Excursión a Saqqara y Dashur.
El viaje tocaba a su fin: era nuestra última jornada de visitas. ¡Qué rápido se habían pasado los días! La vez anterior me quedé con muchas ganas de ver Dashur, así que cogí un tour de Viator con conductor y guía de habla española que incluía Saqqara, Menfis y Dashur.


Con media hora de retraso nos vino a buscar el conductor, que nos dejó con los ojos a cuadros al ver los plásticos que llevaba sobre los asientos; parecía querer mantener el vehículo impoluto a toda costa
¡Válgame el Cielo! Fuimos a recoger a la guía, una chica árabe, realmente encantadora, con la que hablamos largo y tendido de muchas cuestiones. Nos pareció curioso que ninguno de los guías de habla española con los que coincidimos hubiera estado en España; los egiptólogos, habían estudiado español en la Universidad; el resto, autodidactas, habían aprendido vídeos y películas y hablando con los turistas. Alaa, tampoco había ido a España, pero se mostró sumamente interesada por saber todo sobre nuestro país.
Itinerario aproximado según Google Maps (unos 48 km desde nuestro hotel en El Cairo, solo ida).


No nos importaba repetir Saqqara, que es muy grande y siempre tiene algo nuevo que ver, algo que no sucede con Menfis, así que le propuse a la guía dedicar ese tiempo a Saqqara, añadiendo el Serapeum. Ningún problema. Sin embargo, creo que la primera vez que se visita Egipto hay que ver Menfis, así que le voy a dedicar una breve reseña con algunas fotos que saqué en 2010.
Menfis.
Fundada en el año 3100 a.C. por el rey Menes, unificador del Alto y el Bajo Egipto, fue la capital del Imperio Antiguo. Situada en el delta del Nilo, su control de las vías comerciales fluviales y terrestres hizo que la ciudad mantuviese su importancia hasta la época ptolemaica.

Con los romanos, comenzó su declive, siendo expoliados y derruidos sus palacios y templos, que quedaron cubiertos por el aluvión de tierras provocado por las crecidas anuales del Nilo. Hoy en día, un pequeño museo al aire libre en Mit Rahina exhibe los objetos que se han encontrado. Lo más destacado es una estatua colosal de Ramsés II en piedra caliza. Además, la escultura de calcita de una esfinge que pesa más de 80 toneladas.

Saqqara.
Desde El Cairo hasta Saqqara hay unos 32 kilómetros, que tardamos en torno a una hora en recorrer, pues el tráfico para salir de la capital era infernal. Este yacimiento arqueológico, que alberga monumentos de un periodo de 3.000 años, es muy extenso y visitarlo puede requerir varias horas. Por eso decidimos saltarnos algunos lugares que ya conocíamos, como la tumba de Mereruka, la pirámide de Teti o el museo de Imhotep.


Saqqara fue la necrópolis real de Menfis, capital del Imperio Antiguo. El yacimiento abarca 3.000 años de historia, desde las primeras tumbas faraónicas hasta monasterios coptos.

El lugar más importante es la pirámide de Zóser, prototipo de las de Guiza y que supuso un hito sin precedentes para la arquitectura, pues hasta entonces las tumbas reales eran cámaras subterráneas cubiertas por una estructura de adobe en forma de pirámide truncada (mastabas). Fue construida en el siglo XVII a.C. por Imhotep, arquitecto del faraón, prefirió utilizar la piedra en vez del ladrillo y erigió seis mastabas, una encima de la otra, decrecientes en tamaño.



El recinto contaba con patios, pabellones, capillas y santuarios y estaba rodeado por un muro de piedra caliza de más de diez metros de altura, que ha sido parcialmente restaurado. Un corredor con 40 columnas conduce al patio sur, donde hay una pared con un friso de cobras. Esta zona es impresionante y pasamos un buen rato recorriéndola.


Entramos en la Pirámide de Unas, último faraón de la dinastía V. Aunque el exterior no promete mucho, el interior es muy interesante y con un acceso no demasiado arduo hasta una cámara funeraria con sarcófago. Hay multitud de jeroglíficos en columnas verticales, con himnos, oraciones, sortilegios y conjuros para proteger al faraón en la otra vida. Los llamados Textos de las Pirámides fueron la primera manifestación de escritura decorativa en las tumbas de los faraones que se plasmaron más adelante en el Libro de los Muertos.



Desde un mirador, contemplamos a lo lejos las pirámides de Dashur. Seguimos viendo otras pirámides y entramos en la mastaba de Seshseshet Idut, con vistosos relieves de cacerías, barcas, pescadores, banquetes, ofrendas y otros episodios de la vida cotidiana de la princesa, cuya imagen también aparece. Hay otras mastabas más bonitas, pero esta no la conocíamos y nos llamó mucho la atención, tanto que me voy a permitir la licencia de pasarme un poco con el número de fotos.






Serapeum.
Nos habían aconsejado este lugar, que no nos decepcionó, tanto por su ubicación, en medio del desierto, como por su sorprendente interior.

Se trata de una inmensa cámara subterránea destinada al entierro de los bueyes sagrados de Apis, considerado la encarnación de Ptah, dios de Menfis. Contiene largos y profundos corredores con cámaras a los lados, cada una provista de un sarcófago gigante, de unas 70 toneladas de peso, donde se depositaba la momia del buey. Se conservan 25 sarcófagos.



Estas galerías comenzaron a excavarse con Amenofis III, que reinó entre 1390 y 1352 a.C. y se utilizaron hasta el año 30 a.C. Estuvimos recorriéndolas de punta a punta y nos parecieron impresionantes.

Dashur.
Horario: Abre 08:00 am; última entrada, 04:00 pm.
Precio: adultos, 200 EGP; estudiantes, 100 EGP.
De Saqqara a Dashur hay 17 kilómetros, lentos pero muy interesantes, pues se circula por carreteras locales, algunas de tierra, cruzando aldeas cuyo aspecto nada tiene que ver con la vorágine de El Cairo.



Las dos pirámides principales de Dashur fueron construidas por Esnofru, faraón de la IV dinastía y padre de Khufu, constructor de la Gran Pirámide. Son posteriores a las de Saqqara e inmediatamente anteriores a las de Guiza. En este lugar remoto hay muy poco turismo.


En primer lugar, nos dirigimos a la Pirámide Combada, considerada la primera pirámide propiamente dicha, ya que las anteriores fueron todas escalonadas. Se cree que algo falló durante su construcción y se volvió inestable, lo que obligó a reducir la pendiente de sus caras. Conserva buena parte de su revestimiento original de piedra caliza.

Nos animamos a entrar en el interior, para lo cual tuvimos que subir una empinada escalera de madera exterior hasta la abertura, donde hay una galería que desciende en plano inclinado durante muchos metros, no sé cuántos. Es bastante cansado porque hay que avanzar agachado, ya que el techo está muy bajo. No sé explicarlo mejor. Menos mal que estábamos solos en la bajada porque de haber más gente la experiencia hubiese sido agotadora. Al final, llegamos a una cámara más alta, donde nos encontramos a dos chicos de Madrid (¡qué coincidencia), con los que, al tiempo que descansábamos, estuvimos charlando un rato. Habían entrado previamente en la pirámide roja y nos dijeron que no compensaba hacer las dos.

Continuamos, ahora varios pisos hacia arriba, por unas escaleras de madera, hasta otro pasadizo que pasamos casi arrastrándonos. Finalmente, alcanzamos la cámara desde la que se ve el interior de la parte superior de la pirámide. Luego nos tocó deshacer todo el camino. ¡Uff!

La Pirámide Roja debe su nombre al color de sus inscripciones y su altura solo la supera la Gran Pirámide de Guiza. Se puede acceder también a su interior, pero habíamos tenido suficiente con visitar la combada y pasamos de sufrir más
.

De regreso, antes de pillarnos un buen atasco a la entrada de El Cairo, seguimos viendo escenas cotidianas de Egipto fuera de la ciudad.



[
