El Tesoro de Tutankamón.
Pasadas las seis de la tarde, el flujo de gente había disminuido bastante y pensé que había llegado el momento de visitar las salas dedicadas a Tutankamón, que muestran su tesoro completo, compuesto por más de 5.000 artefactos.

La primera galería recrea el momento en que Howard Carter descubrió la tumba intacta en 1922. Luego se explica la vida cotidiana del rey, con carros de guerra, cofres, armas, vasos, muebles…




La segunda galería avanza progresivamente, mostrando todo tipo de objetos rituales, las capillas, la ropa, las zapatillas, las joyas, los abanicos…



Aunque está permitido hacer fotos con dispositivos móviles, es bastante complicado que salgan bien porque las piezas están, lógicamente, protegidas por cristales y los reflejos y las personas que aparecen delante o detrás estropean las tomas.




Los increíbles sarcófagos eran especialmente difíciles de fotografiar. Sin embargo, lo que importa sobre todo es haber tenido la oportunidad de contemplar esta maravilla con el plus añadido de traerme algunas imágenes de recuerdo.




El punto culminante se alcanza al llegar a la gran cámara de cristal que contiene su famosa máscara funeraria, en torno a la cual se apiñan los visitantes haciendo cola para sacar una foto lo más cerca posible. La afluencia de gente había bajado mucho y apenas esperé dos minutos. Los reflejos de las luces en el cristal no me permitieron tomar una foto demasiado decente. Volví una segunda vez con éxito similar. Pero como ya he comentado, no me voy a quejar.



Una de mis piezas favoritas es el trono en cuyo respaldo está grabada la imagen de Tutankamón y su esposa: no sé cuánto tiempo estuve mirándolo.



Después de dar dos vueltas por las salas dedicadas a Tutankamón, retorné a la escalinata principal y pude, al fin, ver con cierta tranquilidad las estatuas allí expuestas.


A las siete y media, tras ocho horas de visita y casi agotados, dejamos el GEM y nos dispusimos a bregar con los taxistas de la puerta; como solo iba a ser ese día, preferimos no utilizar Uber. El primero nos pidió 25 dólares, el segundo 15 euros, el tercero, 700 libras. Teníamos claro que nuestro límite eran 400 libras, bastante más del valor medio de la carrera, pero a esa hora había mucha demanda y por seis euros tampoco nos íbamos a arruinar. Tras un interminable y plúmbeo regateo, incluso con “bienintencionados” personajes haciendo de intermediarios, al ver el importe que habíamos escrito en un papel (y que conservamos hasta que nos apeamos), aceptó un señor mayor, que no hablaba ni una palabra inglés y tenía un coche bastante roto, quizás anterior a la época de los faraones. Nos lo tomamos como una experiencia egipcia más, pues de tan lento que iba en medio de la vorágine del tráfico cairota, impresionaba más que si hubiese ido a toda pastilla. Pero, bueno, acabamos en nuestro hotel sin mayores percances y sin que el buen hombre discutiese el precio antes acordado.
Esa noche no salimos. Nos quedamos en el Hilton, tomando una pizza y un par de cervezas en el Court Garden, uno de sus restaurantes. Luego compramos un par de bollos en el Starbucks, pues al día siguiente no nos daba tiempo a desayunar en el bufet, ya que salíamos a las seis de la mañana para Alejandría.