que despertarle, pero había que volver. El regreso no fue menos intenso, y si más largo, el tráfico había aumentado y los atascos se sucedían en cada cruce, pero de nuevo lo pasamos en grande. Nos despedimos del “javivi” con unas fotos en grupo y nos resguardamos en el hotel, nuestro último día en El Cairo estaba próximo y no era precisamente de los más relajados.