Tras un buen desayuno en el hotel cogimos el metro y nos dirigimos hacia el palacio de Schonbrunn. Pese a que no era tarde, algo antes de las 10h, ya había bastante movimiento de autobuses y turistas. Sacamos la entrada, la Classic Pass (29,80€ con VC los dos) que incluye el palacio, los Jardines del Príncipe, el Laberinto y la Glorieta. No teníamos demasiado interés en el zoo ni en la pastelería.

Visitamos el palacio por dentro, impresionante, y nos dirigimos a ver los Jardines del Príncipe. Es otro jardín más, bastante prescindible:

Después fuimos hacia la zona del laberinto, y aquí sí que estuvimos un buen rato, porque es bastante divertido. Hay un laberinto grande, que no sabes por donde vas, y el objetivo es llegar a una plataforma elevada, y después hay otro más pequeño que es simplemente seguir un recorrido y en el que hay también algún juego con agua, plataformas,... También en la zona para niños están los típicos espejos cóncavos, convexos,...

Subimos a la glorieta, para tener las vistas del palacio y detrás la ciudad, que son bastante chulas:

Pasamos por el Palmenhaus y el zoo, sin entrar (aunque estuvimos viendo los bisontes desde fuera) para acabar cogiendo unos bombones en la tienda de Lindt.
Volvimos al centro, y como el hambre ya apretaba nos fuimos directamente al Figlmüller, que también nos gustó muchísimo, repitiendo con su famoso schnitzel y un plato de emmental empanado, todo muy bueno, 33.60€.
Entramos en la catedral

y estuvimos paseando un buen rato por Stepanhsplatz, Pestsaule y terminar en la igesia de San Pedro.

De ahí nos fuimos en metro a ver la Hundertwasserhaus, hacer unas cuantas fotos y pasear un rato por el barrio:

Volvimos al centro, hasta entrar en la pastelería Demel, a tomar un café (a 4,20€), un chocolate frío y un trozo de tarta Sacher, 12,40€ de broma.

Después fuimos hasta la Biblioteca Nacional, donde quedamos maravillados por el sitio.

Había además una exposición sobre carteles históricos para promocionar el turismo austriaco, muy interesante.
Pasamos por delante de la Ópera, donde habían colocado una pantalla gigante para poder seguir desde la calle la ópera que representaban dentro, y allí nos quedamos unos minutos viéndolo.
Pasamos por el hotel para cambiarnos y nos dirigimos hacia la parada de Schottentor-Universität para coger el tranvía 38 e irnos a Grinzing, donde cenamos en el Grinzinger Brau. Era jueves por la noche, pero no había nada de ambiente, y de hecho cenamos completamente solos y cerraron el sitio justo después de salir nosotros. Eso sí, nos metimos unas costillas impresionantes, ensalada y dos cervezas (29€):

Y vuelta al hotel, que el día había sido bastante intenso, no creeis??