Este era un día extraño en nuestro crucero, por un lado el barco se vaciaba a las 8 de la mañana y por otro no subía el nuevo pasaje hasta las 17 horas, así que durante unas cuantas horas apenas habría gente en él.
Aunque la naviera ofrece excursiones para ese día, nosotros habíamos decidido irnos por nuestra cuenta a visitar el parque Tívoli. Había leído en El Pais un artículo sobre este lugar y lo recomendaban encarecidamente, también lo recomendaban en la guía de Dinamarca que me había comprado, así que dedicamos el día completo a su visita. Esta vez cogimos el transporte que proporciona el barco hasta el centro de la ciudad y desde allí nos fuimos andando hasta el parque. Afortunadamente disponíamos de un mapa pues no había un alma por las calles a quién preguntar (era domingo y bastante temprano).
Y aquí nos tenéis en la misma puerta de entrada.
El Tívoli es el segundo parque de atracciones creado como tal en Europa, se inauguró en 1843, dicen que su fundador convenció al rey Christian VIII de la necesidad de fundar el parque diciéndole “cuando el pueblo se divierta, no piensa en política” y su concepción es muy distinta a la actual: se trata de un parque en el sentido tradicional de la palabra, lleno de árboles y flores y con algunas atracciones diseminadas entre ellos y muchos restaurantes y cafeterías por todo el parque.
Actualmente es el parque de recreo más querido por los habitantes de Copenhagen que vienen aquí a pasar el día y a escuchar música pues hay conciertos a todas horas en los distintos auditorios o templetes, tanto de música clásica como moderna.
Siguiendo la moda de la época los edificios existentes se inspiran en diferentes países: China, Arabia, etc.
Y en medio de todo una verdadera explosión de flores de todos los colores: margaritas, anémonas,
rosas, zapatitos de la virgen, ciclamen, fuchsias, etc.
las había en parterres, en los bordes de los caminos, colgadas en tiestos, …
F

Y en medio un lago precioso, umbrío y verde por el que se paseaban los patos con sus patitos.
Y en las orillas del lago había un montón de restaurantes temáticos, uno ubicado en un barco pirata desde el que se divisa una de las atracciones mecánicas o este otro que imitaba un antiguo molino
O este, como si fuese una granja típica de la zona y en donde decidimos comer. La oferta no es muy variada, pero tienen suficiente para poder elegir y estaba bueno lo que tomamos. Caro, aquí los precios son altos, pero no más que cuando comimos en la ciudad.
Fue un día estupendo, tranquilo, relajado, disfrutando de no hacer nada, viendo a la gente en su ambiente, oyendo las risas de los niños, la música en el ambiente, el aire fresco entre los árboles.
A la salida dimos una vuelta por el exterior pues merece la pena y luego marchamos a pié, dando un paseo hasta el centro, pasamos junto al Ayuntamiento
y en la plaza que hay enfrente había un grupo de indios sioux con toda la parafernalia tocando y danzando sus bailes típicos. Fué una verdadera pena que se nos hubiese llenado la tarjeta y no pudimos hacer fotos del evento y desde allí cogimos un taxi para volver, no nos fese a pasar lo del primer día.








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