Tras esquivar los hábiles intentos de la propietaria del sobe donde nos alojamos por no devolvernos el cambio tras pagar la habitación, volvemos a la antigua Ragusa para recorrer sus perfectamente conservadas murallas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y tan recomendadas en todas las guías.
En la carretera nos encontramos una especie de mirador con un par de autobuses aparcados, decidimos parar (gran elección) y nos encontramos ante la famosísima estampa de la Stari Grad (ciudad antigua), increíble.
La Perla del Adriático


Al llegar a Dubrovnik aparcamos muy cerca de donde lo habíamos hecho el día anterior, ponemos el ticket y a las murallas. Vistas tremendas desde arriba, a un lado la ciudad con sus vivos tejados naranjas y al otro, el Adriático.
Dubrovnik


El trayecto comienza y acaba en la puerta de Pile, dura unas dos horas aunque nosotros lo hicimos en una hora aproximadamente ya que muy inteligentemente se me olvidó cargar la cámara la noche anterior y casi nos quedamos sin fotos. Especialmente especiales me parecieron las vistas del Stradun y la imponente torre Minceta.
Como anecdota histórica, comentar que Dubrovnik fue seriamente dañada durante la Guerra de Croacia, cuando tropas serbias y montenegrinas asediaron la ciudad durante unos seis meses. Ni que decir tiene que la ciudad antigua ha sido íntegramente reconstruida, en parte gracias a ayudas internacionales.
Desayunamos en una cafetería escondida en una callejuela y toca dejar la ciudad que tanto nos ha gustado. Volveremos, aquí también.
En este trayecto se pasa por el Delta del Neretva, curioso paisaje. Habíamos leído en internet buenas opiniones de un pueblito en Bosnia llamado Pocitelj, así que para allá que vamos. Bonito pueblo, pero al haber leído tan excelentes referencias esperábamos algo más. Damos un garbeo por el pueblo, nos comemos un cevapi (una especie de kebab al estilo de los Balcanes) y continuamos hasta Mostar.
Pocitelj


Nos plantamos en Mostar sobre las 4, vamos a nuestro alojamiento: Pensión Behar, 35€ la noche con aire acondicionado, parking, etc, reservado a través de Booking, muy muy bien y además la chica que nos atendió, un bombón. Nos entra un poquito de modorra, así que salimos a tomarnos un espeso café turco, que teníamos ganas de probar. Adiós modorra, hola hiperactividad.

Antes de nada, un poco de historia: Mostar (cuyo nombre proviene de su famoso puente, el Stari Most) fue una importante ciudad otomana, capital de la región de Herzegovina. A finales del siglo XIX, el imperio Austro-Húngaro se hizo con el control de la ciudad, lo que se hace patente en multitud de edificios y ruinas de estilo imperial. Y para terminar, el capítulo más trágico de la historia de la ciudad, la Guerra de Bosnia. La ciudad fue sometida a asedio durante 18 meses, en los cuales multitud de monumentos fueron destruidos y finalmente la ciudad quedó separada en dos bandos, cada uno a orilla: el croata y el el bosnio. En diciembre de 1993, el comandante croata Slobodan Praljak ordenó volar el puente.
Todo el centro histórico de Mostar ha sido reconstruido y goza de la protección de la UNESCO, y se ha convertido (especialmente el Star Most) en un símbolo de la paz por estos lares.
En cuanto a lo estrictamente turístico, el centro histórico de Mostar es muy chiquitito, pero está bonito (eso sí, el suelo... :evil:). Multitud de mezquitas y muchísimo comercio de artesanía local y algunos productos típicos como el vino, etc. Impactante el Stari Most, ver tan de cerca algo tan mítico es otro rollo, hay que vivirlo.
Mostar


Muy recomendable también dar un garbeo por la zona moderna de la ciudad, se ven multitud de ruinas mezcladas con edificios recién restaurados en los que está latente su pasado austríaco. Sobrecogedor.
Mostar


Mención especial a la Trg España (Plaza de España), restaurada por los cascos azules españoles e inaugurada por el tito Juancar en 2012.
Mostar


Vuelta al hotel, duchita, un poquito de relax y buscamos sitio para cenar. Muy recomendado el restuarante Hanli Han, allá que vamos. Genial, unas brochetas de pollo y pljeskiavica (creo), un plato consistente en una especie de filete ruso a la parrilla relleno de queso, muy rico todo. Por 20 € todo regado con vino blanco de la casa (rico rico). Muy recomendable.
Y lo más importante
