...ON ROUTE 66

En una horita nos plantamos en Williams, primer pueblo en nuestro breve paso por la mítica carretera 66. Desde allí existe la posibilidad de llegar a Las Vegas por la autopista o bien siguiendo la antigua ruta. Encontramos un cartel gigante y no nos pudimos resistir a hacer unas fotos, señal que estábamos en buen camino.

En este pueblo además teníamos la misión de encontrar un par de bares para curiosear, resultó estaban pegados el uno al otro; el Dinner 66 y el Twister. El primero estaba cerrado así que fue fácil decidirnos por uno. Como era casi mediodía aprovechamos y pedimos unas patatitas y una cola, cualquiera se resiste con tanta publicidad subliminal. Por supuesto también compramos algunos recuerdos en su tienda. Nos encantó el lugar, muy auténtico, ¡como de peli!

Nos fuimos en busca del desvío para la 66, una carretera de estas con rectas infinitas, esta vez rodeada de prado en lugar de desierto. Pudimos ver los míticos trenes de mercancías larguísimos, cargando contenedores dobles, como un tren de dos pisos, alucinantes. Pasamos por pueblos que parecían detenidos en el tiempo, como Peach Springs, donde algunos dicen que sirvió como inspiración, entre otros muchos lugares, para crear la peli de Cars. Nos costó encontrar gasolineras abiertas, parecía que ya nadie vivía allí y todos los servicios habían ido cerrando con el paso del tiempo. También hicimos la parada obligatoria en Hackberry, un lugar único, con recuerdos increíbles de los años 50. Es muy curioso dentro y fuera de la tienda, una reliquia. De nuevo no nos pudimos contener y nos llevamos un cargamento de souvenirs.

El tramo de ruta que se puede realizar antes de desviarse hacia Las Vegas es de un par de horas. El último pueblo es Kingman, donde vimos la antigua locomotora Santa Fe y casi delante otro mítico restaurante ambientado en los 50, el Mr Dz. Aquí paramos a comer, pedimos unas hamburguesas y por supuesto más cola, se me antojaba de botella, que sabe mejor, pero me llevé un chasco al pedirla porque me la trajeron ¡de plástico!

Dos semanas recorriendo desiertos y la primera planta rodadora se nos cruzó en este pueblo… más vale tarde que nunca, nos hacía ilusión, qué tontería. A partir de Kingman el camino ya es un poco rollo, más largas carreteras, sin demasiado encanto, con paisaje monótono y ganas de llegar. La última parada antes de llegar al destino fue en la Presa Hoover, muy impresionante. No nos entretuvimos demasiado, cuatro fotos y corriendo para el coche que empieza a lloviznar.

¡VIVA LAS VEGAS!
¡Por fin! Llevaba reservando la canción de Elvis para este momento todo el viaje, veíamos la ciudad enfrente, a unos pocos kilómetros. Por desgracia el depósito de gasolina estaba en las últimas, así que tocaba una parada más. Cerrado. Bueno, pues tiramos hasta el hotel y allí preguntaremos por una gasolinera…
Encontramos el hotel, el parking, sacamos las maletas… todo bien hasta el momento check in: fue interminable. La filas muy mal organizadas, con gente que aprovechaba para colarse. Nos pusimos frente a un mostrador, solo había una pareja de japoneses delante. Estuvieron muchísimo rato atendiéndoles, tanto que en el mostrador de al lado terminaron con los clientes que atendían cuando llegamos, con los siguientes y con otros que se nos colaron cuando estábamos por cambiarnos. La señora del mostrador no se ofreció a atendernos primero sabiendo que llevábamos media hora esperando.

Increíble pero, cuando nos iba a atender, la mujer de nuestra fila cerró su “ventanilla” al terminar con los japoneses y se quedó tan ancha. Podría haber girado el dichoso cartelito cuando nos pusimos en su fila y no nos hubiese hecho perder tanto tiempo. Vergonzoso. Por fin nos atendió la chica de al lado, que no hablaba español. ¿Es que nadie habla español en este mega hotel de millones de empleados? Pues no, nadie hablaba español “en ese momento”, así que para algunas cosas que no terminaba de entender me pasaron un teléfono que nos hizo la explicación pertinente. Resulta que hice la reserva de una Suite Salon Lakeview siete meses antes, pagando la primera noche para garantizar la reserva. Pues qué casualidad que no les quedaba este tipo de habitación. Directamente me ofrecían una habitación superior (Suite Bellagio), y me explicaban que me respetaban el precio. ¡Sólo me hubiese faltado! Ya en la habitación investigué un poco y la diferencia en dólares es mínima, incluso hay fechas en que la suite que yo quería es más cara. Antes de aceptar me había asegurado que tendríamos vistas a las fuentes de todos modos. Eso sí, nos retuvieron 1000$ en la tarjeta de crédito por si las moscas, cual Charlie Sheen.

Sorprendentemente ni siquiera nos ofrecieron llevarnos las maletas a la habitación, y eso que los cinco bultos eran evidentes…
Al final no salimos perdiendo con el cambio de habitación: nos tocó una más grande (90m2), más alta (piso 32) y muy céntrica en la fachada principal. Digamos que una suite así en cualquier otra ciudad del mundo nos hubiese costado el doble fácilmente. Las vistas de las fuentes eran estupendas, que era lo importante.

La habitación era muy bonita, decorada con gusto, pero excesiva se mire por donde se mire: salón y habitación separados, TRES baños, CUATRO televisores de plasma… Mucho más grande que nuestro pisito, de verdad que con la mitad de espacio, la mitad de baños y una cuarta parte de teles ya nos sobraba. Aun así encontramos pegas; tanto, tanto, tanto ¡y el armario era pequeñísimo! Teníamos que tener dos maletas por el medio de la habitación ya que no cabían las cuatro en el armario (llevábamos 2 medianas y 2 de mano). No había sitio ni para la colcha porque la encontramos en el suelo muy bien dobladita al lado de la cómoda cuando entramos después de la descubierta de cama. En fin, las vistas ¡eran estupendas! No me arrepiento de haber elegido el Bellagio pero la próxima vez probaré otro.

Descansamos un poquito, vimos el primer show de las fuentes, y a arreglarse para la cena: duchita, planchazo a la camisa… que tenemos reserva para las 21.30 en el Stratosphere. Jordi no sabe a dónde vamos, surprise surprise!!! Entre pitos y flautas salimos a y veinte, estamos cerca pero aún había que parar a poner gasolina. Vamos buscando, dando vueltas… la tensión va aumentando de forma inversamente proporcional a la aguja de la gasolina, el GPS no nos da una solución, no encontramos ninguna estación, nos metemos por un polígono, todas cerradas, seguimos volteando la torre en busca del oro negro… Alguien estaba al borde de la histeria, literalmente, porque creía que se le iba a parar el coche en cualquier momento. Y encima ya son las 21.35. Tendría que haberle abofeteado cual película antigua, para que se calmase y atendiera a razones. Por fin conseguí que metiese el coche en el puñetero parking explicándole que seguro que allí algún empleado nos podría indicar hasta la gasolinera más cercana, eso sí, después de la cena, que nos iban a cancelar la reserva…

Llegamos arriba 20 minutos tarde, y bastante estresados los dos. Por suerte, por el camino nos cruzamos con gente de 10 que nos ayudaron a pasar los nervios poco a poco. Entramos al hotel en busca del restaurante, yo además traía una cara de pocos amigos que… pues un empleado valiente se acercó a preguntarme qué buscaba, y me indicó con su mejor sonrisa el camino hasta el ascensor. Una vez allí tuvimos que hacer un par de minutos de cola, cuando nos tocó, el empleado que te sube al restaurante también era súper majo, era un hombre mayor que iba haciendo bromas, decía que era la primera vez que subía y que estaba asustado, que cachondo… pero no me extraña que quisiera quitarle hierro porque da un poco de impresión, sube a toda leche. Superado esto llegamos arriba y por suerte aún nos esperaban. Nuestro camarero era todo amabilidad, muy atento.

Poco a poco le pillamos el punto al sitio, porque al principio Jordi se sentía algo mareado… yo estaba alucinando; entre el estrés, la altura y el suelo que se movía, jajaja De verdad que pensé quién me mandaba a mi reservar estas cosas, pero luego no me arrepentí en absoluto de haber ido. Nos acompañaron a la mesa, y la primera sensación era como cuando te bajas del tiovivo, parecido. Dejo la cámara al lado de mi silla, en el suelo y rápidamente una camarera ¡noooo, que tú te vas en la plataforma y la cámara se queda ahí! No me había fijado aún, que risa, al final la puse debajo de la silla. Al cabo de un rato veo un hombre por fuera de la ventana, y me quedé embobada. Jordi me decía ¿qué pasa? ¿qué hay? Él estaba de espaldas, así que se gira y de pronto, el tío de fuera se tiró. No veas que impresión, ya sabíamos lo de las atracciones y tal, pero verlo en directo es alucinante. La cena buenísima, cantidad y calidad; pedimos patata rellena al horno con bechamel y unos NY Steaks que con una cuarta parte yo ya tenía de sobras, no pude terminar. Además te ponían pan de diferentes tipos y formas; en rebanadas, en palitos, crujientes… de olivas, de cereales… No sé, quería probar y claro, luego no me cabía ni el postre.

Teníamos unas vistas estupendas, ideal para buscar una gasolinera jajaja. Ya terminando, le pedimos a nuestro camarero que nos confirmase que aquello que le señalábamos era una gasolinera, le explicamos un poco que veníamos secos. El hombre se puso a reír y nos dijo que en realidad no nos gustaría ir allí, miró a Jordi y le dijo de broma, “bueno quizás a ti solo si…” Qué risa, el hombre se fue a buscar a otro camarero de habla hispana para que nos explicase con detalle cómo llegar a la gasolinera más cercana, por cierto, saliendo del parking hacia la derecha lo primero que encontrabas… de tontos. Bueno, una anécdota más. Y de ahí, al sobre, que entre helicóptero, ascensores kamikaze, y plataformas giratorias había sido un día muuuuy largo.
Gastos del día (649 $)
Desayuno 25$
Helicóptero 303$
Picoteo en el Twister 15$
Gasolina 20$
Almuerzo en Mr Dz 31$
Souvenirs ruta 66 72$
Cena en Top of the World 190$
Gasolina 10$
DÍA DE COMPRAS Y… ¡DE BODA!
Hoy será un día especial ya que por la tarde renovaremos nuestros votos matrimoniales. Estos últimos días vamos a tirar la casa por la ventana, la idea es hacer lo que nos apetezca, cuando nos apetezca, sin prisas, saboreando el final del viaje. Nos levantamos más tarde que de costumbre, y nos disponemos a buscar algún sitio para desayunar. Damos una vuelta por el hotel, fuimos a ver el jardín que es precioso, y además de alucinar con el mogollón de tiendas pijas que hay encontramos una cafetería con buena pinta, el Palio. Está ambientada en Siena, con banderas de las contrade, muy bonito. Pero estaba a tope. Hicimos bastante cola para llegar a pedir en el mostrador, con la idea de llevárnoslo porque no había mesas libres (tienen diez como mucho), pero justo después de atendernos quedaron libres unos taburetes y nos pudimos sentar un rato. Comí el mejor croissant que había probado en años! Sólo faltaba aquella chocolatina, la típica alargada de cuando éramos niños, ¡qué recuerdos! Pregunté pero no había nada parecido… lástima.

Después teníamos una cita con el Outlet, para ver con nuestros propios ojos si los precios que escandalizan a todos los viajeros son ciertos. Doy fe, jajaja. Todavía teníamos nuestro Captiva, perfecto para no tener que cargar con bolsas después de una larga mañana de compras. Nada más llegar nos dirigimos a Levi’s y salimos con un cargamento. De verdad que yo solo tengo unos y porque me los regalaron, hace años por cierto, no tengo nada de marca, ¡ni siquiera me gusta ir de compras! (a Jordi por supuesto tampoco le gusta). Pues había un estante con ofertas, donde encontré dos pantalones por 14$ cada uno. ¡Increíble! Como unos 10€ unos pantalones, y encima de marca. Luego nos pilló por banda una dependienta majísima que solo mirándome (yo no sé qué talla tengo fuera de España) me encontró unos que me iban perfectos, y no me pude resistir a quedármelos. Siempre me pasa que si me valen de ancho, me sobra mucho de cintura, y resulta que, además de la talla normal, fabrican en diferentes formas de cintura: bold, demi curve, extra bold… Cuando volví y le contaba esto a una amiga me dice “tía, esto también hay aquí en algunas tiendas de marca”, ya ves lo que voy de compras, jajaja. Total, tres para mí, uno para Jordi y uno para mi suegri, cinco por 150$. Aquí con eso creo que pago unos.

Luego pasamos por GAP, que siempre me había hecho gracia la típica sudadera, y como allí eran bastante más baratas y en diseños muy chulos pues me pillé un par, ya que no sabía decidirme entre las dos que me gustaban y Jordi se estaba exasperando. Para terminar entramos a Quicksilver, y encontramos un nuevo ofertón, dos sudaderas para él 40$. Increíble, ¡aquí una vale 90€! Ya supongo que no serán de temporada y todas esas cosas, pero a nosotros que nos importa un pito el tema nos parece un chollo. En realidad no estuvimos ni dos horas de compras, no aguantamos, pero fue un rato muy aprovechado. Saliendo de allí aprovechamos para acercarnos al cartel de bienvenida a la ciudad, está muy cerca y encontramos un sitio para aparcar allí mismo. Hicimos la cola de rigor para hacernos la foto, incluso una señora se ofrece a hacértelas por algún dólar, ella no nos lo pidió pero claro, irte sin darle nada queda bastante rancio.

De ahí nos cruzamos todo el Streep (por fuera, que hay como una ronda paralela sin tanta aglomeración) y subimos hasta la tienda de recuerdos más grande del mundo. Ha salido por la tele y todo… ¡qué frikis somos! Allí, como estábamos saturados de tantas compras nos agobiamos un poco, es realmente enorme, y tiene objetos muy divertidos, pero buscábamos cosas concretas que no encontramos… Por ejemplo el típico Elvis de salpicadero como sale en las pelis, o camisetas con dibujos chulos de póker, tuvimos que pensar alternativas. ¡Al final nos gastamos casi tanto ahí como en el Outlet!

Salimos desmayados, y ante nuestros ojos brillaba un cartel luminoso de McDonalld’s que nos llamaba a gritos. Allí que fuimos. Comimos sin dejar de echar un ojo al coche que llevábamos a tope ya que la zona en la que estábamos parecía la Fontsanta… (es que soy del Baix Llobregat, jajaja). En realidad estábamos al pie de la torre Stratosphere donde cenamos anoche pero está en una especie de polígono repleto de personajes pintorescos.
Pasamos por el hotel a dejar todas las bolsas y nos marchamos al aeropuerto a devolver nuestro coche. En principio ya no lo necesitábamos más, tiraríamos del deuce y de taxis. Realmente lo que nos cobraban por dos días más de alquiler y lo que nos costaron cuatro trayectos en taxi era muy similar, de haberlo sabido antes igual nos lo hubiésemos quedado hasta el final. Después del visto bueno en Dollar volvimos al Bellagio en taxi.

La idea era descansar y prepararnos hasta la hora que nos venían a buscar. Pero con la emoción no conseguí dormir mucho. Estaba disfrutando de un baño cuando me llamó el conductor de la limusina, me di un susto de muerte ¡No estamos preparados! Pero ¡si aún no es la hora! Falsa alarma, solo llamaba para confirmar la hora de recogida y explicarme qué coche debía buscar... La explicación sobraba, limusinas normales hay a cientos pero una tipo Hummer a las seis y media solo podía ser la nuestra. Y esta era mi sorpresa para Jordi, él sabía que renovábamos los votos, pero no se imaginaba qué paquete había contratado.
Cuando nos llamaron para que bajásemos estábamos casi, casi listos. Abrochar el collar, coger un par de cosas… ¡qué emoción! Salimos y claro, era evidente el trasto entre todos los taxis que había. Me dice, pero ¿¿qué has hecho?? ¿¿Esa es nuestra limusina?? Jajaja, estaba flipando. Era enorme, muy chula, y por dentro también una pasada. Nos llevaron hasta una zona donde había muchas capillas juntas, pasado el Stratosphere. La nuestra era A Little White Chapel, los exteriores no eran tan bonitos como otras capillas, la elegí por el pack del Hummer.

Una vez allí dimos nuestros datos, nos dieron el ramo y la flor de la solapa, y nos hicieron esperar unos quince minutos. Nos dieron la mala noticia que la ceremonia no podía ser en castellano como habíamos pedido, aunque al hacer la reserva ya nos habían dicho que no nos lo garantizaban. Yo les había dicho que me daba igual, de todos modos. Entonces tuvimos una pequeña entrevista con el ministro, que nos preguntó cuándo nos habíamos casado, en qué fecha, si vivíamos juntos, etc. Luego nos explicó paso a paso cómo sería el proceso de la ceremonia. Conseguimos entendernos bien.

Nos explicaron que la ceremonia sería en el interior, en una sala que tienen decorada permanente. Entonces fui a preguntarle a la mujer que tramitaba las reservas, me tenían confusa porque el pack que yo había elegido no incluía eso, sino la ceremonia en su “túnel del amor”, que me hacía mucha gracia porque era de peli total, tipo McAuto, pasábamos con el coche, parábamos en una ventanilla donde salía el ministro a oficiar la ceremonia y nos íbamos. Pero entonces la señora me explicó que le sabía mal, porque las fotos y el vídeo en el túnel salían muy oscuras, no era tan bonito, que si patatim que si patatam. Total que le dije, vale, pero también quiero fotos en el túnel. Le expliqué a Jordi mi idea inicial que era mucho más original claro, aunque al final no podría ser así… No le importó cambiar, ya que tampoco sabía a qué venía, aunque le hizo muchísima gracia el plan inicial.

Por fin empezamos. Entramos en la sala con la marcha nupcial donde nos recibieron el ministro y la fotógrafa. No sé si se podía llevar otra música ya que yo había preguntado si para el túnel la podía traer y me dijeron que no. El hombre, que era pastor de verdad, hizo su ceremonia no religiosa (nos lo había preguntado previamente), breve y tópica, pero muy divertida porque fue en inglés. Hacíamos el esfuerzo por entenderle, y más o menos bien, pero luego a la hora de repetir los votos que él nos decía nos costaba memorizar la frase entera, me entró un ataque de risa cuando le tocó a Jordi, buenísimo, tengo el vídeo para recordarlo eternamente, jajaja.

Cuando terminó nos dirigimos a la salida, otra vez con la típica cancioncilla de boda, pero solo era para que quedase bien en el vídeo ya que cuando paró la grabación nos hizo volver a entrar, para que llenásemos su sobre y dejarnos en manos de la fotógrafa. Este fue otro rato muy divertido, claro ella también hablaba solo inglés pero nos partíamos de risa con las poses que ponía para que la imitásemos, y además cuando hacía la foto empezaba a decir “nice, very good, Oh! Beautiful!...”

Era una flipada, pero majísima de verdad, de esas personas que parece que pagarían por ir a trabajar. Además como le dijimos lo de hacer fotos también en el túnel nos hizo un tour por todas las instalaciones haciéndonos fotos en todos lados, en el gazebo exterior, en la sala de la ceremonia… y por supuesto en el túnel. También le dejamos una propina, claro, pero esta se la había ganado. En el pack entran un número determinado de fotos, no sé, 30 o así, y creía que al final nos haría elegir unas cuantas, pero que va, nos dijo que en el cd las ponía todas, que ella hacía más o menos las que creía, sin mirar si eran 32 o 40. Supongo que por supuesto no va a estar cuatro horas con una pareja haciendo poses, pero dentro del tiempo que tiene y del juego que den los clientes pues irá haciendo. Nosotros fuimos colaboradores…

Llevábamos las máscaras de casa, no queríamos ir disfrazados a tope porque nos daba un poco de corte, y porque si no tendríamos que pasar a cambiarnos antes de ir al restaurante donde había reservado para la celebración, que por cierto también era sorpresa para Jordi.

Terminamos y le preguntamos a nuestro conductor, que nos esperaba paciente, si nos hacía algunas fotos con el Hummer, en realidad tenía que ser el elemento clave en la renovación de votos pero había quedado en segundo plano. No me importó que fuese diferente a cómo pensaba, ya que nos reímos mucho, y lo pasamos genial. Tenemos un gran recuerdo de ese día, fue fantástico. Luego le pregunté si nos podía dejar en un lugar distinto a donde nos recogió, me dijo que sí, que ningún problema. Total sólo íbamos al París, que está frente al Bellagio. Pero ya llegábamos tarde, para variar, porque habíamos calculado entrar a las siete y salir como mucho a las ocho, más luego que nos trasladasen… Creí que con hora y media nos sobraría tiempo así que reservé a las ocho cuarenta y cinco, pero ¡qué va!

Nos encantó el París, es muy bonito. Jordi además es un enamorado de esta ciudad, así que yo pensé, ¿qué mejor que una cena en la Torre Eiffel, con vistas a las fuentes del Bellagio? Él sospechaba que lo llevaría al restaurante del chef Gordon Ramsay, pero es una brasería así que me pareció más romántica mi idea. Y fue la mejor cena de todo el viaje, acerté de pleno. Eran casi las nueve cuando llegamos, y nos tocó esperar un ratito pero nos dieron la mesa en primera fila, frente a la ventana, tal como había pedido al hacer la reserva. La comida una delicia y las vistas espectaculares, lo único que la próxima vez me llevaré un jersey porque la temperatura del aire acondicionado era terrible, me tuve que poner su chaqueta por los hombros ya que ni el pañuelo que llevaba conseguía que mejorase la sensación.

Terminamos los filetes, el mío de pescado esta vez, y nos obsequiaron con unos petits fours. Es un restaurante muy recomendable. Bajamos y curioseamos un poco en el casino, habíamos calculado que la cuenta sería más elevada de lo que resultó así que con el cambio jugamos unos dólares en una mesa de black Jack. No era el juego normal, de otras mesas, aquí había más premios, ganábamos y no sabíamos casi ni porqué, y claro seguíamos jugando un poco más. De pronto, en una mano, la crupier empezó a hacer sonar un silbato que llevaba colgando, y nos repartió un montón de pasta, ¡recuperamos lo que nos costó la cena! Entonces Jordi cogió la pasta y dejó de jugar, qué bueno.

Llegamos paseando hasta el Bellagio, donde también curioseamos un poco por el casino. Decidimos que pese al cansancio nos acercábamos un rato a Fremont ya que no tendríamos muchas oportunidades más de ir, subimos a cambiarnos y pillamos un taxi hacia allí. Fue muy chulo ir encontrando los neones del cowboy, la cowgirl, el 4 Queens… lástima no haber llevado la cámara. En un rato se encendió la pantalla de Viva Visión, no recuerdo la canción pero era guay, la gente bailaba y todos mirábamos hacia arriba. Entramos a varios casinos y alucinamos con la diferencia que había entre estos y los del centro del Strip de donde veníamos: allí las crupiers eran chicas guapísimas, vestidas como si fuesen a actuar en el Moulin Rouge, y el lugar era todo glamur, los guiris jugaban con medida y era gente aparentemente muy adinerada la que hacía grandes apuestas que dejaban a los demás alucinando. En Fremont todo era muy decadente, crupiers despechugadas con poca gracia, fichas de mujeres en topless, casinos cutres y gente con cara de apostar por inercia. Debe influir que las apuestas aquí son mucho más asequibles, una en el Strip puede equivaler a cuatro o más en este lugar.

Habíamos estado una hora por allí, nos gustó la experiencia pese a lo decadente. Cuando salimos había pocos turistas y bastantes personajes raros, probablemente ebrios o simplemente locos. No parecían peligrosos, pero mejor evitarlos. Volvió a encenderse la Viva Visón mientras nos marchábamos a por un taxi que nos devolviese al confort de nuestra suite.
Gastos del día (1303 $)
Desayuno en el café Palio 30$
Outlet 240$
Souvenirs 140$
Almuerzo en Mc Donalld’s 20$
Taxi de Dollar al Bellagio 25$
Boda en A Little White Chapel 538$
Propinas de la boda 100$
Cena en la Torre Eiffel Restaurant 160$
Taxis a Fremont (ida y vuelta) 50$
VISITANDO LAS VEGAS
Parece increíble pero ha llegado el último día del viaje, de verdad que se ha pasado volando. No madrugamos, tampoco hay prisa ya que hoy vamos a salir a explorar la ciudad relajadamente. Bajamos a desayunar, no repetimos sitio ya que teníamos ganas de probar las delicias de la pastelería Jean Philipe que el día anterior habíamos visto y tenía una pinta deliciosa. Es una tienda increíble, con su fuente gigante de chocolates, sus cientos de pastelitos colocados en fila, e incluso un vestido de fiesta de gran tamaño hecho de chocolates…

Estuvimos un buen rato, además aprovechamos para llevarnos media tienda de recuerdo, todo era bastante caro pero estaba tan delicioso que no nos pudimos resistir. Antes de salir a visitar los otros hoteles fuimos a dejar las compras en la habitación porque con el calor que hacía fuera el chocolate no nos iba a durar ni un asalto. Ya bien equipados salimos a por el bus que llaman “deuce”.

Compramos los billetes en una máquina en la calle y esperamos un rato hasta que llegó. Habíamos pensado ir hasta el final, el Mandalay Bay e ir volviendo poco a poco, quizás paseando o en monorail. Nos bajamos en la parada indicada, pero la entrada del hotel quedaba algo lejos y tuvimos que caminar un rato, bajo un sol de justicia, con un calor… Lástima que el tiempo no fuese nublado como el día anterior, por la mañana incluso chispeaba a ratos. El Mandalay nos pareció un hotel elegante, bastante bonito. Paseamos en busca del acuario, que es una de las atracciones de este lugar, pero estaba lejísimos. Pasamos por un restaurante donde los someliers volaban en busca del vino para sus clientes, una pasada, y también vimos un acuario cilíndrico en uno de los halls. Al final, decidimos que la entrada era bastante cara, y que preferíamos gastar el tiempo visitando los demás hoteles. Empezamos a deshacer lo andado, pero nos perdimos, y tardamos una vida en encontrar el pasadizo hacia el Luxor. Allí el edificio tiene forma piramidal, y esconde esfinges, fuentes, etc.

En el Mandalay a Jordi se le había ocurrido la idea que sería gracioso jugar en todos los hoteles del Strip, es decir, hacer una apuesta en cada uno. Le dije que si le hacía ilusión… de acuerdo. Así que además de ver las tiendecitas, los decorados y demás, hacíamos una breve parada en los casinos. Por la mañana no hay mucho ambiente, los atuendos de los crupiers son más discretos, aunque sigues encontrando gente por todos lados, y muchos ya jugando. Seguimos en dirección al Excalibur, que me encantó. Es como el castillo de playmobil por fuera, y como un cuento de Disney por dentro. Está súper bien decorado, con las paredes imitando la piedra, los escudos, las lámparas antiguas, los ventanales de colores… Una pasada.

Luego salimos a la calle, y cruzamos por una pasarela hacia el New York, mucho más interesante por fuera que por dentro bajo mi punto de vista. No subimos a la montaña rusa, yo no soy muy amiga de estas y a Jordi con la espalda contracturada permanentemente no le convenía nada. Si no hubiese tenido que subir solo quizás se hubiese animado, quién sabe. Dentro, el casino nos pareció de los más grandes. Un perrito caliente fue nuestro tentempié, lástima que fue después de comerlo que encontramos una tienda de golosinas, sino arrasamos. Había una estatua de la libertad enorme hecha de judías de caramelo de colores.

Al salir cruzamos la calle para visitar el MGM. Estaba medio en obras, y no vimos el león, pero nos pareció curioso un restaurante ambientado en una jungla que encontramos. Ya estábamos bastante cansados pero no podíamos retirarnos sin ver el Venetian con sus góndolas. Así que salimos a esperar el deuce, hacía mucho sol y para refugiarnos entramos en una tienda de recuerdos que habían puesto allí estratégicamente. Evidentemente cayó otro regalito, pero no era el primero de la mañana… Llegamos a la parada correspondiente y nos quedamos alucinados de lo currado que estaba el hotel. Este también nos gustó muchísimo, con su imitación del puente Rialto, de la plaza San Marcos con su campanile, los canales y sus góndolas… Incluso por dentro, con las pinturas renacentistas en los techos, una cascada que caía por una pared y, lo mejor, los arlequines y hombres arbusto en zancos, dando ambiente.

Ya tenemos nuestros favoritos: el París, que vimos ayer, el Excalibur y el Venetian. Pero iba siendo hora de comer así que salimos a por el bus para volver al Bellagio, no queríamos marcharnos sin probar su famoso bufet. Cruzamos de nuevo el Strip ya que la parada que nos iba bien estaba enfrente, entre el Treasure Island y el Mirage. Nos achicharramos esperándolo, pero luego en un momento llegamos a nuestro hotel. Por la tarde continuaríamos las visitas.

Como ya eran las dos y pico nos pusimos directamente a la cola en el Buffet. Pasó más de media hora y nos habíamos movido solo cuatro metros, pero aún quedaba más del doble. Decidí subir a la habitación a dejar las bolsas, y la cámara, para hacer la espera un poco más cómoda. Cuando llegamos a las cajas (se paga por adelantado) eran las tres y media pasadas. Habíamos hecho casi hora y media de cola, y encima como era bastante tarde nos cobraron la tarifa de cena. Me parecía una broma, increíble: por unos minutos teníamos que pagar diez dólares más por persona. Dentro también se tomaron su tiempo en preguntarnos qué queríamos para beber, tanto que hicimos turnos para ir a buscar la comida por si venía el camarero. Ya estábamos cansados de esperar. Luego tampoco se dieron prisa para traer un par de fantas, ni para recogernos los platos vacíos cuando íbamos a por otro. La experiencia fatal, por suerte la comida era buena. Estaba tan enfadada que al terminar no dejamos ni un céntimo de propina. Salimos casi rodando del restaurante, y nos apetecía más descansar un rato que patearnos todos los hoteles que faltaban por ver, así que decidimos cambiarnos y bajar un poquito a la piscina, ¡tampoco podíamos irnos sin darnos un chapuzón!

La zona no era ninguna maravilla, pero suficiente para refrescarse. Antes de las seis volvimos a la habitación a ducharnos y arreglarnos para la última sorpresa que tenía preparada, sobre las siete teníamos que bajar al teatro del Bellagio para ver el show “O” del Cirque du Solei. Pasamos a recoger las entradas el día antes por la mañana, para evitar colas de última hora y sus consecuentes nervios. Empezamos a recoger las primeras cosillas, y me di un último bañito relajante. Hubiese sido lo más tener vistas a las fuentes desde el baño, lo habríamos aprovechado, lástima que no pudo ser. Una vez listos nos fuimos a ver el espectáculo, que nos encantó. Fue una pasada, las piruetas, las coreografías… pero sobretodo la puesta en escena, es algo muy único. El hotel también tiene una tienda con merchandising del show, pero todo era carísimo así que nos contuvimos. La cosa duró un par de horas, y al salir nos apetecía dar una vuelta y terminar de ver algunos hoteles.

Paseamos por nuestro casino y alucinamos con el precio mínimo de las apuestas, así que hicimos la gracia para continuar con la propuesta de Jordi y nos marchamos. Cruzando algunas pasarelas llegamos al Caesars, que nos encantó. Por dentro también es elegante y bonito, como renacentista. Nos paseamos un poco, y volvimos a comprobar que los precios de las apuestas eran bastante altos. Era tarde pero habíamos comido tanto que solo pedimos un par de perritos en un puesto, de vuelta al Bellagio. Yo estaba cansadísima, ya me daban igual los flamencos, los volcanes y los piratas que quedaban por ver, tampoco ayudaba pensar en el madrugón que nos esperaba al día siguiente, así que en poco más de una hora ya estábamos de vuelta. Una vez en la habitación Jordi me dijo que no tenía nada de sueño, y me preguntó qué me parecía si se bajaba a jugar un rato, le apetecía mucho como despedida.

Cómo le iba a pedir que no fuese con la gracia que le hacía, además de que no parecía mal mientras a mí me dejase dormir, jajaja. Quedamos que jugaría los dólares que había ganado en el París, vaya, lo que quedaba de ellos. Ya teníamos separado el dinero del taxi al aeropuerto y lo que faltaba por pagar del hotel, así que lo demás “sobraba”. Al día siguiente me contó que estuvo algo más de una hora, sobretodo viendo el ambiente, las apuestas de la gente, alucinando con la pasta que tenían algunos. Él no tuvo suerte, y como las apuestas mínimas eran altas perdía bastante rápido. Me extrañó que fuese perdiendo y aun así le quedaran algunos dólares, pero me contó que se vio allí solo, perdiendo… y no le apeteció seguir. Ganar un poco hubiese sido la guinda, lástima que volvió con un regusto agridulce, sin sentirse bien con su escapada. Es que no sabe perder ni al parchís.
Gastos del día (640 $)
Desayuno en Pastelería Jean Philipe 15$
Souvenirs Pastelería 87$
Bus Deuce 16$
Más souvenirs 27$
Almuerzo en Buffet Bellagio 70$
Show “O” Cirque du Solei 416$
Hot Dogs 15$
VOLVEMOS A CASA
Nos levantamos pronto para terminar de cerrar las maletas, que habían engordado tras las compras de los últimos días. Esto por aquí, aquello mejor allí… y unos malabares más tarde todo había cabido. Parece que haces una partida de Tetris más que una maleta. Al final bajamos a hacer el check out un poco justos de tiempo, y encima encontramos cola en el mostrador. Tras preguntar cómo funciona el Check Out Express decidimos esperarnos, no lo vimos muy claro. Y menos mal, nos querían cobrar un montón de bebidas del minibar. Muy indignada le empiezo a explicar que no habíamos consumido nada de todo esto, que solo nos tenían que cobrar un agua, que de dónde sacaban eso… Y de pronto, caí ¿¿¿minibar??? ¡¡¡Me he dejado el ramo dentro!!! Subí volando a buscarlo, me llamaron la atención por ir corriendo por los pasillos y todo, pero entre que era tarde y que me veía en la puerta de la habitación con la llave ya desactivada, estaba de los nervios.

Lo había puesto allí después de renovar los votos para que se conservase hasta la vuelta, una vez en casa quería secar algunas flores como recuerdo. Por suerte conseguí recuperarlo. Supongo que el servicio de habitaciones, al revisar la neverita (quiero pensar) con el ramo delante no habían visto que todos los refrescos que nos apuntaron como si hubiésemos consumido seguían allí. Ya con todo subimos al taxi que nos llevó al aeropuerto. Llegamos bien, nos dio tiempo a desayunar algo incluso. El vuelo fue tranquilo, nos entretuvimos bastante con las pelis y los juegos de la pantalla individual. En Atlanta comimos algo, pero esta vez no salimos del aeropuerto, y en el último vuelo conseguimos hasta dormir un buen rato. Llegamos a Barcelona por la mañana, prontito, y como habíamos dormido un poco aguantamos el cansancio un rato para contar las primeras anécdotas de nuestra aventura.
Últimos gastos(63 $)
Taxi al aeropuerto 18$
Desayuno 25$
Almuerzo aeropuerto Atlanta 20$