Cuando pensamos en Noruega solemos imaginar fiordos, montañas, carreteras panorámicas o las famosas islas Lofoten. Sin embargo, nuestro viaje empezó mucho más al norte, casi al final del mapa.
En agosto de 2024 dedicamos quince días a recorrer el país de norte a sur. Comenzaríamos junto a la frontera rusa, navegaríamos por el mar de Barents a bordo de un barco de la compañía Havila, recorreríamos las Lofoten y terminaríamos el viaje en Bergen y Oslo después de cruzar buena parte del país en tren.
Pero antes de todo eso había que llegar a Kirkenes.
Tras el vuelo Barcelona – Oslo – Kirkenes aterrizábamos en una ciudad que, viendo el mapa, parece pertenecer a otro país distinto al que solemos asociar con Noruega. Kirkenes está mucho más cerca de Rusia que de Oslo y su historia tiene poco que ver con los grandes fiordos del oeste o con las típicas postales noruegas.
La primera impresión es la de una pequeña ciudad tranquila y ordenada. Nada parece indicar que este rincón del Ártico fue uno de los lugares más castigados de Noruega durante la Segunda Guerra Mundial.
La visita al Museo de la Frontera ayuda a entenderlo. La región tuvo una enorme importancia estratégica durante la guerra y Kirkenes sufrió centenares de bombardeos que prácticamente arrasaron la ciudad.
Todavía hoy se conservan numerosos recuerdos de aquella época. Uno de los más llamativos es el monumento dedicado a los soldados soviéticos que participaron en la liberación de Kirkenes en 1944.
Otra visita muy interesante es Andersgrotta, un refugio antiaéreo excavado en la roca donde se protegía gran parte de la población durante los bombardeos. Recorrer sus galerías ayuda a imaginar cómo debió de ser la vida aquí durante aquellos años.
Pero Kirkenes también tiene una cara mucho más amable.
A pocos kilómetros de la ciudad visitamos el Snowhotel, un curioso hotel construido íntegramente con nieve y hielo que se reconstruye cada invierno.
Pasillos iluminados con tonos azulados, esculturas de hielo, habitaciones temáticas y hasta un bar completamente helado forman parte de una visita que parece sacada de una película.
Y, por supuesto, no faltan los renos.
Al día siguiente alquilamos un coche para acercarnos a uno de los lugares más curiosos de todo el viaje: Treriksrøysa, el punto donde se encuentran las fronteras de Noruega, Finlandia y Rusia.
La caminata es sencilla y atraviesa bosques y paisajes típicamente árticos. Solo el tramo final se vuelve algo más rocoso antes de llegar al monumento que marca el encuentro de los tres países.
Lo que no esperábamos era encontrarnos allí una patrulla del ejército noruego vigilando la zona.
Los soldados fueron extremadamente amables e incluso se ofrecieron a hacernos algunas fotografías junto al monumento.
Durante la conversación nos hicieron una advertencia muy clara: bajo ningún concepto debíamos cruzar la línea que marca la frontera rusa.
Nos explicaron que toda la zona está monitorizada y que cualquier incursión, aunque sea de pocos metros, provoca una rápida intervención de las autoridades rusas.
Hasta ese momento el tripunto nos había parecido una simple curiosidad geográfica. De repente entendimos que seguíamos estando en una frontera muy real y muy activa.
Y fue precisamente allí, a pocos metros de Rusia, donde comenzó realmente nuestro viaje por Noruega.
Después de los días pasados en Kirkenes llegaba el momento de embarcarnos en el Havila.
Hasta entonces el viaje había estado marcado por fronteras, historia y carreteras perdidas junto a Rusia. Ahora comenzaba una experiencia completamente diferente: navegar durante varios días por la costa ártica noruega siguiendo la ruta del correo marítimo hasta Tromsø.
El contraste era enorme.
Hacía apenas dos días estábamos en Barcelona y ahora embarcábamos en un barco en uno de los rincones más remotos de Europa, rodeados de paisajes árticos y con varios días de navegación por delante.
Mucha gente compara Havila con los famosos barcos de Hurtigruten, y es cierto que ambos realizan rutas muy similares. Sin embargo, conviene aclarar que esto no es exactamente un crucero.
No hay espectáculos, ni piscinas, ni animación constante. El barco funciona sobre todo como una línea marítima que conecta pueblos y comunidades dispersas a lo largo de miles de kilómetros de costa.
Y precisamente ahí está gran parte de su encanto.
Durante horas el paisaje se convierte en el verdadero protagonista.
Pequeños puertos pesqueros, aldeas de apenas unas pocas casas, faros solitarios y montañas que aparecen directamente desde el mar van sucediéndose lentamente mientras el barco avanza hacia el oeste.
Cada pocas horas se realiza una escala.
Algunas duran apenas diez minutos. Otras permiten bajar a dar un pequeño paseo antes de volver a bordo.
Nada más embarcar descubrimos también una de las peculiaridades del sistema.
Mientras nosotros esperábamos que nos pidieran pasaportes o billetes, la primera cosa que nos solicitaron fue la tarjeta de crédito.
A partir de ese momento prácticamente todo quedaba asociado a ella: comidas, bebidas y cualquier gasto realizado durante la travesía.
Muy cómodo.
Quizá demasiado cómodo.
Porque cuando todo funciona simplemente acercando una tarjeta, resulta fácil olvidarse de lo que uno va gastando hasta que llega el extracto bancario.
Una de las normas que nos explicaron al principio parecía casi anecdótica.
Podíamos bajar en cada puerto y visitar los alrededores, pero si el barco zarpaba y no estábamos a bordo... nos quedaríamos en tierra.
Sin excepciones.
Pensamos que sería una de esas advertencias que nunca llegan a aplicarse.
Nos equivocábamos.
En una de las escalas un pasajero decidió apurar demasiado el tiempo.
Llegó la hora de salida y el hombre seguía sin aparecer.
El barco esperó unos minutos mientras la tripulación intentaba localizarlo.
Finalmente apareció corriendo por el muelle y pudimos zarpar.
Pocos minutos después sonó la megafonía.
Con la calma característica de los países nórdicos, el capitán informó a todos los pasajeros de que había esperado al señor —mencionándolo incluso por su nombre y apellidos— pero que aquella generosidad no volvería a repetirse.
La lección quedó clara para todos.
A partir de entonces nadie volvió a apurar los horarios.
Uno de los momentos más esperados del recorrido llegaba con la escala en Honningsvåg.
Desde allí parten las excursiones al Cabo Norte, uno de esos lugares que casi cualquier viajero sueña con visitar alguna vez.
La carretera asciende poco a poco hacia la meseta de Nordkapp atravesando un paisaje sorprendente.
No hay bosques.
No hay grandes fiordos.
Solo extensiones rocosas, vegetación baja y una sensación constante de estar acercándose al final del continente.
Cuando finalmente llegamos descubrimos que el Cabo Norte es mucho más que la famosa esfera metálica que aparece en todas las fotografías.
Hay un centro de visitantes, exposiciones, cafeterías, varios monumentos y diferentes miradores distribuidos por la zona.
Y también tuvimos una sorpresa inesperada.
Uno de los camareros del complejo era español.
Charlando con él nos comentó algo que nos hizo valorar todavía más aquel día: las condiciones eran excepcionales.
Prácticamente no había nubes y la visibilidad era magnífica.
Según nos explicó, muchos visitantes llegan hasta allí para encontrarse niebla, lluvia o un muro de nubes que impide ver absolutamente nada.
Nosotros, en cambio, teníamos el océano Ártico completamente abierto ante nuestros ojos.
La famosa esfera metálica es, por supuesto, la protagonista del lugar y todo el mundo termina haciéndose la fotografía de rigor.
Pero lo mejor del Cabo Norte no es la esfera.
Es la sensación.
Acercarse al borde del acantilado, mirar hacia el norte y ser consciente de que delante solo queda el océano Ártico.
Durante unos instantes resulta fácil olvidar los turistas, las cámaras y el centro de visitantes.
Solo quedan el viento, el mar y la idea de haber llegado a uno de los extremos de Europa.
Aquella noche regresábamos al Havila.
La navegación continuaba.
Y todavía quedaban muchos kilómetros de costa noruega por descubrir.
Después de varios días navegando por la costa ártica llegábamos finalmente a Tromsø.
A medida que el barco se acercaba a la ciudad, el paisaje empezaba a cambiar. Seguíamos muy por encima del Círculo Polar Ártico, pero Tromsø transmitía una sensación completamente distinta a la de Kirkenes o los pequeños puertos que habíamos ido encontrando durante la travesía.
Aquí había movimiento.
Había tráfico, universidades, hoteles, restaurantes y una actividad que no habíamos visto desde que abandonamos Oslo.
No es casualidad que Tromsø sea conocida como la capital del Ártico.
La ciudad ocupa una isla rodeada de montañas y fiordos, un emplazamiento espectacular que explica por qué se ha convertido en uno de los destinos más populares del norte de Noruega.
Aunque en invierno es famosa por las auroras boreales, nosotros la visitábamos en pleno agosto, con días larguísimos y una luz que parecía negarse a desaparecer.
Lo primero que llama la atención al llegar es su ubicación.
Pocas ciudades de este tamaño pueden presumir de encontrarse tan al norte y, al mismo tiempo, ofrecer una vida urbana tan completa.
El centro se recorre fácilmente a pie.
Las calles combinan edificios modernos con antiguas casas de madera y un ambiente sorprendentemente animado para encontrarse a más de 350 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico.
Uno de los edificios más conocidos de la ciudad es la Catedral del Ártico.
Situada al otro lado del puente principal, su silueta triangular se ha convertido en uno de los símbolos de Tromsø.
Aunque técnicamente no es una catedral, el edificio destaca por su arquitectura moderna y por el enorme vitral que preside su fachada principal.
Desde el exterior recuerda casi a una montaña de hielo emergiendo junto al fiordo.
La vista desde los alrededores también permite contemplar uno de los elementos más característicos de la ciudad: el gran puente que conecta la isla con el continente.
Otra de las visitas imprescindibles es subir al monte Storsteinen utilizando el teleférico Fjellheisen.
En apenas unos minutos se gana altura suficiente para contemplar una de las panorámicas más espectaculares del norte de Noruega.
Desde arriba la ciudad aparece rodeada de agua, montañas y pequeños islotes que se extienden hasta donde alcanza la vista.
Es uno de esos lugares donde uno entiende perfectamente por qué tanta gente queda fascinada por los paisajes noruegos.
Nosotros tuvimos además la suerte de disfrutar de una meteorología excelente.
El cielo estaba prácticamente despejado y la visibilidad permitía contemplar kilómetros y kilómetros de montañas.
Tras varios días recorriendo zonas remotas del norte, Tromsø representaba también una pequeña vuelta a la civilización.
Era agradable pasear sin prisas, sentarse en una terraza, recorrer sus calles comerciales y observar la vida cotidiana de una ciudad que, pese a su ubicación extrema, funciona con absoluta normalidad.
Quizá esa sea una de las cosas que más nos sorprendieron.
Tromsø no da la sensación de ser un lugar aislado en el fin del mundo.
Más bien parece una ciudad moderna que, por casualidad, ha decidido instalarse en pleno Ártico.
Al día siguiente abandonaríamos Tromsø para dirigirnos hacia uno de los lugares más esperados del viaje.
Las islas Lofoten nos estaban esperando.