De camino a Harar el paisaje va cambiando radicalmente, ahora es más seco, más árido y menos montañoso. Se empiezan a ver mujeres tapadas con velo, nos acercamos a la zona musulmana del País.
Llegamos a las cinco de la tarde, con el tiempo justo de dejar las maletas en el Hotel Belayne, no muy recomendable y salir a patear por la ciudad antes del anochecer. El hotel está situado al lado de la puerta Showa, una de las seis que dan acceso a la ciudad vieja amurallada, rodeado de los puestos del mercado cristiano.
El primer contacto con la ciudad es un poco descorazonador, la pobreza en los países pobres es si cabe aún más abrumadora en las ciudades. Unos cuantos críos, aspirantes a guía turísticos nos persigue por toda la ciudad. No nos atrevemos a introducirnos demasiado en el laberinto de callejuelas por temor a que se vaya la luz, así que caminamos alrededor de la puerta de Harar y regresamos al hotel para ducharnos antes de que corten el agua, a las diez de la noche; la escasez de agua es uno de los mayores problemas de la zona.

Puerta de Shoa, al lado del hotel Belayne
20 de octubre
Por el día la ciudad es fascinante, llena de puestos y mercados, laberintos de callejuelas estrechísimas en las que nos es imposible orientarnos, incluso nuestro guía Zewge tiene alguna dificultad y finalmente decide contratar los servicios de un guía local. Visitamos el mercado musulmán, dentro de la ciudad amurallada, y el cristiano, al lado de nuestro hotel.

Mercado cristiano

Mendigo en el mercado musulmán
Harar es un extraordinaro ejemplo de convivencia entre los dos principales grupos religiosos del país, cristianos y musulmanes, constituyendo este últimos el setenta y cinco por ciento de la población, y eso se nota en la arquitectura de sus casas tradicionales o “hararis”, con puertas y ventanas de madera tallada y muros blanqueados. Las paredes interiores están literalmente cubiertas con piezas de cerámica y cestería popular y los suelos llenos de alfombras, dispuestas en distintos niveles para diferenciar el lugar que debe ocupar cada miembro de la familia. Algunas de ellas se ofrecen como posadas a los viajeros, y son realmente recomendables.
Visita obligada es la casa de Arthur Rimbaud, un edificio imponente de madera y vidrieras de colores que alberga diversos objetos personales del poeta y unas fantásticas fotografías en blanco y negro de la ciudad a mediados del siglo XIX, tomadas por él mismo.

Otro de los valuartes de la ciudad es la muralla que rodea la ciudad vieja, a la que se puede acceder por cualquiera de sus seis puertas, conservadas en perfecto estado y las cuales se siguen cerrando al anochecer. En la zona sur, la de los herreros, al lado de la puerta de Buda, la pobreza es aún más patente, mucha gente vive en chabolas hechas de plásticos que apoyan contra la muralla.

Durante la visita a una de sus mezquitas más sagradas, dentro de las noventa y nueve con las que cuenta la ciudad, somos testigos presenciales de la llamada a la oración de los musulmanes. La gente es maravillosa, nos sonríe y trata de tomar contacto con nosotros.


Las mujeres ataviadas con sus coloridos vestidos y cubiertas con velos de llamativos colores, llevando sobre sus cabezas las típicas cestas o sacos de grano, son el aderezo perfecto de este pintoresco lugar.
Camino de la plaza principal está la calle Markina Girgir, llamada así por el sonido de las máquinas de coser de los numerosos hombres costureros y tejedores que trabajan en ella.

Compramos algunos objetos de artesanía en pequeños bazares perdidos en el laberinto de callejuelas, la mayoría están dentro de las propias casas de la gente sin ningún tipo de cartel o distintivo, imposible encontrarlas sin un guía.

Comimos en el Fresh Touch unas pizzas locales buenísimas, y por la tarde asistimos a una auténtica ceremonia del café en casa de una prima de nuestro cocinero Zelalem, en la que no podía faltar ninguno de los elementos necesarios en toda ceremonia de café que se precie, café, chat, sisha y buen rollo.
Al anochecer asistimos a uno de los espectáculos más fascinante e inusual de la ciudad, el ritual del hombre-hiena, que tiene lugar diariamente al lado de la puerta de Sanga entre las 19 y las 20 horas. Al contrario de lo que pueda parecer no es un espectáculo turístico, sino que viene realizándose desde finales del siglo XIX, para evitar que las hienas, al no encontrar comida en su hábitat natural, tuvieran la tentación de devorar a algún despistado. El protagonista del evento, un tal Mulugeta, llama a cada una de las hienas por su nombre, y las da de comer poniendo trozos de carne en un palo, al principio, y en su boca después. Es impresionante, porque las tienes realmente cerca, e incluso puedes probar a darles tú de comer… si te atreves.


Cenamos en un restaurante de comida tradicional, y regresamos al hotel antes del corte de agua para darnos una duchita, después de patear durante todo el día, estamos agotados.