Miércoles 30 Enero 2013
La cama era muy cómoda, y el descanso hubiese sido perfecto si la pareja de la habitación de al lado no hubiese decidido ponerse romántica esa noche (siendo delicados). Nuestro viaje estaba empezando a llegar a su fin, y solo nos quedaba ya una noche más en Miami.
El plan inicial era cenar esa noche con un amigo que vive allí, pero había coincidido que estaba pasando unos días en España, así que no teníamos pensado nada para esa última tarde en USA.
Lo primero que se nos ocurrió fue pasar la mañana por South Beach y comer por allí, así que cogimos el coche y salimos en dirección a Miami.
Teníamos ante nosotros unos 180 kilómetros de recorrido, y el coche marcaba que con la gasolina que teníamos podríamos hacerlos por los pelos, así que tendríamos que parar a repostar.
Quedarnos tirados en una carretera desde la que se veían los caimanes, no parecía una buena opción, y la preocupación fue en aumento a medida que pasaban los kilómetros y no aparecía ninguna gasolinera. Para colmo, me salté la salida de la primera que nos cruzamos (a pesar del aviso de mi mujer) y eso no ayudaba.
Nos quedaban aún 80 km más, y el indicador del coche marcaba que con el combustible que teníamos solo podíamos hace 60 (aunque no nos fiábamos mucho de eso). La carretera donde estábamos tenía una vía de servicio a la derecha que iba en paralelo, y era muy frustrante encontrar por fin una gasolinera, pero a la que no podíamos llegar, ya que la salida estaba una vez pasada la estación. Decidimos salir por la siguiente e ir por el lateral hasta que pudiésemos repostar (o nos quedásemos allí tirados), y la suerte quiso que justo se encontrase en la entrada de una gasolinera. Tuve que cruzar los tres carriles de la vía de servicio un poco a lo loco, pero por fin pudimos respirar tranquilos.

Como teníamos que dejar el coche vacío de combustible, pusimos 15 dólares (en un principio íbamos a poner solo 10, pero no queríamos más sustos), y llegamos a South Beach a las 12 de la mañana.

Dejamos el coche en un aparcamiento público que hay en la calle 17 frente al Centro de Convenciones (1 dólar la hora), y estuvimos paseando por la calle Lincoln hasta que nos empezó a entrar hambre y paramos en uno de sus múltiples restaurantes a comer algo.


Estiramos las piernas caminando hasta la playa, y nos fuimos al hotel a descansar.

Habíamos elegido el Airways Inn and Suites, por su cercanía con el aeropuerto y porque ya habíamos estado allí un par de veces antes. Es bastante básico (quizás demasiado), pero no somos muy delicados a la hora de los hoteles, así que nos serviría. Es bastante viejo, pero están haciendo una reforma impresionante, y la zona de recepción no tiene nada que ver con la que nosotros habíamos conocido. Por desgracia, las habitaciones no las han tocado de momento (están en ello), y en la que nos pusieron había un insoportable olor a humedad, aunque no nos pusieron pegas cuando pedimos cambiarla.



Cuando oscureció, salimos en coche para hacer algo que yo tenía muchas ganas desde la primera vez que visité Miami: hacer una foto al Miami Tower iluminado. Paramos el coche en el aparcamiento del hotel Intercontinental, ya que desde allí se ve de maravilla, y estuvimos allí embobados viendo como el edificio iba cambiando de color (y sin parar de hacer fotos).
