Al día siguiente nos despertamos a las 08:30 y a las 9:00 bajamos a desayunar (ya habíamos concretado la hora el día antes en conversación con el dueño) y desde la cocina por un ventanal la dueña nos vio llegar y ya vino a atendernos. Nos preguntó si queríamos café, chocolate, infusión… y ya con eso empezó a traernos cosas hasta completar este fantástico desayuno:


Se veía que ese día iba a hacer muy bueno (aunque todavía era pronto y se veía la tremenda helada que había caído por la noche) cogimos las bicis que habíamos alquilado en el propio hotel, no sin cierta dificultad porque a mí la bici me quedaba enorme incluso con el sillín abajo del todo, pero la alternativa eran otras más pequeñas pero que tenían la barra del medio muy alta con lo que subir y bajar me resultaba imposible, así que nos quedamos con las grandes. No os digo más lo mal que me vería que la dueña del b&b nos despidió diciendo “Good luck!! I cross my fingers…”.
Después de un rato con la bici gigante ya me iba familiarizando con ella… y empecé a pensar que quizás sí podría sobrevivir a esa experiencia… así fue, de hecho no me caí ni una sola vez. Bordeamos el pueblo por la circunvalación (el hotel estaba justo pegado por el norte) y llegamos al cruce que indica 5 km a Damme. Dudábamos por qué margen del canal debíamos ir pero al final elegimos la izquierda y creo que acertamos porque no había coches (sólo dos o tres de las casas que hay al principio) y nos encontramos a varios ciclistas. El camino es precioso, totalmente recto y con una línea de árboles altísimos, en verano tiene que ser espectacular con todo verde pero la verdad es que ahora también tenía su encanto…

Nos paramos varias veces a hacer fotos y aún así enseguida llegamos a Damme. A la entrada del pueblo hay un molino donde nuevamente echamos un buen rato en una sesión de fotos.



Después ya entramos en el pueblo para ver lo principal: el ayuntamiento y la iglesia. El pueblo es bonito pero tampoco espectacular (además estaba desértico, parecía un decorado de una película porque no veías ni un alma), lo que merece la pena de esta excursión es sobre todo el trayecto y los paisajes, en general la experiencia nos gustó bastante.

Después de una vuelta por el pueblo nos volvimos a Brujas y continuamos la ruta en bici por un paseo que bordea los molinos (nos lo había recomendado el dueño del b&b) hasta llegar al Minnewater.


Junto al Minnewater (lago del amor) aparcamos las bicis para entrar a ver el Begijnhof, un remanso de paz…




Después como ya teníamos hambre y era algo tarde (se nos había pasado la mañana rapidísimo con las bicis) decidimos ir a comer a Chips & Ice (recomendación del foro), un local de comida rápida con muchísima variedad donde tomamos una pizza, una hamburguesa, unas patatas y dos refrescos por 15€.
Habíamos aparcado las bicis justo enfrente del local así que las dejamos allí y aprovechamos para dar otra vuelta por la ciudad.
Después volvimos a por las bicis y fuimos a dejarlas al hotel antes de que se hiciera de noche del todo, descansamos un rato y bajamos de nuevo al centro para dar otra vuelta y cenar.
Fuimos a Cambrinus para cenar, no teníamos mesa y estaba lleno pero la pedimos y nos tomamos unas cervezas en lo que nos llegaba el turno, no tardó mucho, unos 20 minutos. La carta del Cambrinus es como el listín telefónico de Madrid capital, entre las cervezas y la comida (ésta además en varios idiomas) te puedes volver loco… Como los platos principales nos daban miedín (no somos mucho de experimentar, especialmente yo que soy un poco rarita para las comidas) nos pedimos tres entrantes para compartir: entremeses calientes variados (que incluía alitas, rollitos de primavera, gambas, etc.), croquetas de queso y ensalada de pato ahumado. Todo estaba bastante bueno y nos salió por 40€ con tres cervezas. Eso sí, si sois de buen comer yo os recomendaría más bien un plato principal para cada uno porque los que vimos en otras mesas tenían buena pinta, no sé qué tal estarían.


Después de la cena, nuevamente paseo y sesión de fotos nocturnas:

Luego ya nos fuimos a dormir, al día siguiente dejábamos el hotel de Brujas (snif snif, nos dio penita porque estuvimos muy agusto y tanto el hotel como los dueños fueron encantadores) para dirigirnos a Gante donde pensábamos dejar las maletas en la consigna de la estación, ver la ciudad y luego continuar hasta Bruselas, donde teníamos el hotel para las dos siguientes noches.