Día 19: De Olveiroa a Muxía
(26.Septiembre.’14).

Esta noche sueño con Sara, con hacienda, con que me ponen una multa en el coche… Que agobio, me he pasado media noche cabreado. Me desvela un despertador sobre las seis de la mañana. No está bien poner un despertador en un sitio así donde dormimos tantos, una actitud algo egoísta pero bueno, tampoco me enfado por eso.
Pese a los malos sueños me noto descansado, he dormido profundamente y sin interrupciones.
Como de costumbre me voy a tomar un café, en un bar que hay junto al albergue y charlo un rato con la brasileña tan simpática que hay ahí. Me cuenta la historia de cómo una brasileña ha terminado en un aldea gallega de pocos habitantes sirviendo café y cervezas a peregrinos.
Al poco rato aparece David por la puerta, que hoy se dirigía a Finisterre, hablamos un rato y nos despedimos, me ha gustado conocerle.
Empiezo a caminar, es de noche, aunque no tardará mucho en amanecer. A la salida del pueblo me encuentro a un francés sin linterna, así que le ofrezco venir conmigo, que tengo mi linterna frontal en la cabeza. No le entiendo nada pero se le ve un hombre muy simpático y agradecido. Caminamos juntos hasta una bifurcación que hay a unos seis kilómetros en donde el camino se divide en dos rutas que llevan una a Finisterre y la otra hacia Muxía. Ya hay bastante luz y nos despedimos. Ya que cada uno va a un sitio.
Unos km después encuentro en medio del campo lo que parece ser una albergue a punto de inaugurarse y junto a este un balancín de tamaño sofá colgado de dos árboles. Me parece un sitio ideal para almorzar y para hacerme un purito antes de continuar.
Estoy bastante a gusto ahí, no recuerdo la última vez que me senté en un balancín. Pasan un par de peregrinas, creo que inglesas con las que he ido coincidiendo. Me saludan “Very good” me dicen sonriendo, por lo visto les hace gracia ver lo bien que estoy ahí balanceándome y almorzando.
Continúo… Noto que cambia el paisaje conforme voy acercándome a la costa, la cual no he visto aún. Hay mucho pino y ya no veo cuervos ni cigüeñas, si no gaviotas. De pronto tras unos pinos se ve a lo lejos un faro y la costa del atlántico.

En unos km más me encuentro en Muxia. Un pueblo pequeño con todos los servicios y bastante bonito. Estoy cansado… ha sido una etapa larga con pendientes. Tengo ganas de dejar la bolsa y hacerme una cerveza. Son las dos del mediodía.
Entro en el albergue público y me atiende un hombre. Empieza a explicarme cosas del pueblo y algunas historias, es simpático, pero lo único que quiero es dejar la mochila hacerme una cerveza y comer algo. El hombre, muy amable, continúa comiéndome la cabeza mientras yo empiezo a buscar la forma de cortarle pero finalmente se calla y me indica dónde están las literas.
Dejo la mochila sobre mi cama, me ducho, y me voy a buscar un sitio donde comer. Encuentro un bar cercano con un menú que parece decente. Estoy sediento y después de un tanque de cerveza como muy bien mientras veo el puerto de Muxia y el habitual desfile de peregrinos.

Después del café me voy a una terraza que tiene el albergue en la planta alta, buen sitio para hacerse un "cigarrillo". Estoy junto a un chico eslovaco muy simpático, Iván, y después me doy una siesta.
Me despierto sobre las 17:50, descansado y con ganas de dar una vuelta. Cruzo el paseo marítimo hasta el final del pueblo donde hay un santuario y empieza una subida hacia la cima de un pequeño monte que da una imagen muy característica a Muxia. Son unos cinco minutos por un camino muy cómodo.

Al llegar arriba me sorprende mucho la vista, no me esperaba que fuera tan bonita. Queda como una hora para que se ponga el sol. Me hago unas fotos, hablo un rato con una pareja muy simpática, de mediana edad, de estas a las que por algún motivo les despiertas algún tipo de sentimiento maternal. Y me siento entre unas piedras muy cómodas a disfrutar del momento. Con Muxía delante flaqueada por las dos costas de la pequeña península sobre la que está situada.
Al poco rato aparece un chico y se pone a hacer un montón de fotos. Le comento que por muchas fotos que haga es imposible representar ese lugar y ese momento en una imagen. Me dice que es fotógrafo y me señala una piedra para que me siente, que me va hacer la foto de mi vida. Cuando la veo he de admitir que me encanta esa foto y estaba equivocado, sí que es capaz de contener ese instante.

He vivido en muchos sitios, siempre junto a la costa del mediterráneo. He visto salir el sol por el mar, pero nunca ocultarse tras él. Quería esperarme a mañana en Finisterre para ver la puesta de sol. Reservarme esa experiencia para el final del camino, pero me quedó atrapado por la belleza de lo que tengo delante, es espectacular ver como se deforma el sol cuando se acerca al horizonte y como en cuestión de segundos va cambiando la iluminación y los colores del cielo, pasando por una amplia gama de tonos anaranjados y púrpuras. Me alegro de haber hecho caso a la recomendación que me hizo Mónica de pasar por Muxía al ir hacia Finisterre, un encanto de chica que conocí en la parte del camino que recorrí en Mayo.
Bajo del monte y me dirijo al albergue, de camino paso por un bar donde me pido una hamburguesa para llevar. Al llegar al albergue me siento en la mesa del comedor junto a unos españoles y ceno mientras conversamos un rato.
Cuando termino la cena me voy a la terraza donde estuve este mediodía. No hay nadie y está a oscuras. El cielo está despejado y lleno de estrellas, momento de hacerme un purito antes de dormir. Me pongo cómodo viendo un faro lejos que intermitentemente me proyecta su chorro de luz. Creo que es el que vi esta mañana en la ruta, pero no estoy seguro.
Al rato suben a la terraza las dos rubias inglesas con las que me he cruzado de vez en cuando y me saludan simpáticamente, son las que me han visto esta mañana en el balancín. Les devuelvo la sonrisa y se ponen a charlar mientras yo continúo con lo mío. Es en estos momentos cuando me planteó seriamente lo de aprender un idioma, pero se me pasa rápido… me da mucha pereza ponerme con el inglés. La verdad es que la experiencia sería perfecta si llegara a tener algún tipo romance por el camino, o mejor, algo de sexo improvisado y espontaneo… tal vez a la próxima… esta noche me tendré que conformar con los dulces ronquidos de mis compañeros peregrinos.
Se marchan y yo permanezco en el mismo lugar un rato más antes de irme a dormir.