Hoy el desayuno incluye huevos, insisto: tener cocina es una maravilla.
Nos dirigimos a Gordes, precioso pueblo (acertadamente catalogado entre los “Pueblos más bellos de Francia”), se ubica en lo alto de una colina a cuyos pies los olivos y viñedos se alternan sin fin hasta donde alcanza la vista en una enorme y llana extensión salpicada por suaves ondulaciones.
Mientras buscamos el acceso al pueblo llegamos a un lugar desde donde nos saluda una bella vista del pueblo. Hay varios coches parados haciendo la hermosa fotografía que se ofrece. Una chica se sitúa en la carretera para hacer su foto, el novio, dentro de su coche, toca el claxon y la pobre pega un brinco, su novio se monda y el mío se parte de la risa …¡qué graciosos son los hombres!… ¡son como niños!
Por fin encontramos el camino para llegar al pueblo y nuestra aversión a los parquímetros nos hace dejar el coche a mitad de la colina… lo que significa que tenemos que subir la otra mitad andando… y no es precisamente una subida suave. Debe ser condición sine quanom para pertenecer a los “Pueblos más bellos de Francia” estar en una colina empinada. La verdad es que el esfuerzo merece la pena: un paseo por las estrechas calles, tanteamos la posibilidad de entrar al castillo pero decidimos no hacerlo…, en la plaza varias tiendas ofrecen productos típicos de la Provenza. Buscamos nuestra deseada mermelada de melón con menta en todas ellas pero no tenemos éxito. Lo que sí localizamos es la miel que vamos a comprar después: de lavanda y romero.
Después de un corto paseo volvemos a la plaza, hay una frutería donde compramos ciruelas e higos, según reza una pizarra en su entrada, procedente directamente de los productores locales. Esa fruta nos sabe a gloria pero nos sabe a poco, así que volvemos a por un melón, creo que se llaman “gala”: son verde claro por fuera y naranja por dentro. Nos lo comemos entero, mi chico le ofrece a una señora que está por allí pero lo rechaza, bastante azorada, y en francés nos empieza a explicar qué hace allí… como si la entendiéramos. Pasamos por una panadería antes de volver al coche pero ya no les queda nada. Compramos nuestra miel y nos marchamos con destino a la Abadía de Senanque que se encuentra muy cerca. En el camino, veo una higuera junto a la carretera que parece tener algún higo maduro y me paro para cogerlo… pero no están maduros.
La abadía de Senanque es preciosa, a pesar de o quizás debido a su austeridad románica, exenta de todo adorno superfluo como corresponde al movimiento cisterciense que la vio nacer. La paz que se respira en la campiña que la rodea invita al recogimiento. Supongo que este es el motivo por el que se eligió este privilegiado lugar para erigirla allá por el siglo XI, después de sufrir períodos de abandono, los monjes vuelven a habitarla. La entrada cuesta 7€ pero acaban de cerrar (son poco más de las 17:00) con lo que nos quedamos con las ganas de entrar, nos tenemos que conformar con curiosear en la tienda y ver las postales con la típica estampa de la lavanda en flor cultivada delante de la abadía. En esta época del año, la lavanda ya se ha cosechado y el morado de la maravillosa flor se nos ha negado todo el tiempo, lo que es una buena excusa para volver a visitar esta provincia llena de sorpresas en una época más propicia (junio o principios de julio) en el futuro.
Rodeamos la abadía y descubrimos la parte que sirve de hospedería y la iglesia a la que se puede acceder libremente. La iglesia es tan sobriamente románica como el resto del edificio. Varias personas se acomodan en los bancos situados en la mitad trasera de la iglesia, una verja divide la iglesia en dos partes: impidiendo el acceso a la delantera. Después de un ratito disfrutando de este arte medieval, salimos y al hacerlo mi chico se fija que en la puerta está el planning del día y que a las 18:00, es decir, dentro de un momento, hay algo, no sabemos muy bien qué así que la curiosidad nos hace quedarnos para averiguarlo… ¡gran acierto! Unos minutos antes de las 6 aparecen unos monjes, uno de los cuales abre la verja e invita a los presentes a acercarse al altar. Nosotros, no muy creyentes pero muy respetuosos, nos quedamos atrás del todo, observando atentamente la ceremonia. Los monjes se sientan en torno al altar y de repente empiezan a cantar cantos de abadía, la acústica de la iglesia reverbera y nos devuelve unos sonidos espléndidos que se antojan la mejor banda sonora para este espectacular entorno de paz y tranquilidad. Y me viene a la cabeza la palabra “armonía” con todo su significado.
Nos vamos sin saber muy bien dónde… pasamos por una señal indicativa de Rousillón, otro pueblo con el título de “Uno de los pueblos más bellos de Francia” y nos atrae como un imán. Como ya es tarde, el turismo parece haber salido de estampida y hay mucha menos gente que en Gordes. Pero todavía hay luz diurna y podemos ver los 17 tonos de ocre que cubren las fachadas de las casas, iglesias y otros edificios de este pueblo que años ha vivía de las canteras de ocre que rodean el pueblo, cómo no, situado en lo alto de una colina. Y como siempre en estos turísticos pueblos, el juego del escondite con los parquímetros y los parkings de paganini y como siempre, ganamos nosotros. Mucho más tranquilo que Gordes, el día ya termina y los turistas han vuelto a sus bases. Nosotros, como buenos españoles, todavía no. A las 9 y dos minutos intentamos comer una hamburguesa en un restaurante pero nos dicen que la cocina está cerrada. No acertamos con los horarios de comida de esta gente, cuando queremos una comida tardía es pronto para su cena y cuando queremos una cena temprana es tarde para ellos.
Pues nada, nuestro gozo en un pozo. Al coche. En ese momento vemos una hermosa vista general del pueblo que no habíamos visto hasta ahora porque no lo habíamos visto desde fuera… ¡encantador! Y las canteras de ocre… ¡cómo me recuerda a las Médulas de León!
Ahora sí, toca vuelta. En un pueblo de los muchos que pasamos por la carretera secundaria vemos un restaurante con una agradable terraza y nos paramos casi en seco. El sitio se llama Du Pain Sur La Planche (Route de Cavaillon; 84660 Coustellet; (*editado por universo18*)). Preguntamos si tienen la cocina abierta y dicen que sí, así que cenamos una especie de plato combinado con salmón y ensalada y postre (tiramisú y helado)… para beber…. ¡ya no nos pillan! AGUA DEL GRIFO que la cuenta ya viene cumplidita: 53€ por los dos.
Y nos vamos tan ricamente.
Hoy hemos detectado un pequeño problema de logística: el rollo y medio de papel higiénico que había en el baño a nuestra llegada está en las últimas, así que de vuelta al hotel comprobamos si en el servicio de la recepción hay papel y efectivamente, hay un rollo industrial fuera del portarrollos. Pues ya sabemos dónde proveernos. Cuando entramos en la habitación observamos que, como sospechábamos, no entran en la habitación ni para hacer la cama, ni para limpiar, ni para cambiar las toallas ni para reponer el papel higiénico, así que ni corta ni perezosa, me bajo a la recepción con la mochila y me llevo el rollo industrial… es pura necesidad, con este superrollo ya tenemos para todos los días. Cada mañana, antes de irnos, lo meteremos bajo candado en la maleta… es un bien muy preciado.