A pocos kilómetros de Cracovia, se encuentra el pueblo de Wieliczka, famoso por sus minas de sal, que llevan explotándose desde el siglo XIII. Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, las minas tienen una profundidad de más de 300 metros y una longitud de 300 kilómetros, aunque la visita turística se limita a un recorrido de dos horas. En él se desciende hasta los 135 metros de profundidad (más de 600 escalones) y se recorren unos 2 kilómetros entre galerías, cámaras y el lago salado. A lo largo de ellas encontramos varias estatuas de personajes de todo tipo, desde el rey Casimiro hasta el enano cuya barba decide el futuro de las jóvenes casaderas. También hay una galería dedicada a su primer turista: Nicolás Copérnico.
Todo, absolutamente todo (salvo las vigas de madera que sujetan los pasadizos), está hecho de sal. Para los incrédulos, basta con tocar una pared y llevarse el dedo a la boca. Incluso los candelabros, las esculturas y el suelo de la capilla de Santa Kinga fueron excavados y construidos por los mineros en las rocas de sal.
En la actualidad, casi un millón de turistas visitan estas minas cada año, más los que acuden al sanatorio en busca de una mejoría de sus problemas respiratorios gracias al microclima existente en su interior (temperatura constante de 15 grados centígrados).