MIERCOLES 30 DE JULIO... ... 10º DIA... ... TRINIDAD-SANTA CLARA
Después de dejar la bellísima Trinidad, de camino a Santa Clara, nos detuvimos en el llamado Valle de los Ingenios.
Este valle, que se encuentra a escasos 8 kilómetros de Trinidad está lleno de restos de barracones de esclavos, maquinas y almacenes que se utilizaron en la recolección del azúcar. La principal atracción del valle, es la finca de Manaca Iznaga.
Esta finca, que data del 1750, fue adquirida por Pedro Iznaga, uno de los hombres más ricos de Cuba gracias al tráfico de esclavos. La antigua casona es preciosa. Hay un restaurante en el interior y unos patios traseros llenos de vegetación, realmente preciosos.
Pero lo que más sobresale del lugar, aparte del mercadillo de artesanía que se monta en el exterior, es la torre de 44 metros de alto, que se utilizaba para vigilar a los esclavos. Previo pago de 1 CUC, se pueden subir los 7 pisos y 137 escalones que te llevan a lo más alto. Las vistas desde aquí arriba, son impresionantes, pudiendo contemplar los interiores de las casas del lugar, las montañas del valle o la vía del tren turístico que recorre el valle, con una maquina de vapor. Vale la pena subir. Imprescindible. En lo alto de la torre, hay una gran campana que en tiempos servía para convocar a los esclavos.
Dejamos el valle, y después de unos 75 kilómetros llegamos a Sancti Spiritus.
Decidimos parar en esta ciudad, tan solo porque se encontraba en el camino a Santa Clara, y la verdad es que acertamos.
Sancti Spiritus, es una ciudad de más de 100.000 habitantes, fundada en 1514 por Diego Velázquez, y que parece una replica algo más grande de Trinidad. Su casco histórico esta lleno de una vitalidad que no estábamos acostumbrados a ver. Tiendas y más tiendas abarrotan la Avenida Independencia, en tanta cantidad como colas de personas en sus puertas. Guardias de seguridad regulando la entrada y música en unos altavoces que daban al lugar un aire de fiesta. De nuevo me sorprendió el surtido de artículos que se ofrecían, más propios de una tienda de pueblo de los años 70, que no del propio siglo XXI. Pero estábamos en Cuba.
Paseamos por unas calles llenas de gente, cambiamos dinero en el banco, y nos sentamos unos minutos en el Parque Serafín Sánchez, en unas sillas de metal. Ancianos, y parejas de enamorados son los usuarios de las más de 100 sillas que rodean este parque. En una esquina, tres mesas de mármol con figuras de ajedrez y damas, preparadas para ser usadas. Frente al parque, está el Museo Provincial y el Museo de Ciencias Naturales.
El lugar más pintoresco de Sancti Spiritus, es el puente Yayabo, que cruza el río del mismo nombre. Este puente de color verde, ha sido declarado Monumento Nacional. Y a día de hoy, aún intento averiguar él porque de dicha catalogación, pues no es más que un sencillo puente. Construido en la época colonial, su encanto pudiese estar en lo que le rodea...Curioso de ver.
Sancti Spiritus es también famosa por sus camisas masculina, la “guayabera”. Vendedores ambulantes de plátanos, de mangos, de maíz, de agua... Una visita adrede no es recomendable, pero si se pasa cerca, merece la pena detenerse.
Seguimos rumbo hacia Santa Clara, a la que llegamos por el mediodía.
Santa Clara no me gustó. Nada. O mejor dicho, lo que no me gustó fue el acoso que sufrimos por parte de algunos chicos en bicicleta, que se ponen algo violentos si no les sigues, o si no te detienes para darles alguna moneda.
Nos costó un poco encontrar el hotel, pues a cada momento que te detenías, aparecían los ciclistas, y no me inspiraban nada de seguridad. Pero al final, después de un par de rodeos, llegamos al hotel Los Caneyes. El hotel, lleno hasta la bandera de gente del país, tiene unos 90 bungalows grandes y redondos, con entradas separadas para 3 o 4 habitaciones. Teníamos vistas a la piscina del hotel.
Dejamos las maletas, y nos fuimos a ver lo mejor de Santa Clara, por no decir lo único que merece la pena. El mausoleo del Che. Aunque todo es cuestión de gustos.
La historia del Che, de Ernesto Che Guevara, está algo ligada a Santa Clara, pues fue en esta ciudad donde se produjo la batalla casi definitiva que terminó con el régimen de Batista, y el triunfo de la revolución.
No seré yo, quien juzgue a este mito del siglo XX, pero si por todo el país, la figura del Che, esta por todos lados, en Santa Clara, es casi omnipresente.
El monumento al Che, se alza en una gran plaza custodiada por una estatua de bronce del argentino. Como abrazando a la plaza, dos enormes pancartas de madera, con frase alegóricas sobre el Che, y sus gestas.
Era mediodía; el sol apretaba fuerte. Paré el coche en un lateral de la plaza, preparada para albergar gran cantidad de coches y personas. Y frente a mí, una estatua, un símbolo, que impresiona tan solo con mirarlo.
Bajo la estatua, flores. Y a sus lados, paneles de mármol blanco, con varias frases que albergan la leyenda... desde la orden para atacar Santa Clara, hasta la carta de renuncia de sus cargos que hizo a Fidel Castro. Culto al hombre. Sí. Pero culto a un mito que nos guste o no, forma parte de la historia.
Para entrar en el mauselo/museo, hay que dejar las cámaras de fotos y bolsas en una garita. La entrada es totalmente gratis. Primero se visita el museo, lleno de objetos y fotos sobre la vida del Che, ordenados cronológicamente y con explicaciones sencillas de porque están en el museo. Esta visita, permite conocer algo más la vida del Che y de la revolución cubana. Al salir del museo, se entra en el mausoleo, donde están los restos del Che y de varios guerrilleros que perdieron la vida juntamente con él. En medio de un silencio absoluto, y una tenue luz, prende una llama eterna, que Fidel Castro encendió en el 1997.
Todo muy patriótico. Pero impresiona.
Tras la visita al mausoleo, nos fuimos al otro emblema de Santa Clara y la revolución. El monumento a la toma del Tren Blindado. Casi en las afueras de la ciudad, están unos vagones del tren que el Che, y varios guerrilleros más lograron descarrilar en la ciudad, y que transportaba soldados y armas del ejercito de Batista. Los entendidos dicen que este hecho fue crucial para la batalla de Santa Clara.
Para acceder a los vagones, que están llenos de fotos del momento y de otras de la revolución se debe pagar 1CUC, aunque desde la calle, se pueden ver los vagones tranquilamente.
Como las visitas importantes, ya las habíamos hecho, aparcamos el coche en el centro de Santa Clara y nos fuimos a visitar una fábrica de tabaco. Nuestro gozo en un pozo. Era verano, y la fábrica estaba cerrada por vacaciones. Por lo cual nos dedicamos a callejear por la ciudad.
En el centro de la ciudad, está el Parque Vidal, precioso, pero que a estas horas estaba desierto. Nos sentamos en la terraza superior del Burgue Centro, contemplando la plaza, y resguardándonos del sol, nos tomamos unas limonadas súper frescas. Frente a nosotros, estaba el Teatro La Caridad, con una imponente fachada. Un museo de Artes Decorativas y el Palacio Provincial, son los edificios que quizás sobresalgan en los alrededores.
La calle más comercial de Santa Clara es la calle Independencia, donde se encuentra el Boulevard, lleno de bares y tiendas. Compramos unas pequeñas pizzas y nos fuimos hacia el hotel.
Teníamos toda la tarde libre, para disfrutar de la piscina del hotel, de los mojitos, de las tumbonas y el sol.
Muchos cubanos adquirían una entrada diaria para disfrutar de la piscina, por lo cual el conseguir una tumbona, estaba complicado. A medida que avanzaba la tarde, el hotel se iba vaciando y un poco de paz, surcaba el ambiente.
Para cenar, quisimos tirar de guía, y dirigirnos al restaurante más popular de la ciudad, “La Concha”, donde hacían unas pizzas grandes y baratas. La cena con cervezas, 15 CUC... 10 euros.
Después de cenar, quisimos buscar un bar que se suponía que era el de más ambiente de la ciudad, El Club Mejunje, en la calle Marta Abreu 107, y de nuevo mala pata. Cerrado. Los diferentes locales que vimos, no nos gustaron, y comprobamos que el botellón, es universal, pues el Parque Vidal, estaba lleno de jóvenes con botellas de ron y refrescos.
Con una sensación de no haber aprovechado bien el día, nos fuimos al hotel. Al llegar, nos acercamos al bar de la piscina, que estaba ya cerrando y nos quedamos un buen rato charlando con el guía del grupo de griegos que habíamos encontrado en Trinidad.
Con la sensación de haber tenido un día agridulce, nos fuimos a dormir. Mañana regresábamos a La Habana.
[u]Pero JUEVES 31 DE JULIO... ... 11º DIA... ... SANTA CLARA-LA HABANA
Hoy teníamos un día bastante movidito, de muchos kilómetros de coche para poder disfrutar de unas horas en un pequeño paraíso terrenal.
Salimos pronto del hotel en Santa Clara, y nos dirigimos hacia los Cayos de Santa María.
Tardamos poco más de una hora, en llegar hasta Remedios, pueblo precioso que hay que visitar, y que decidimos ver cuando regresáramos. La carretera para acceder a los Cayos, pasa por en medio del pueblo, en un intento de las autoridades locales, para que los turistas se detengan en él, y no pasen de largo en el camino a las playas.
Para acceder a los Cayos, se debe pagar un peaje de 2 CUC, tanto a la entrada, como a la salida. Y enseñar los pasaportes en la garita de control. Hay una carretera que conecta con los cayos, un pedraplén como le llaman en Cuba, de más de 25 kilómetros que conecta tierra firme con los cayos. De nuevo, la sensación de estar “circulando” por el mar, es fantástica. El mar, el Caribe, a ambos lados de la carretera... agua, agua y más agua, y de fondo, a lo lejos, la silueta de unas islas enlazadas artificialmente por el hombre, en una obra de ingeniería monumental. Y toda ella sufragada por el gobierno. Claro que detrás de todo, está el proyecto de construcción de más de 10.000 plazas hoteleras en Cayo Santa María.
Nuestros amigos vascos de Trinidad, nos aconsejaron que nos detuviésemos en Cayo Las Brujas, mucho más tranquilo y con playas igual de idílicas. Y eso hicimos. Hay un pequeño aeropuerto en Las Brujas, para vuelos locales.
La playa de Cayo Las Brujas, está “gestionada” de alguna manera por el hotel Villa Las Brujas. Al llegar, un guardia te pregunta a donde vas, y al comentar que teníamos intención de bañarnos en la playa, nos pidió que fuésemos a la recepción. Si hubiésemos dicho que estábamos alojados en el hotel, y nos hubiésemos dirigido directamente al agua, no habría pasado nada, pero quisimos hacerlo correctamente.
El hotel te vende dos pases. Uno de 15 CUC, con comida incluida en el restaurante del hotel, u otro de 4 CUC que solo te da derecho a bañarte en las aguas. Pagamos 4 por cabeza, y además la recepcionista nos recomendó un lugar para comer en Remedios, pues le dijimos que nos esperaban en la ciudad.
Y nos fuimos a la playa. No puedo en unas simples palabras, transmitir la sensación que experimenté al llegar al agua. Estábamos prácticamente solos. En una arena blanca y unas aguas calientes de varias tonalidades azules, que me sonaban a foto típica del Caribe. Increíble. Quizás la sensación de semi soledad, fue lo que más me gustó. Nos tumbamos en dos tumbonas, resguardadas por una pequeña palmera, y disfrutamos, casi soñamos en quedarnos allí. A lo lejos, muy a lo lejos, se adivinaban las siluetas de decenas de hamacas de los complejos de Cayo Ensenachos. Lo repito. Si hubiésemos entrado directamente, no habría pasado nada.
Era el broche de oro, un estupendo final, a un recorrido por medio país, disfrutando de sus gentes y de sus lugares. Y me propuse, algún día, volver... volver a este trozo de edén en la tierra.
Después del sol, y del baño, nos tomamos un refresco en la terraza del bar del hotel. Las vistas sobre la playa, seguían siendo espléndidas. Que buena que me supo esta última cerveza.
Pero tocaba regresar. Y emprendimos rumbo hacia Remedios. Al salir del parking del hotel, el guardia nos paró y nos preguntó si podíamos llevar a un pasajero hasta Remedios, y claro, como no aceptamos.
Nuestro pasajero era Silvio, el Director Financiero de un hotel en Cayo Santa María. El trayecto con él, nos sirvió de nuevo para saber más cosas sobre Cuba, sobre las matriculas de los coches, y aprender a diferenciarlas por el color y saber si era un automóvil del gobierno o de un particular; como se podían obtener coches en Cuba, cosa harto difícil, por cierto; el destino final de los coches de alquiler, etc. Ojalá el trayecto hubiese durado más tiempo, pero Remedios, apareció de pronto y todos nos detuvimos en esta ciudad de poco más de 50.000 habitantes.
Y de nuevo, seguía poniendo broches de oro a un viaje. Remedios es sencillamente, preciosa.
Nos detuvimos en el Parque Martí y nos sentamos en el café más antiguo de toda Cuba, que seguía en funcionamiento. El Louvre.
Tomamos un par de bocadillos y dos coca colas, mientras observábamos el trasiego diario del bar. El precio de dos bocadillos, una coca cola y una cerveza, 5.5 CUC. Unos 3 euros. El Louvre, tiene un encanto especial, con interiores de madera y mesas antiguas.
Alguna vez, en Cuba, cuando pedíamos coca cola, nos servían la del lugar, la Tu Kola, pero otras veces nos servían coca cola, importada de México o de Venezuela. Frente a nosotros el parque Martí y en un lateral, la Parroquia de San Juan Bautista de Remedios. Preciosa iglesia con una fachada blanca, que parecía recién salida de las películas del oeste.
Paseamos por los alrededores del parque, escuchamos música en unos altavoces gigantes instalados en la plaza y estuvimos tentados de entrar en una galería de arte.
La música sonaba, sencillamente por que era verano. Simplemente verano.
Pusimos de nuevo gasolina, intentando ajustar el consumo con los kilómetros por recorrer, pues teníamos que entregarlo lo más vacío posible, y emprendimos de nuevo camino hacía Santa Clara. La gasolina en Cuba es barata. Un litro cuesta sobre los 0.98 CUC, unos 0.70 euros el litro, y siempre te la sirven. Además te limpian el parabrisas y te dan conversación. Todo a cambio de una propina claro, pero la atención, lo merecía.
En Santa Clara, tomamos la autopista que nos debía de llevar a La Habana. Otra opción era seguir la carretera principal y bordear toda la costa, deteniéndonos en Varadero, pero como íbamos escasos de tiempo, optamos por la más directa.
Por delante, más de 300 kilómetros en una autopista llena de baches, vendedores ambulantes que casi se abalanzan sobre los autos, coches de caballos, turistas y varios coches de policía, semi ocultos, que te multan si te excedes en la velocidad.
Llegamos a La Habana, por la parte alta de la ciudad, limítrofe con varios pequeños municipios, y sin gasolina. Pusimos dos litros en una gasolinera, y aprovechamos para preguntar por el centro de la ciudad. A través de innumerables calles y avenidas, conseguimos llegar al puerto de La Habana y desde allí orientarnos fácilmente hasta llegar de nuevo al Hotel El Tejadillo.
Dejamos las maletas, llevé el coche al parqueo cercano que ya conocía, y nos fuimos a pasear por las calles de la ciudad.
Teníamos hambre, y decidimos cenar pronto. Y como la ruta por Cuba, había transcurrido con normalidad, después de 2000 kilómetros por carreteras de todo tipo, nos dimos un pequeño homenaje gastronómico.
Cenamos en El restaurante El Patio, en la Plaza San Ignacio, frente a la catedral. Y además, como era pronto, tuvimos suerte y pudimos cenar en el balcón del primer piso, contemplando la plaza y el ambiente del lugar.
Langosta, mojitos, postres... Fue la cena más cara de todo el viaje. 66 CUC. Unos 47 euros. Pero acostumbrado a los precios de Barcelona, y en el lugar en el que estábamos, con el ambiente, la música que interpretaba una pianista, lo romántico del lugar, me la hicieron menos cara.
Para redondear la noche, nos acercamos a la Bodeguita del Medio. Tan solo tuvimos que girar la calle, y estábamos en ella. Y como no, tomamos unos mojitos.
La Bodeguita del Medio, tiene fama de preparar los mejores mojitos de toda Cuba. Quizás antes fuera cierto, pero ahora los preparan casi en cadena, uno tras otro... y siguen estando buenos. Pero seguro que en Cuba, hay sitios mejores. Eso sí, el precio, caro. El mojito más caro, me lo tome aquí, 4 CUC cada uno.
En la Bodeguita se puede comer, pues hay un salón interior dentro, para degustar los platos de la cocina cubana, pero a mí me apetecía más beber, escuchando la música de los músicos que a todas horas se asoman por el local. Turistas, lindas y jóvenes chicas cubanas al lado de turistas con algunos años de más, parejas, gente del país... el ambiente en la Bodeguita es digno de ver. Su visita es obligada para todo aquel que visita La Habana.
En una estantería detrás del mostrador, un cartel de madera dice:
“Mi mojito en la Bodeguita. Mi daiquiri en el Floridita. Ernest Hemingway”.
Salimos de la Bodeguita, y nos fuimos caminando por las calles nocturnas de La Habana, hasta la Casa de la Música, en la avenida Italia, en pleno barrio de Vedado.
Eran cerca de las 11 de la noche, y el local estaba cerrado. Un gran gentío hacia cola para adquirir las entradas en las taquillas aún cerradas.
De pronto un personal de seguridad del local me llamó y me preguntó cuantos éramos. Le contesté que mi pareja y yo, y me ofreció la posibilidad de que a cambio de 5 CUC por cabeza, nos ponía al principio de la cola, para así poder entrar los primeros y conseguir una buena mesa, pues según él las mesas que estaban más cerca del escenario eran las mejores y las que antes se llenaban. Total, 30 CUC, por entrar, 20 más 10 del “favor”. Copas aparte, claro.
Y como tampoco teníamos muchas ganas de baile, y pensando erróneamente que la Casa de la Música, seria un local algo más barato o fácil de acceder, decidimos regresar al hotel. De hecho, el cansancio también empezaba a pesarnos, y casi disfrutamos más del paseo, que de otra cosa. De camino al hotel, pasamos por calles oscuras, sin luz, pero llenas de vida... de una vida que salía de dentro de las casas y te permitía observar la vida nocturna de cualquier familia cubana.
Quizás por la ausencia de aire acondicionado, el calor, la humedad, o quizás tan sólo por el deseo de abrirse al mundo, la mayoría de casas cubanas, tenían sus ventanas abiertas, a pie de calle. Nada nos impedía detenernos en cualquier escaparate viviente y contemplar como la población seguía el culebrón nocturno en la televisión o charlaba en acaloradas discusiones sobre cualquier tema. Casas coloniales, de grandes y decrepitas fachadas, con interiores más humildes y llenas de una decoración que podía parecer pasada de moda. Pero era la vida. La vida nocturna auténtica de Cuba.
Por muy oscura y solitaria que me pareciera una calle, en ningún momento tuve la sensación de intranquilidad o de temor.
Llegamos al hotel cerca de la medianoche, y a dormir.
Mañana teníamos que devolver el coche y callejear por la ciudad. Y con sorpresa.
Pero eso sería mañana.
VIERNES 1 DE AGOSTO... ... 12º DIA... ... LA HABANA
El hotel El Tejadillo, tiene una única pega. De sus 30 y pico habitaciones, tan solo 7 tienen ventanas al exterior. El resto son interiores, sin luz de calle... y esta vez nos tocó una de estas. Intentamos pedir un cambio, pero nos dijeron que el hotel estaba completo, por lo cual, pasamos las dos últimas noches en La Habana, en una habitación grande pero oscura.
Después de desayunar, en el “desayunador” nos fuimos a devolver el coche. Cruzamos toda La Habana por última vez, y con bastante facilidad conseguimos llegar a la oficina de Cubamar.
Y ahí llegó la sorpresa desagradable del viaje.
Al entrar en la garita, donde estaba el responsable, le comenté que el viaje había sido correcto, que no habíamos tenido ningún problema con el coche ni con las “gomas”, las ruedas.
Él nos pidió que nos quedásemos en la oficina mientras él iba a “chequear” el auto.
Al cabo de unos minutos vino con la noticia de que nos faltaba la rueda de repuesto!!!
¿Dónde nos la habían robado? ¿Cuándo?, ¿Cómo?...
En mitad del viaje, se nos cayeron unos cuantos caramelos por el interior del maletero, y al recogerlos, vimos que la rueda de repuesto estaba...
La cerradura del maletero no estaba forzada, por lo que se supone que tuvieron que abrir el maletero desde el interior... ¿pero cuando?
Además el gato, y las demás piezas para cambiar la rueda si que estaban.
El importe de la broma, nos costó 111 pesos, 86 euros. Por lo cual nos tuvieron que acompañar a una casa de cambio cercana para cambiar pesos y poder abonar el importe de la rueda...
Durante todo el día, durante el resto del viaje, y aún hoy, nos preguntamos dónde... y como.
Quizás en Santa Clara, en Trinidad... ¿O quizás en el breve espacio de tiempo que el empleado de Cubamar se tomó en revisar el coche, tuvo tiempo de sacarla y meterla en su coche, mientras nosotros permanecíamos en la oficina?...dudas y suposiciones que no evitaron el cabreo que tuvimos durante todo el día...
Mientras estábamos arreglando el problema, apareció el taxista que nos venía a buscar para llevarnos al hotel. Y con cara de tontos, regresamos al hotel, para seguir visitando La Habana.
Nos pusimos de nuevo a callejear por las calles adyacentes del hotel, la calle Empedrado, la bulliciosa y comercial calle Obispo... En cada bar, en cada restaurante, en cada casa... por todas partes, la música se abría paso en el aire. Melodías populares, boleros, salsa, música festiva... Cuba es música, Cuba es vida... La Habana respira sonidos musicales por los cuatro costados.
Nos detuvimos delante del Capitolio, para mirar el plano de la ciudad y decidir a que lugar iríamos después de visitar el Capitolio. Mientras estábamos mirando el mapa, se nos acercó un matrimonio que muy amablemente nos dio conversación... Que si él era médico, que si curaba la Soriasis, que si conocía un bar donde hacían los mejores mojitos de Cuba... y nos emplazó a que cuando saliésemos del Capitolio, si estaba por ahí, nos acompañaría a un bar...
Y la cosa quedó así.
El Capitolio de La Habana, 4 CUC la entrada, es un imponente edificio cubierto de mármol que guarda mucho parecido con el de Washington. La entrada se realiza por una imponente escalinata que parte de la plaza siempre abarrotada de taxis, coco taxis, y coches de caballos.
Pedimos hacer la visita guiada en español, pero no había ninguna guía disponible, por lo cual la hicimos solos.
Más de 5000 hombres tardaron más de 3 años en construir este monumento que fue terminado en el 1932. Hasta 1959 fue la sede del Congreso Cubano y hoy en día alberga la Biblioteca Nacional de Ciencias y Tecnología y la Academia de Ciencias, además de ser una atracción turística de primer orden.
Ya en el interior, una azafata, o personal del Capitolio, te da la bienvenida, te indica como hacer la visita, y te ofrece, una visita privada a la biblioteca del Capitolio. Nos acompañó a la sala, nos la abrió, y nos dejó unos instantes solos dentro de la sala, para que la pudiésemos contemplar. Cuando nos vino a buscar, sin ningún miramiento, nos pidió una “gratificación”, una propina... tarifa, 1 CUC.
Lo más llamativo de esta sala de entrada, es la estatua de La República, de bronce, de 17 metros de altura y 49 toneladas de peso, y que además es la tercera estatua de bronce bajo techo más grande del mundo. Impresiona.
Justo delante de ella, en el suelo, hay una replica de un diamante de 24 quilates que marca el kilómetro cero de las carreteras del país. Seguimos visitando el Capitolio, recreándonos en sus amplios y lujosos pasillos, hasta que llegamos a unas estancias que estaban cerradas. Inmediatamente se acercó a nosotros un miembro del personal del museo que se ofreció a abrirnos para nosotros solos, el despacho presidencial, incluso se ofreció a hacernos fotos en él. Mientras estábamos dentro, como la puerta era de cristal, otras personas querían entrar y ella les dijo que no, que aquello era privado. Como no me quedaban monedas sueltas, tan solo le di medio peso, cosa que por la cara que puso, no le gustó nada.
Este era su medio de sacarse un sobresueldo, abriendo salones que permanecían cerrados a cambio de una propina.
Del Capitolio visitamos también el Parlamento, el Senado, y sobre todo nos asomamos a los balcones desde los que se obtenían unas vistas preciosas de los exteriores. Visita totalmente recomendable.
Al salir del Capitolio, el matrimonio que nos habíamos encontrado antes, nos estaba esperando, “para irnos a tomar un mojito”... ante mi sorpresa y después de decirle que no queríamos tomar nada, se enfadó con nosotros, porque según él, nos había estado esperando todo el rato... -“nos has esperado porque has querido, nosotros no te lo hemos pedido”... le dije, mientras nos alejábamos y ellos nos dedicaban algunos improperios.
La fabrica de cigarros Pertagaz, está detrás del Capitolio. Quisimos entrar a verla, pero de nuevo topamos con la época vacacional y que la fábrica estaba cerrada. Claro. Era verano.
Caminando, sin rumbo fijo, pero con ganas de pasear, llegamos a la zona donde habíamos estado ayer por la noche. Entramos en un banco para cambiar dinero, donde tuvimos que esperar mucho rato, pues tan solo había dos personas atendiendo.
En la cola del banco, también se acercó una persona pidiendo unas monedas que “le faltaban” para un billete de bus.
Un guardia de seguridad, le pidió a una clienta que le enseñara el reloj de cocina que había comprado en una ferretería cercana. Y como si fuese el reloj más bonito del mundo, lo miró y remiró decenas de veces... un reloj de cocina, que aquí compramos en un todo a cien.
Seguimos caminando por La Habana, cuando nos ocurrió otro caso curioso.
Se nos acercaron dos mujeres con un niño de meses en un cochecito, y nos dijeron lo siguiente:
-“Hola. Ya sé que están acostumbrados a que se le acerquen cubanos con cualquier excusa para pedirles algo, pero miren, ustedes, los turistas, pueden comprar 1 ración de leche diaria, y ustedes no la necesitan; sin embargo nosotros no podemos comprarla y por favor, les pido si pueden comprar una ración de leche para el niño”... De hecho el niño, tenía buen aspecto, pero nos dejamos convencer.
-“¿Cuánto vale una ración de leche?”, preguntamos.
-“Vengan con nosotras y lo veremos”.
Las mujeres nos acompañaron a una tienda de alimentación que estaba cercana. Al entrar, las dependientas pusieron una cara extraña, como si estuviesen pensando...”otra vez aquí”...
Una de las mujeres pidió una ración de leche, y la dependienta le dio una bolsa con 3 paquetes de leche en polvo, a 27 CUC la bolsa.
Nos pareció un abuso, una nueva forma de tomarnos el pelo, y dijimos que no, que un paquete y vale. La cara de las dos mujeres cambió la exuberante sonrisa por otra más pequeña. Pagamos los 9 CUC y nos fuimos.
Sé, sabemos de los problemas del pueblo cubano, pero también sabemos que no podemos arreglar la situación de un país nosotros solos. Que a veces tenemos la sensación de ser dólares con patas, pero había que buscar el equilibrio entre ayudar un poco, y sentirte constantemente sableado.
Tenía las gafas de sol, medio rotas. Un cristal se había salido y no conseguía volverlo a poner a su sitio, por lo cual decidimos, dando un paseo, acercarnos a una óptica que había en la calle Obispo, a ver si podían hacer algo por ellas. La Óptica, parecía más un establecimiento europeo, con artículos de lujo que no una tienda de las que estábamos acostumbrados a ver por toda Cuba. De hecho, toda la calle Obispo está llena de tiendas de un nivel más alto de lo normal. El dependiente se las miró, se las llevó al taller interior, y a cabo de unos cinco minutos volvió con ellas completamente arregladas. Y no quería cobrar nada por ello. Ante mi sorpresa, le di 2 CUC como propina, además de las gracias varias veces.
Por la mañana, mientras paseábamos por las calles de La Habana, nos dieron un papel para que fuésemos a comer al Edificio Bacardi. Y a él nos dirigimos. El Edificio Bacardi, visible casi desde toda La Habana, data del 1929. Su elegante fachada culmina en la azotea con un campanario. Y en el segundo piso está el Bar La Barrita, donde pudimos degustar un menú con dos bebidas, postre y café por 10 CUC cada uno. Unos 7.5 euros. Además se estaba fresquito, pues el calor y la humedad eran casi insoportables.
Después de comer, decidimos ir al hotel para hacer una siesta. Caminando por la calle Tejadillo, me detuve en una casa, donde unas preciosas niñas estaban con su madre hablando con un señor en la ventana. Les di unos caramelos y me hice una foto con ellas. Hasta el anciano me pidió caramelos...
Después de la siesta, nos acercamos al Parque Anfiteatro, casi esquina con la calle del hotel, donde todos los días, se celebra un mercadillo de artesanía. Aquí se puede comprar de todo. Desde el más típico souvenir de Cuba, camisetas, pins, hasta elaboradas figuras de madera. Hay que regatear, pero es una opción muy útil si no se ha tenido tiempo de comprar nada durante el viaje. Siempre se compra algo, y nosotros, como no compramos bastantes cosas.
A media tarde, tomamos un taxi que por 3 CUC, nos llevó al castillo del Morro.
Desde el Malecón, el castillo parece que esté a escasos metros, pero para llegar a él en coche, hay que hacer una pequeña excursión, atravesando un túnel que cruza la bahía de La Habana.
El parque Histórico Militar El Morro-Cabaña es un recinto al que recomiendo acudir a primera hora de la tarde, y así quedarse a la ceremonia del cañonazo que se realiza a las 9 de la noche.
El taxi nos dejó casi en la entrada y primero nos dirigimos al Castillo de Los Tres Reyes Santos del Morro, que es el que está más al extremo de todo el complejo. La entrada al castillo, más la subida al faro, vale 6 CUC por persona. Primero se ven varías estancias donde se ubica un pequeño museo marítimo y de historia del lugar. La toma del castillo por las tropas británicas, la reconquista de los españoles, la historia de La Habana... pasear por el interior del castillo, es una buena manera de resguardecerse del sol.
La subida al faro, merece la pena realizarse. Nadie nos pidió la entrada del faro, y tan solo arriba del todo, hay una persona, el “farero” que pasa su tiempo mirando la tele, y saludando a los turistas, pero tampoco nos pidió el ticket. Desde lo alto del foro, las vistas sobre toda La Habana son increíbles. El Malecón, los edificios de La Habana, los patios interiores del castillo... precioso.
Hoy, empezaban los carnavales en La Habana. En el Malecón estaban las carrozas preparándose para el desfile que debía de empezar a las 6 de la tarde. El taxista que nos llevó al castillo, nos advirtió de que el ambiente del Carnaval, no era muy recomendable.
La música sonaba con fuerza, y aunque estábamos lejos, podíamos oír y contemplar perfectamente toda la parafernalia que se estaba preparando.
Paseamos un poco por el interior del castillo, contemplamos sus cañones, los acantilados de la fortaleza y después de darlo todo por visto, nos fuimos caminando hacía el otro castillo: La fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Entrada 8 CUC por cabeza.
Este castillo, es completamente diferente del anterior. Se accede por una preciosa puerta de piedra, que está al final de un puente de piedra que salva un pequeño foso.
El interior, está lleno de bares y de zonas con hierba. Hay un pequeño Museo de Armas y Fortificaciones y un Museo de la Comandancia del Che, que estaba cerrado.
Este castillo, construido en el 1763, fue erigido para defender la ciudad. Batista lo utilizó como prisión militar, y después de la Revolución, el Che, lo usó como Cuartel General.
Las vistas sobre La Habana son aún mejores que en el anterior, pues se tiene la sensación de que alargando el brazo, se pueden tocar los edificios de la ciudad.
Al entrar en el castillo, nos asaltó Marcelo. Marcelo era el encargado del restaurante El Portalón. Nos vendió tan bien el restaurante y fue tan amable, que decidimos quedarnos a cenar allí.
Marcelo, nos dijo que Anamelis, la camarera, preparaba los mejores mojitos de toda Cuba. Y debo decir, que no sé si son los mejores, pero quizás fue el mejor que me tomé en todo el país. 3 CUC el mojito. Además podíamos beberlo mientras observábamos la puesta de sol sobre La Habana y tomábamos posición para ver la ceremonia del cañonazo.
Todos los días, a las 9 de la noche, un escuadrón con uniformes del Siglo XIX, dispara un cañonazo orientado al puerto, en recuerdo de la época colonial, cuando la detonación era la señal para que se cerraran las puertas de la ciudad. El acto empieza con un desfile de los soldados hasta llegar al cañón. Y termina, lógicamente con el cañonazo que causa un monumental estruendo.
Después de la ceremonia, que resulta curiosa de ver, todos los turistas se diseminan por los alrededores buscando un lugar para cenar o tomar una copa.
Cenamos en el restaurante, casi en soledad. Tan solo 3 mesas, compartimos espacio. La langosta Tournedo que me tomé me supo a gloria.
Durante la cena, había un grupo, como no, de música que nos dedicó alguna canción y al que luego le terminamos comprando un CD, que nos dedicaron “con mucho cariño”. La cena, 42 CUC. Unos 30 euros.
Después de cenar, nos quedamos un rato escuchando la actuación de una cantante en la explanada del castillo. Era ya tarde, y la asistencia era escasa. Los tenderetes de recuerdos empezaban a cerrar, y nos preguntábamos si tendríamos algún taxi para regresar a La Habana.
Al salir del castillo, se nos acercó un chico que nos ofreció un taxi para regresar. Era un particular que ofrecía su taxi para sacarse unos pesos. Nos pidió 7 CUC, que nos pareció excesivo por que para subir nos pidieron 3.
Pero su razonamiento, fue el siguiente.
-“Mire, señor. Tiene Ud. razón. Pero piense que está en el culo del mundo. Que no tiene otra opción para regresar a La Habana. Esto es la ley de la oferta y la demanda. Sé que tiene razón, pero es lo que hay”...
Ante tanta claridad de argumento, no teníamos respuesta. Y además es que tenía razón. No había otra forma de regresar.
Le preguntamos por el carnaval. Y de nuevo nos sorprendió su respuesta.
-“No les aconsejo que vayan. El ambiente no es bueno. Por que aquí en Cuba, la gente dice mucho de cultura y tal, pero esto es un país tercermundista. Mucho alcohol y descontrol”.
Sin contestación.
El taxista nos dejó en el Malecón, que estaba cortado por el desfile, que ya había finalizado y decidimos recorrer un trozo del paseo, contemplando los restos de un desfile, de una fiesta, de un carnaval que empezaba a caminar.
Un montón de puestos de bebida, de comida, grupos de gente bebiendo, charlando... ambiente de resaca, y restos de fiesta.
Nos acercamos a un recinto semi cerrado, llamado El Rincón Habanero, donde se concentraban la mayoría de puestos de comida y bebida.
La entrada estaba controlada, y a veces se cerraba el acceso hasta que se vaciara un poco el interior. Por los altavoces del recinto, se pregonaba que se disfrutara de la fiesta con responsabilidad y tranquilidad, que no se produjeran altercados.
Caminando por el Rincón Habanero, se nos acercó una pareja de joven, que después de presentarse, nos señaló a su esposa para indicarnos que estaba embarazada.
También nos preguntó si ya nos habían hecho “lo de la leche”... SIII!!!!!!!...ya nos habían sableado con la leche.
A veces, se oían sirenas, y rápidamente pasaban varias motos de policías, que escoltaban las carrozas de regreso al principio de paseo. Nos preguntábamos el porqué de esta “escolta”.
El Rincón Habanero, no ofrecía nada que fuera resaltable, por lo cual, decidimos regresar al hotel lentamente, disfrutando de nuestra última noche en La Habana, contemplando el cielo estrellado, observando la juventud cubana y en algunos momentos sentándonos en el Malecón y dejando pasar el tiempo. En varios lugares del Malecón había instalado baños públicos. Una caseta, que teóricamente tenía que contener un baño interior. Pero no. La caseta servía para resguardecerse mientras uno hacía sus necesidades en las rejillas de las alcantarillas. Curioso.
Habana de día, Habana de noche. La noche habanera se terminaba para nosotros. Quizás por ello nos resistíamos a irnos al hotel, y apurábamos cada paso, como si nos fuese la vida en ello.
Mañana, tendríamos un día intenso, que culminaría con un avión que nos devolvería a casa.
Pero eso sería mañana.
SABADO 2 DE AGOSTO... ... LA HABANA-BARCELONA
Siempre hay un final para todo. Y hoy tocaba hacer maletas. Prepararlas para un largo viaje de regreso, y dejarlas en la consigna del hotel.
Desayunamos, hicimos el Chek-Out, y nos fuimos a disfrutar de las últimas horas en Cuba.
Nos dirigimos a La Plaza Vieja, para contemplar toda La Habana... y lo hicimos.
En un lateral de la plaza, se encuentra La Cámara Oscura. 2 CUC la entrada. Subimos a una torre de 35 metros de alto, que nos proporcionó vistas en directo, de toda la ciudad. A través de un sistema de cristales y de lentes de aumento, una chica nos fue haciendo un recorrido por toda La Habana, en directo. Observamos los edificios más característicos, los coches circulando por las calles, sábanas ondeando al viento, la gente al caminar, e incluso las personas que paseaban por la Plaza Vieja. Increíble. Un Gran Hermano turístico. Las imágenes captadas por las lentes, se reflejan en un gran panel interior, que la operaria va girando lentamente, hasta completar una vuelta de 360 grados por toda la ciudad. Totalmente recomendable. Al salir, se puede caminar por la terraza, desde la que se obtienen unas vistas fenomenales.
Desde allí, nos fuimos a la Avenida del Puerto, bordeando el muelle, para entrar en el Museo del Ron. Entrada 7 CUC. Este museo, que pertenece a la Fundación Habana Club fué una de las sorpresas agradables del viaje. Al entrar, acababa de empezar una visita guiada en español, por lo que pudimos engancharnos en la primera explicación. A través de la visita guiada, se nos enseñaron varios objetos dedicados a la elaboración del ron; aprendimos como se elaboraba, desde la recogida de la caña de azúcar, hasta su embotellado; aprendimos la historia del ron, estrechamente ligada a la de Cuba; observamos una maqueta preciosa, que representaba una fábrica de ron, La Esperanza, con tren incluido y finalmente degustamos un ron añejo de 7 años. Una delicia para el paladar. A la salida, hay una tienda donde se venden todo tipo de artículos de Habana Club: camisetas, llaveros, vasos, pins, carteles... además de toda la variedad de rones de la casa. También se pueden comprar puros.
En un patio interior del museo, un operario extraía el jugo de la caña de azúcar, que después mezclaba con ron y naranja. Exquisito. Me hubiese bebido todo lo que me hubiesen puesto delante. Le pedimos al camarero poder degustar el jugo de la caña de azúcar directamente, sin ningún aditivo, y nos dió un pequeño vaso con el preciado néctar. Curioso.
Lo único remarcable negativamente, es que por el patio, proliferan varios vendedores de puros, supuestamente auténticos, y que no paran de molestarte. Pero el museo, es otro de los lugares imprescindibles de La Habana.
Salimos del museo y de nuevo nos dedicamos a lo que más nos gustaba. Callejear. Ver. Observar. Oír. Una pequeña comparsa venía bailando por la calle. El Carnaval de La Habana.
Otro de los lugares de visita turística casi obligada, es El Floridita. Al final de la bulliciosa calle Obispo, se encuentra el bar que Hemingway, hizo famoso. Un cartel de neón anuncia el lugar, aunque la gran cantidad de gente que hay por los alrededores lo hace fácilmente identificable.
Y nos tomamos el Daiquiri de rigor, mientras oíamos cantar al grupo que en esos momentos trataba de animar a la ya de por si animada clientela del lugar. Comparando los mojitos de La Bodeguita, con los daiquiris del Floridita, quizás estos últimos, tengan la sensación de ser preparados de una manera más artesanal, más profesional. Aunque quizás es solo una apreciación particular.
Y como estábamos comportándonos como dos turistas más, nos tocaba hacer la última. Cogimos un Coco Taxi, para que nos llevara al Paladar La Guarida, en la calle Concordia esquina con Escobar. Toda una experiencia el dejarte llevar por estos cacharros.
El Paladar La Guarida es famoso por ser el lugar donde se rodó gran parte de la película “Fresa y Chocolate”. Además su cocina, también ha recibido numerosas y positivas críticas.
Claro, que cuando llegas al lugar, y ves la vetusta fachada, que parece que se vaya a caer en un momento u otro, te dan ganas de coger media vuelta e irte. Por fuera es uno de los peores edificios de La Habana. Y al entrar, subimos por sus grandes escaleras de mármol y cruzamos las plantas de los pisos, en unos grandísimos rellanos que parece que haya tenido una guerra inmediata.
Paredes descorchadas, cuerdas de tender con ropa tendida, grietas... seguimos subiendo al segundo piso, donde estaba la entrada del restaurante, casi escondida, y con un cartel rojo donde se hacía hincapié de la utilización del lugar en el rodaje de la película.
La Guarida es un piso reconvertido en restaurante, con las habitaciones llenas de mesas y de fotos de personajes famosos que han comido allí. Los objetos más peculiares que salían en la película, como la nevera azul, seguían estando en el lugar.
Y la comida, deliciosa. Con un toque de diseño, con calidad. El precio de la comida, 44 CUC. Unos 32 euros.
Mientras tomábamos el café, empezó a llover. Primero unas gotas inocentes; después una tormenta de verano, de mucha intensidad pero de poca duración.
Cuando terminó de llover, nos fuimos paseando por el Malecón, aprovechando que el calor, había hecho una tregua. Cerca del Parque Mártires del 71, los adolescentes jugaban en las rocas del espigón y se lanzaban al agua, o bien se bañaban en las piscinas naturales que las rocas formaban. Una vendedora de rosquillas, ofrecía sus dulces a los bañistas.
Cruzamos el Parque de los Enamorados, para caminar por todo lo largo del Paseo del Prado, o Paseo Martí, como también se le conoce. Un delicioso paseo, con unas farolas preciosas y lleno de pintores que mostraban sus creaciones. Empezaba a tener nostalgia de un lugar, que aún no había abandonado. Y me preguntaba cuando volvería a pisar la tierra cubana.
Nos acercamos al hotel, e hicimos las últimas compras en el mercadillo de artesanía colindante.
Ahora tan solo tocaba esperar al taxi que nos debía de llevar al aeropuerto.
Y para hacer tiempo, nos despedimos en el bar del hotel, saboreando dos de las cosas que más habían abundado en el viaje. Bebiendo un mojito, y escuchando la música que un pequeño y chistoso grupo interpretaba.
El taxi tenía que recogernos a las 7 de la tarde, pues debíamos de estar 3 horas antes en el aeropuerto, cosa que consideraba excesiva. Nuestro vuelo salía pasadas las 10 de la noche.
Minutos antes de las 7, volvió de nuevo a llover, pero esta vez de manera torrencial, intensa, incesante... el cielo adquirió un color gris oscuro... y el taxi no venía.
Empezó a correr el tiempo, con la misma rapidez que mis nervios salían a relucir. Nadie respondía en la agencia, ni tampoco sabíamos que sucursal de taxis nos tenía que dar servicio.
Curiosamente, en la puerta del hotel había un taxi, esperando clientes. Y se ofreció a llevarnos al aeropuerto, pero pagando nosotros la carrera, claro.
Y a las 7 y media, decidimos no esperar más y dirigirnos rápidamente a la terminal.
El taxista fue rápido, y después de cambiar de nuevo pesos, le pagamos la carrera de 35 CUC. Facturamos, abonamos la tasa de salida que es de 25 CUC por persona y pasamos el control de inmigración. Todo muy rápido. Más de lo esperado. Por lo que teníamos hora y media para esperar a que saliera nuestro vuelo. Cenamos algo en el aeropuerto, nos fumamos un puro... y adiós.
Volar por las noches, es algo que me encanta. Paso casi todo el tiempo durmiendo y el viaje se me hace más soportable.
Llegada a Madrid. Retraso de hora y media en el vuelo a Barcelona. Más siesta en la terminal 4 de la capital, y vuelo, por fin de regreso a casa.
Y al llegar a Barcelona, tuvimos que soportar la huelga de celo de la Policía Nacional y estar más de media hora en el control de pasaportes.
Maletas sin problemas, llegada a casa y punto y final.
En mi cabeza aún resonaban los ecos de la última melodía escuchada por las calles de La Habana. Creo que seguía estando allí. O como mínimo parte de mí.
Hasta siempre Cuba.