Amanecimos con un día nublado y más frío que el anterior, con ganas de visitar sitios nuevos pero sientiendo un gran respeto por el primer sitio que íbamos a visitar: el campo de concentración de Sachsenhausen.
Llegamos en metro a Friedrichstrasse, donde está la oficina de Avis en la que reservamos el coche de alquiler para ese día.

Cerca de la oficina de alquiler se encuentra el centro comercial Galeries Lafayette y cómo no, las chicas nos metimos rápidamente de compras, aunque los precios son bastante más altos que en España aunque lo mejor es que hay una librería francesa donde comprar libros, lógicamente en francés, a precios muy buenos. Salí con unos cuantos, en concreto los que cuentan las historias del pequeño Nicolás (Le petit Nicolas), el Manolito Gafotas francés.
Ya por fin nos pusimos en la carretera y pudimos comprobar cómo son las autopistas alemanas sin límite de velocidad. Nos llamó mucho la atención la amabilidad de los conductores alemanes que te ceden el paso en el cambio de carril o que no te pitan si en el último momento hay que tomar una salida.
Con alguna dificultad llegamos a Oranienburg, el pueblo en el que se encuentra el campo de concentración. Para encontrar el lugar no hay que buscar nada con el nombre de Sachsenhausen, ya que en los carteles aparece como Gedenkstätte (memorial).

El campo de Sachsenhausen era de concentración, es decir, no era de exterminio como Auschwitz o Mauthausen, aunque aquí también se exterminó a la gente prisionera. Es uno de los campos más pequeños pero fue el de mayor importancia ya que desde aquí se daban las órdenes al resto de los campos de concentración y exterminio. Entre los prisioneros que aquí llegaron, hubo 7500 españoles de los que 3500 murieron. Entre los prisioneros españoles estuvo Francisco Largo Caballero, como preso político.
Al entrar alquilamos un par de audioguías y comenzamos la visita por un pequeño museo en el que se exponen objetos recogidos tras la liberación del campo así como dibujos que hicieron algunos prisioneros sobre la vida en el campo.


De camino hacia la entrada al campo se pueden ver a la derecha las casas en las que residían los oficiales de las SS, de color verde, derruidas por el paso del tiempo.

Nada más llegar a la pequeña explanada que hay frente a la entrada del campo, se encuentra la verja con la famosa inscripción Arbeit macht frei con el monumento a todos los prisioneros fallecidos al fondo.



Sólo hay dos barracones que pueden visitarse, lo que fue la enfermería y lo que fue la cocina. Por dentro son museos con exposición de objetos y con el pase de una película de media hora que cuenta la historia del campo. Se pueden ver literas, horcas, ataúdes, trajes e imágenes reales no muy agradables de mirar.


En esta imagen se explica que a los prisioneros se les obligaba a desfilar por delante de los fallecidos para que "aprendieran" a no repetir sus "errores":

También se puede visitar una de las torres de vigilancia, pero realmente no hay mucho que ver dentro:

Una de las zonas más espeluznantes de la visita, por no decir la más espeluznante, es la estación Z, es decir, la cámara de gas y el crematorio. Recibía el nombre de Estación Z debido a que se entraba vivo al campo por el edificio A y se salía muerto, de A a Z.

También se visita la cárcel y las horcas que quedan en pie.
Ya salimos de allí, bastante descompuestos y cansados tras 4 horas de visita (y eso que es el campo más pequeño de los existentes), así que nos acercamos de nuevo al pueblo a hacer compra en un supermercado y luego compramos la comida en un kebab y nos montamos un picnic en un parque cercano. Y hablando de supermercados, compramos sacarina Natreen, muchísimo más barata que en España y chocolates Lindt mucho más baratos también y de sabores que aquí tampoco se encuentran (rellenos de arándanos, de frambuesas, etc.).
Después de descansar un poco y reponernos, nos fuimos a visitar la Zitadelle del barrio de Spandau ya en Berlín, otro de esos barrios que en su día fue un municipio independiente con su propio ayuntamiento. El museo en su interior ya estaba cerrado pero la entrada a los jardines y patios era libre.

Y ya de ahí nos fuimos a Potsdam. Cuando llegamos nos encontramos con todos los palacios tapados por obras, con todo el centro de la ciudad levantado por las obras, así que sólo pudimos ver el barrio holandés y el Neue Garten, donde pudimos ir a ver el palacio Cecilienhof, célebre porque aquí se reunieron, en la conferencia de Potsdam, Chuchill, Truman y Stalin. Firmaron la declaración de Potsdam en relación a la rendición de Japón que, días después, fue atacada por las bombas atómicas.


Volvimos a Berlín y aprovechamos que teníamos coche para ver la ciudad iluminada. Aparcamos en el Tiergarten y nos fuimos a ver la puerta de Brandemburgo, el Reichstag y el monumento a los soviéticos con Stalin a la cabeza (es curioso que esto siga en pie). Un dato: incluso de noche hay que poner ticket de parquímetro en esta zona.



Después nos fuimos a Alexanderplatz a cenar en un restaurante italiano, nada del otro mundo. Y nos fuimos al hotel, en esa zona no hay ningún problema para aparcar en la calle.