Domingo 20 Noviembre 2011
Aunque aún nos quedaban por delante otros dos días de navegación, St. Kitts era nuestra última escala del crucero. Como la llegada a puerto era bastante más tarde de lo habitual, pasamos la mañana en la piscina después de desayunar.

Prepararon una enorme barbacoa en esa zona, pero pensamos que sería mejor acercarnos allí cuando la gente estuviese desembarcando porque así estaría más tranquilo, pero ese fue nuestro error. No contamos con que en cuanto se abrieron las puertas del barco, cerraron el chiringuito. Nos quedamos con la miel en los labios.
Desde el puerto la isla se veía como cualquiera de las anteriores. Un montón de tiendas de souvenirs, diamantes y electrónica, aunque los precios eran bastante elevados.



Y en cuanto al día, pues tampoco fue muy diferente. Negociamos el precio con un taxista local para que nos llevase allí donde nos habían recomendado una mujer un poco seca en información, pero esta vez el viaje fue un poco más ajetreado.

Las carreteras estaban en mal estado, y alguna prácticamente en ruinas. Fuimos dando botes todo el camino, y alguno se dio algún coscorrón con el techo del vehículo.

Para rematar la jugada, la playa a la que nos llevaron dejaba bastante que desear. No era muy grande, estaba llena de algas, y ni la arena era blanca ni el agua tenía esos intensos colores a los que ya nos habíamos acostumbrado. Si esta es la mejor, no me quiero ni imaginar cómo serán las otras, pensamos todos.
Había un par de mujeres medio vestidas de enfermeras ofreciendo masajes, pero lo que más nos chocó fue la fauna del lugar. Un chico paseando con un mono para que los turistas se hiciesen fotos, una especie de cuadra en un lateral con un caballo y una gallina y, además de hormigas y mosquitos, la joya de la corona: un cerdo sordo y ciego. Acabamos bautizando aquel sitio como la granja-playa.



Por primera vez en tierra, nos encontramos allí con los “titos” de Bilbao, que daba la sensación de que sólo aparecían a media tarde en el jacuzzi.
Uno de los mejores recuerdos de allí, quizás fueron los cócteles que tomamos.



El show de variedades de esa noche del barco a cargo de la cantante de musical no nos llamaba demasiado la atención, así que decidimos saltárnoslo y nos fuimos a uno de los bares a darnos el gustazo de pedir un cubo de cerveza, algo que llevábamos bastantes días planteándonos.
