Mi avión sale a las cinco de la tarde, así que aún puedo apurar unas horitas descubriendo Chinatown: mi intención es comprar algunos souvenirs, y doy por hecho que encontraré cientos de tiendas de recuerdos en este barrio tan oriental. Otra equivocación...

A ver, en Canal Street sí que hay varias tiendas de recuerdos.... ¡Pero es que Chinatown es mucha Chinatown! Comienzo a caminar, a adentrarme por las callejuelas... y me siento completamente transportado. Los edificios siguen siendo típicamente neoyorkinos; pero la cartelería, los restaurantes y las tiendas son genuinamente chinos. Es cierto: nuestros congéneres de ojos rasgados han ido extendiendo sus dominios y hoy ocupan una amplísima zona en el Middtown, aquello es como una pequeña ciudad. Curioso... pero es que a mí lo chino, como que no. Compro mis souvenirs y vuelvo al hotel a recoger las maletas. Definitivamente, tengo que irme al aeropuerto. Se me encoge el corazón.


Nuevamente opto por el metro para mis traslado al JFK. Por reformas en varias líneas me hago un poco de lío, y tardo casi hora y media en llegar al aeropuerto. Aquí sí tengo que hacer cola para la facturación, así que me quedan escasos minutos para tomarme algo en uno de los bares de la zona de embarque. No quiero irme. De verdad, lo juro: NO QUIERO IRME. Pero, tristemente, arrastro mi cuerpo hasta la aeronave, y pienso en lo afortunado que he sido por ver lo que he visto, y por vivir lo que he vivido. Y volveré. A Dios pongo por testigo de que VOLVERÉ.
