El octavo día estaba reservado en exclusiva para conocer Dubrovnik, uno de los platos fuertes del viaje. Este día lo teníamos marcado en mayúsculas desde el primer momento en que empezamos a preparar el viaje.
Ese día no pusimos el despertador. Nos habíamos ido a dormir pronto, y además Cavtat tan sólo está a 20 km de Dubrovnik, por lo que no hacía falta madrugar. Pero como somos animales de costumbres, antes de la 9 ya estábamos levantados. Lo primero que hice al poner el pie en el suelo fue mirar que tiempo hacía. A ver si hacía sol ¿Sol?. Estaba lloviendo. No me lo podía creer, ese día no, por favor. La predicción del tiempo para ese día no hablaba de lluvia por ningún lado. Respiré hondo, conté diez, y al mal tiempo mala cara. Me mentalicé para visitar Dubrovnik con agua. Me daba igual si caían chuzos de punta. Yo no me iba de allí sin ver Dubrovnik como Dios manda.
Bajamos a desayunar, y nos lo tomamos con calma. Realmente no teníamos prisa, pero es que además llovía. Después de desayunar, volví a realizar una inspección ocular del tiempo. Y…. toma!!!, toma!!! Y toma!!!. Había dejado de llover, aunque el cielo todavía estaba gris. Le metí prisa a mi mujer, para llegar cuanto antes a Dubrovnik. No sabía si volvería a llover, y quería aprovechar al máximo todo el tiempo que durase aquella tregua. Al llegar a Dubrovnik, el cielo empezaba a clarear, e incluso acabó saliendo el sol en algunos momentos. No volvió a llover en todo el día.
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Aparcamos justo delante de la muralla, muy cerca de la entrada. No es que hubiese muchos sitios vacíos, pero alguno si que había. Me imagino que en verano será imposible aparcar junto al casco antiguo, y habrá que dejar el coche en el quinto pino, pero igualmente será zona azul. Hay parquímetros (7 kunas/hora) por toda la zona de aparcamiento. Algunos aceptan billetes, pero otros sólo monedas. Ir guardando monedas para el día que visitéis la ciudad; os pueden hacer falta.
Solo llevábamos monedas para unas 3 horas, lo que nos permitía pasear tranquilamente hasta la hora de comer. Nada más atravesar la puerta de entrada, giramos a la derecha y seguimos subiendo por la calle Peline que corre paralela a la muralla hasta llegar a la Torre Minceta. La primera impresión fue fantástica. Nos asaltó la sensación de estar en otra época. No había nada que desentonase. La calle empedrada, las casas de piedra blanca, las calles que descendían en una pronunciada pendiente sólo salvable mediante escaleras también de piedra del mismo color que las casas. Una auténtica maravilla. Y eso que sólo habíamos recorrido una calle. Todavía no sabíamos si el resto sería igual, pero aquello prometía.
Desde la torre Minceta iniciamos la bajada por una escalera muy estrecha que finalizaba en Placa junto a la puerta Pile. Placa, la calle central, me embrujó. Los pies se me iban hacia allí. Pero no, todo tiene un orden y hay que empezar por el principio, por la entrada. Salimos por la puerta Pile para ver la puerta desde el exterior. Creo que es el mejor lugar para empezara conocer Dubrovnik. La puerta, las murallas con el foso, las torres en las esquinas; son un buen preludio para lo que te espera en el interior. Volvimos a entrar por Pile. Muy curioso el sistema de doble puerta, con un patio entre las dos puertas. Sobre la puerta interior se encuentra la estatua de San Blas dando la bienvenida. De nuevo estábamos en Placa para iniciar la visita de la parte baja de la ciudad. Lo primero que te encuentras es la gran fuente de Onofrio con sus 16 surtidores. Si, los conté, lo reconozco. Sabía que eran 16, pero aún así tuve que comprobarlo. A la izquierda la pequeña iglesia del Salvador, un vistazo rápido en el interior y a seguir. De nuevo atravesamos la calle y entramos en el convento de Santa Clara. En la entrada hay varias tiendas y a continuación se accede al claustro. Actualmente es un restaurante por lo que no se visita. De nuevo volvemos a cruzar la calle hacia el convento de los franciscanos. Sé que es absurdo estar cruzando la calle continuamente. Pero es que sales de un sitio y lo primero que ves es lo que hay enfrente, y hacia allí que te vas sin pensar.
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La visita al convento es de pago (25 kunas), pero no había nadie en la entrada, por lo que nos colamos. La visita no tiene nada de especial. Un bonito claustro decorado con frescos y un pequeño museo donde lo más interesante es la sala dedicada a la farmacia.
En media hora estábamos fuera. Ahora si que había llegado el turno de Placa. Una gozada pasearse por esta calle. Espectaculares sus dos extremos; el que acabábamos de visitar con iglesias y conventos, y el opuesto con sus palacios. Y entre ambos, la calle propiamente dicha, con el adoquinado de piedra blanca y las fachadas barrocas casi simétricas, que crean una sensación de unidad arquitectónica espectacular. No llegué a contar cuantas veces nos habíamos pateado la calle en ambas direcciones al final del día, pero seguro que fueron más diez. Eso sin contar las ocasiones en que la cruzamos para pasar de un lado a otro de la ciudad. Cuanto más la veíamos, más nos gustaba.
Al final de la calle se encuentra otro conjunto monumental espectacular, en torno a una especie de plaza que me parece que se llama Luza. En medio la columna de Rolando, que si no fuera porque está precisamente en medio de la calle pasaría desapercibida (me creía que sería mucho más alta). A la izquierda el palacio Sponza. Enfrente la torre del reloj, la pequeña fuente de Onofrio, que hace honor a su nombre ya que es realmente pequeña, un bonito edificio con dos restaurantes en los bajos, y casi al fondo el palacio del rector, el edificio más llamativo de la ciudad. Al fondo la catedral. Y a la izquierda la iglesia de San Blas. Probablemente la mayor concentración de monumentos de Dubrovnik.
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Lo que más nos llamó la atención fue el palacio del rector, con su encantadora fachada profusamente adornada, y sus gruesas columnas en la galería de la planta baja. Si por fuera era tan espectacular, también había que verlo por dentro. Y hacia allí nos fuimos (45 kunas la entrada). Todo gira en torno a un patio central con varias escaleras a través de las cuales se accede a los diferentes aposentos del palacio. Se visitan varias habitaciones y estancias. Nada del otro mundo, pero no está mal.
Cruzamos la calle para entrar en la catedral. Tras un breve vistazo al interior, volvimos a atravesar la calle y salimos del recinto amurallado para ver el puerto viejo. A un lado el mar, al otro las murallas. Idílico. De nuevo en el interior a través de un callejón pasamos a la plaza Gundulic. Allí había un pequeño mercado donde vendían fruta, frutos secos y bolsitas de plantas aromáticas. Desde la plaza, al final de una calle, se ve una espectacular escalinata que asciende hasta la iglesia de San Ignacio. Desde aquí nos dirigimos callejeando hacia el museo etnográfico para acabar bajando frente a la iglesia ortodoxa y llegar finalmente de nuevo a la zona Luza. Ya casi habían pasado las 3 horas, por lo que teníamos que ir pensando en volver al coche. Antes fuimos a ver la puerta Ploce. Nos encantó la calle que conduce hasta allí, y que transcurre entre el monasterio dominico, y las murallas y la torre de San Lucas. No teníamos más tiempo, así que empezamos a subir por la calle Prijeko, la de los restaurantes. Elegimos una de las escaleras que suben hasta la muralla, y para arriba.
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Como no teníamos monedas para el parking, decidimos irnos a comer con el coche a algún restaurante alejado del centro. Pero sin saber como, acabamos en la carretera de Cavtat. Bueno nos pararemos en algún restaurante con vistas sobre la ciudad antigua. Seguro que hay muchos, pero fuimos incapaces de encontrar uno. Somos unos negados. Nos estábamos alejando de Dubrovnik, así que nos paramos en el primer sitio que vimos. Ese día decidimos darnos un homenaje. Abandonamos nuestra dieta base y pedimos una parrillada de pescado. El precio con las bebidas incluidas 260 kunas.
Tras la comida, de nuevo rápidamente hacia Dubrovnik. Había que aprovechar las horas que nos quedaban de luz. Esta vez aparcamos más cerca todavía de la puerta de acceso al casco antiguo. El parquímetro que estaba junto al coche si que aceptaba billetes. Salvados, sólo teníamos monedas para una hora. Pusimos el ticket hasta las nueve y media, y nos olvidamos del coche.
Nos quedaban por conocer las calles que hay entre esa parte de la muralla y Placa. Todas son calles escalonadas con una pendiente pronunciada. Bajar no está mal, pero subir es otra cosa. En circunstancias normales no subiríamos por esas escaleras ni locos. Las miraríamos desde la base y nos daríamos por satisfechos. Sólo de mirarlas ya te casas. Pero toda Dubrovnik tiene un encanto especial, incluso esas empinadas escaleras interminables, y no puedes evitar lanzarte escaleras arriba para encontrar algún rincón maravilloso.

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Hicimos un receso para descansar y recuperar fuerzas, mientras acababa de caer la noche. Después realizaríamos la última parte de la visita, Dubrovnik de noche.
Volvimos a hacer un recorrido por las calles principales pasando por delante de los monumentos más importantes. No voy a relatar el itinerario nocturno, ya que es similar al que realizamos durante el día. Acortamos los recorridos por las calles laterales de Placa, no volvimos a pasar por todas, pero en esencia volvimos a verlo todo de nuevo.
Siempre nos ha parecido que si la iluminación es la correcta, las ciudades tienen un encanto especial por las noches. Dubrovnik está iluminada por la tenue luz amarillenta de unas farolas que encajan muy bien con el estilo de la ciudad. Si de día es impresionante, de noche no lo es menos. Una vez que todos los cruceros han abandonado la ciudad, parece que se tiene que quedar vacía. Pues no, sigue habiendo gente por todas partes. Cuando desaparecen los turistas, la ciudad se llena de gente local. Dubrovnik no es solo una ciudad turística; está viva.
