Hoy es el día de los kilómetros comehoras: nos decidimos por ir a Sighisoara, con idea de ver luego otras cosas. La ciudad está a 130 km. pero tardamos ¡tres horas! y sin pararnos ni perdernos.
De cualquier modo, el camino merece la pena. Pasamos por muchas iglesias fortificadas: algunas de enormes torres en terreno bajo, otras en lo alto de colinas, unas bastante cuidadas, otras en ruinas, pero todas igualmente hermosas; los pueblecitos repiten la estructura que es común en Rumanía, aunque algunos destacan por las casitas pintadas y las extrañas formas en los tejados; las escenas de campo de hace décadas se suceden: cuadrillas de hombres y mujeres con hoces, guadañas, los sempiternos carros de heno, el ganado... Rumanía, a pesar de ese tiempo eterno, o quizás precisamente por él, nos va calando dentro. El paisaje va cambiando continuamente alternando zonas de bosque umbrío (entre Feldioara y Maierus, con muchas curvas pero precioso) con llanuras tranquilas, en algunos casos casi sin cultivar.
Cuando llegamos a la ciudad eran las doce, y hacía mucho calor. A pesar de ello y de que es una ciudad con bastante turismo (escuchamos hablar mucho en español), la encontramos muy bonita. La calle en la que aparcamos, la avenida 1º de diciembre tiene edificios de estilo renacentista, un poco ajados, pero con bastante encanto. En cuanto llegamos a la pequeña plaza de Hermann Obert empezamos a ver, en la parte alta de la ciudad, la Torre del Reloj que es el símbolo más característico de Sighisoara. Llegar a ella cruzando las pequeñas callejuelas de casitas de colores es un paseo agradable y encontrar la plaza alta, con la iglesia a un lado y todo el barullo de gente de un lado a otro resulta muy alegre.
De cualquier modo, el camino merece la pena. Pasamos por muchas iglesias fortificadas: algunas de enormes torres en terreno bajo, otras en lo alto de colinas, unas bastante cuidadas, otras en ruinas, pero todas igualmente hermosas; los pueblecitos repiten la estructura que es común en Rumanía, aunque algunos destacan por las casitas pintadas y las extrañas formas en los tejados; las escenas de campo de hace décadas se suceden: cuadrillas de hombres y mujeres con hoces, guadañas, los sempiternos carros de heno, el ganado... Rumanía, a pesar de ese tiempo eterno, o quizás precisamente por él, nos va calando dentro. El paisaje va cambiando continuamente alternando zonas de bosque umbrío (entre Feldioara y Maierus, con muchas curvas pero precioso) con llanuras tranquilas, en algunos casos casi sin cultivar.
Cuando llegamos a la ciudad eran las doce, y hacía mucho calor. A pesar de ello y de que es una ciudad con bastante turismo (escuchamos hablar mucho en español), la encontramos muy bonita. La calle en la que aparcamos, la avenida 1º de diciembre tiene edificios de estilo renacentista, un poco ajados, pero con bastante encanto. En cuanto llegamos a la pequeña plaza de Hermann Obert empezamos a ver, en la parte alta de la ciudad, la Torre del Reloj que es el símbolo más característico de Sighisoara. Llegar a ella cruzando las pequeñas callejuelas de casitas de colores es un paseo agradable y encontrar la plaza alta, con la iglesia a un lado y todo el barullo de gente de un lado a otro resulta muy alegre.

Obviamente, lo primero que hicimos fue subir a la Torre del Reloj (Turnul cu Ceas). La entrada no cuesta mucho, pero sí la tasa de fotos, que pagamos (la podíamos haber ahorrado porque luego no había nadie vigilando). Dentro hay un pequeño museo distribuido en las distintas plantas de la torre. Tiene un poco de todo: una maqueta de la ciudad antigua, herramientas de campo, instrumental de farmacia y medicina, jarras de cerámica, cosas de cocina… nos entretenemos mucho porque a los niños todo les interesa y por todo preguntan. Vemos la maquinaria del reloj y el mecanismo del carillón, realmente curioso. Después de subir por estrechas escaleras, llegamos a la parte abierta, desde la que contemplamos toda la ciudad y el verde paisaje que la rodea. Es gracioso pararse a leer las indicaciones puestas en la barandilla de los kilómetros que hay a distintas ciudades, algunas de nombres impronunciables.


Al bajar entramos en la iglesia de al lado (Biserica Manastirei), pero al ser protestante no tiene gran cosa por dentro.
Encontramos la casa natal de Vlad Tepes, que pasaría desapercibida si no fuera por el indicador y por el enorme cartel con un dibujo de un sangriento drácula anunciando el restaurante que hay en su interior. Pierde mucho con el tema del restaurante porque no está puesto con mucho gusto, así que no entramos a su interior.
Encontramos la casa natal de Vlad Tepes, que pasaría desapercibida si no fuera por el indicador y por el enorme cartel con un dibujo de un sangriento drácula anunciando el restaurante que hay en su interior. Pierde mucho con el tema del restaurante porque no está puesto con mucho gusto, así que no entramos a su interior.

Seguimos paseando hasta la plaza Cetajii, de casas de colores. Nos defraudó un poco porque las casas que están restauradas son muy alegres y cuidadas, pero a costa de estar llenas de cartelones de pensiuneas, hoteles y restaurantes. La famosa casa de la cabeza de ciervo (casa cu cerb), tiene un ciervo diminuto. Había además mucha gente y hacía mucho calor.
Anduvimos un rato más, hacia la Scara Scolii. Esto sí que nos gustó: es una empinada escalera de madera totalmente cubierta que sube hasta la parte más alta de la ciudad. Tiene una perspectiva rarísima provocada por las líneas horizontales y diagonales de las maderas, por lo que, si se está quieto, no se sabe si se baja o se sube.
Anduvimos un rato más, hacia la Scara Scolii. Esto sí que nos gustó: es una empinada escalera de madera totalmente cubierta que sube hasta la parte más alta de la ciudad. Tiene una perspectiva rarísima provocada por las líneas horizontales y diagonales de las maderas, por lo que, si se está quieto, no se sabe si se baja o se sube.

En lo más alto nos entrenemos un rato contemplando las hermosas vistas. Hay gran iglesia (biserica din Deal) y la casita del santero tiene una original cabeza de ¿rinoceronte? Desde luego el que se levante allí tiene un panorama fantástico.
Descansamos un rato en el cementerio, que tiene una fresca arboleda, y nos quedamos un rato leyendo las tumbas, muchas en alemán. Terminamos dando un pequeño paseo bordeando las murallas, entre un auténtico bosque.
Descansamos un rato en el cementerio, que tiene una fresca arboleda, y nos quedamos un rato leyendo las tumbas, muchas en alemán. Terminamos dando un pequeño paseo bordeando las murallas, entre un auténtico bosque.

Bajamos de nuevo hasta la plaza Cetajii por otras calles, prácticamente vacías ya que, como pasa siempre, todo el mundo está en ese lugar que marca la guía. Se aprecia que están haciendo un gran esfuerzo por restaurar y cuidar una ciudad, que incluso así como está ya tiene bastante encanto.
Comimos estupendamente en una agradable pizzería en la plaza Hemann Obert, y retomamos camino con la sensación de que Sighisoara es una bella ciudad para visitar... si te coge de paso.
Ya de vuelta fuimos visitando algunas iglesias fortificadas. Vimos la de Rupea, bastante grande, en lo alto de la colina, a la que parece que le están haciendo una buena restauración. Paramos en la de Saschiz, que nos llamó la atención por la enorme torre y que además nos sorprendió con un entorno cuidado. Con estas pequeñas paradas la vuelta se hace más rápida. En los continuos puestecillos en los arcenes de la carretera nos encontramos una mercancía inusitada: ¡copas de cristal!
Cerca de Brasov no sabíamos bien que hacer. El cansancio del camino nos quitó las ganas de andar por otra ciudad, así que dejamos su visita con todo el dolor de mi corazón, para la próxima vez.
Pensamos que sería mejor acercamos mejor hasta la tranquila Prejmer, para ver su fortificación. A pesar de perdernos Brasov, creo que acertamos porque así tuvimos un final del día relajado después de tanto coche. Además, vimos una iglesia fortificada que nos pareció de las mejores.
Cuando llegamos en teoría estaba cerrada, pero había un huequecillo en la puerta, un grupillo dentro, empezamos a colarnos, colarnos y nada, vimos de lo más tranquilos la ciudadela de Prejmer, con una estructura circular curiosísima, sumamente cuidada pero manteniendo el aire de algo auténtico.
Comimos estupendamente en una agradable pizzería en la plaza Hemann Obert, y retomamos camino con la sensación de que Sighisoara es una bella ciudad para visitar... si te coge de paso.
Ya de vuelta fuimos visitando algunas iglesias fortificadas. Vimos la de Rupea, bastante grande, en lo alto de la colina, a la que parece que le están haciendo una buena restauración. Paramos en la de Saschiz, que nos llamó la atención por la enorme torre y que además nos sorprendió con un entorno cuidado. Con estas pequeñas paradas la vuelta se hace más rápida. En los continuos puestecillos en los arcenes de la carretera nos encontramos una mercancía inusitada: ¡copas de cristal!
Cerca de Brasov no sabíamos bien que hacer. El cansancio del camino nos quitó las ganas de andar por otra ciudad, así que dejamos su visita con todo el dolor de mi corazón, para la próxima vez.
Pensamos que sería mejor acercamos mejor hasta la tranquila Prejmer, para ver su fortificación. A pesar de perdernos Brasov, creo que acertamos porque así tuvimos un final del día relajado después de tanto coche. Además, vimos una iglesia fortificada que nos pareció de las mejores.
Cuando llegamos en teoría estaba cerrada, pero había un huequecillo en la puerta, un grupillo dentro, empezamos a colarnos, colarnos y nada, vimos de lo más tranquilos la ciudadela de Prejmer, con una estructura circular curiosísima, sumamente cuidada pero manteniendo el aire de algo auténtico.


Seguimos camino, ya anocheciendo, maravillándonos como siempre por la visión de los Cárpatos azulados por la bruma y la luz del atardecer.

Terminamos el día yendo hasta Bran, dimos un paseíto y comimos por allí. Los niños se pidieron un refresco de naranja roja, sangre de Drácula, que nos divirtió a todos. Nos fuimos a dormir sintiendo que fuera nuestro último día en esta parte de Transilvania y en este fantástico hotel.
Recorrido del día: Bran - Sighisoara.
Kilómetros: 140 km
Tiempo: casi 3 horas.