Jueves 17 Noviembre 2011
Una de las mayores ilusiones de este crucero para mí, era conocer por fin esa playa que había visto tantas veces en video donde los aviones aterrizan a escasos metros de la arena, y te pasan literalmente por encima, y ese día finalmente había llegado.
Se reflejaba en nuestras caras que nos lo estábamos pasando en grande, el incidente de las maletas quedaba ya muy lejano y se había transformado en una anécdota graciosa que ya nos tomábamos con bastante humor.

La isla está dividida en una parte francesa y otra holandesa que fue donde llegamos nosotros. Dimos un largo paseo por las tiendas del puerto antes de coger un water taxi, un pequeño barco que unía el puerto con la playa más cercana. El precio fue de 6 dólares por persona, lo que nos daba derecho a usar el servicio tantas veces como quisiéramos, aunque tampoco le acabamos dando mucho uso.

En la zona de la playa había muchos restaurantes y tiendas y algún que otro punto de conexión wifi.

Hicimos un poco el indio en el agua, y a la una regresamos en el water taxi para buscar una furgoneta que nos llevase a Maho Beach. Subimos con otras tres personas, aunque éstas se quedaron en el centro, y pagamos 9 dólares por persona.
El paseo fue de una media hora, pero en este caso la conductora no era demasiado simpática, y apenas habló con nosotros durante todo el trayecto. Estuvo todo el rato hablando con una amiga por teléfono hasta que casi llegamos a la playa. Tan solo pudimos hacer alguna foto al vuelo desde el coche.

La playa estaba llena de gente, pero enseguida nos hicimos con un hueco cerca de la carretera y casi debajo de la trayectoria de los aviones.
Además, allí había un bar que tenía apuntados todas las horas de llegada de los vuelos del día en una tabla de surf que tenían puesta en la entrada.

Sólo nos quedaba tener un poco de paciencia y esperar a que llegase un avión grande, mientras nos hacíamos fotos con los más pequeños.


Nos apetecía algún cóctel, así que Manu y yo nos acercamos al Sunset Bar a por una cerveza y un Pain Killer (que estaba demasiado cargado).

Aterriza como puedas
Como a la vuelta éramos más en el taxi, el precio fue de 8 dólares por cabeza, y el trayecto fue más o menos el mismo, a pesar de que regresamos por un camino distinto.
Como empezaba a ser tradición, yo me fui a ordenar las fotos y a echar una siesta mientras que el resto se dio una sesión intensa de jacuzzi con los “titos” de Bilbao.
Como cuando me desperté estaba comenzando a anochecer, fui a echar un par de fotos de la puesta de sol antes de cambiarnos para la función de la noche.

Volvía a actuar Dave Heenan, el cómico de la primera noche, y nos echamos unas risas antes de la disco.