Día 20: De Muxia a Finisterre
(27.Septiembre.’14).

Me despierto sobre las seis. Preparo mis cosas y salgo a la cafetería donde comí ayer a desayunar y a hacer algo de tiempo antes de empezar a caminar hacia el fin del mundo. Hoy toca la última etapa del camino. El fotógrafo canario que conocí ayer, el de “la foto de mi vida” se acerca y desayuna conmigo mientras charlamos.
Salgo fuera a fumarme un cigarrillo antes de empezar a caminar y me encuentro a un hombre que estaba ayer en la mesa del comedor del albergue cuando cené. Creí que era parte de una familia que estaba cenando ahí, pero no es así, va solo. Tiene unos 55 años y lleva tres meses dando vueltas por España en bicicleta, me comenta que ahora está haciendo “La ruta de los faros” que recorre parte de la costa Atlántica, me enseña un plano con los puntos que va visitando y los que le quedan.
No había oído hablar de ella. También me dice que normalmente duerme en la calle aunque una vez a la semana suele dormir en un albergue para descansar y asearse bien. Dice que la ilusión de su vida era hacer algo como esto, que tiene pensado tirarse así unos años, y que sabe que si no lo hace ahora ya no podrá hacerlo nunca. Me parece un tipo interesante y noto tristeza en su ojos… supongo que como todos tendrá sus motivos para este viaje. Admiro que esté haciendo exactamente lo que le apetece y necesita, a pesar de la edad y de dejar atrás una vida que sospecho, no es muy completa. Nos damos la mano, me despido de él y empiezo a caminar.

Es un poco más tarde que mi hora habitual de salir y amanece enseguida. Soy consciente de que es la última etapa y eso me da cierta tristeza. Me ha sabido a poco… a la próxima tienen que ser más días. Creía que esta etapa sería casi toda por la costa, pero no es así.

El camino me lleva de nuevo al interior y me encuentro con alguna pendiente ascendente aunque no muy dura.
Es una etapa curiosa porque hay gente que prefiere ir a Finisterre y luego a Muxia, otros como yo, al contrario, y durante la ruta te encuentras con peregrinos que hacen su último día de ruta marchando en los dos sentidos.

El sol empieza a pegar fuerte. La ruta es similar a la de los últimos días aunque pasando por algo menos de carretera que se alterna con bosques de pinos y helechos. Al rato empiezo a escuchar el mar, aunque tardo algunos minutos más en poder verlo, y finalmente empieza a verse alguna urbanización y al fondo lo que creo que ya es Finisterre.

Al llegar veo que es un pueblo típico pesquero adaptado al turismo… en cierto modo me recuerda a Calpe en la provincia de Alicante.
Encuentro el albergue municipal, en el que tengo que esperar en una cola del mostrador unos 40 minutos para poder registrarme. Utilizan la misma cola para hospedarse en el albergue y entregar la Fisterrana, que acredita el final del camino en ese punto. Cuando por fin me dan la cama, me pego una ducha y me voy a comer en un restaurante que hay en el puerto, me lo recomendó el hospitalero de Santiago del albergue donde me hospedé, Manuel. Que casualmente me lo encuentro sentado en el restaurante junto a un pequeño grupo, lo saludo, y también saludo a la pareja tan maternal que me encontré en el monte de Muxia. Como bien. Luego me voy al albergue a pegarme una siesta.

Sobre las 18:00 me despierto y me tomo un café en una cafetería cercana. Me compro algo en una tienda para prepararme un bocadillo en el albergue y subírmelo luego al faro, donde es realmente el final del camino para ver la puesta de sol como es tradicional. No suelo hacer mucho caso de las tradiciones pero esta me gusta.
Empiezo a caminar. El faro se encuentra a 3,5 Km del pueblo subiendo por una carretera. Se tardará un rato en llegar. Me cruzo con algún peregrino conocido y empiezo a ver el faro… mucho más grande de lo que me esperaba y con poca forma de faro. Creo que tiene un museo dentro, pero paso de eso. Todavía es de día y no emite ninguna luz.

Veo un pilón de los de lo que tienen una concha y te van indicando la ruta a lo largo de todo el el Camino de Santiago, es el que indica el KM 0. La gente se fotografía junto a él, yo sigo caminando esperando llegar al auténtico final, en el que ya no pueda continuar. Me ha gustado que los últimos km del camino se hagan por la tarde después del albergue, subes animado y descansado. Después de comer y una siesta… a terminar el día.
Por algún motivo, conforme te acercas al final, mis pensamientos empiezan a acelerarse. Te sugestionas y dejas que te embarguen sensaciones que habitualmente no suelo tener.
Continúo caminando y tras el faro veo una torre llena de restos de ropa, mantas y trastos… creo que es el sustituto de la hoguera que se hacía antes ahí para seguir la tradición de quemar algo que habías llevado durante todo el camino, tradición que acabó prohibiéndose por lo que me han contado… a mí lo que me parece es un montón de basura.
Llego a donde termina el camino y empiezan unas rocas que van descendiendo hasta llevarte al mar. La gente empieza a acomodarse por la zona. Yo hago lo mismo y avanzo hasta que veo unas que parecen cómodas y me siento en ellas, sin nadie delante de mí.


A mi alrededor veo restos de hogueras, cruces hechas con ramas y algún recuerdo dejado por los peregrinos que han ido pasando por aquí. Por delante de mí más de 180º de océano Atlántico, inmenso e imponente golpeando contra las rocas que tengo por debajo mientras el sol se va acercando al horizonte reflejando en el agua un haz de luz anaranjada hacia donde estoy.

Divago pensando que cada uno tiene su propio haz de luz anaranjada y cosas de este tipo.
Todavía queda bastante para el ocaso, no hace nada de frío y el cielo está claro. Me hago un "cigarrillo" y me acomodo bien.
Oigo algo de gente mezclada con el ruido de las olas, pero al mismo tiempo hay mucho silencio… Hay gente, pero al mismo tiempo da la sensación de que todos estamos solos, cada uno a lo suyo. Todos están en un estado similar al mío. Hay mucha sensación de empatía y comunión… es algo extraño pero agradable.
Es inevitable que el momento te posea. Una mezcla de sensaciones: Relajado, tranquilo, reflexivo, satisfecho pero triste por haber acabado el camino… recordando el esfuerzo que he hecho, los dolores, el tener que abandonar en Palas de Rey hace unos meses y lo mal que lo pasé en aquellos días. Tengo la sensación de que llevo caminando desde entonces, y que todo lo que me ha pasado desde que empecé en Mayo hasta ahora en Septiembre forman parte del mismo camino, como si nunca lo hubiera abandonado. También recuerdo la cantidad de gente que he conocido en él, y lo que he aprendido con sus experiencias. El apoyo y cariño que he recibido de algunos desconocidos con los que, sin embargo, te sentías como si los conocieras desde siempre, y a los que nunca volveré a ver.
Pienso en los nuevos proyectos y pequeños sueños que me planteo. Con la sensación de que acaba una época y empieza otra… Pero por mucho que pueda decir no soy capaz de explicar exactamente lo que sentía.
Se me humedecen los ojos, lloro un poco… Pienso en los motivos que me llevaron a hacer el camino, mi curiosidad, mis cosas pendientes, mis angustias…sé que sobre todo estoy aquí por Sara… para intentar olvidarla de una vez.
Ojalá esto de los rituales y símbolos sirviera de algo y se la llevara el sol tras el horizonte para siempre. O que sus recuerdos se quemaran en una de las pequeñas hogueras improvisadas que tengo alrededor. Estaría bien que fuera así de fácil, demasiadas lágrimas y pensamientos le he dedicado ya. Que ganas tengo de que me sea indiferente pensar en ella, de que termine de agonizar en mí la vida que tuvimos juntos. Es hora de continuar con mi vida sin estas mierdas, y este sería un buen momento.

También he hecho un descubrimiento importante, lo que significa viajar sólo y con lo mínimo. Lo sencillo y gratificante que es… me he acostumbrado al baño continuo de “presente” que sientes cuando cada kilómetro cambias el escenario que tienes delante con cada aldea nueva y cada persona con la que te vas cruzando. Ver que todo es diferente a cada instante hace que el pasado y el futuro, que tanto nos obsesiona a veces, sea más insignificante que nunca… y lo único que queda eres tú y ese momento, y aquello con lo que quieras pensar.
Con estas cosas estaba cuando de repente subiendo por mi izquierda aparece un hombrecillo de unos 50 años, italiano. Con el rostro iluminado y feliz -“¡Belisimo esto!” – me dice. No sabe nada de español, pero nos entendemos bien. Me habla sobre lo imposible de explicar esto a otra persona, las sensaciones que se tienen… y lo personal que es el camino para cada uno. Me comenta que cuando pasaba por las iglesias o diferentes sitios del camino intentaba imaginarse la cantidad de peregrinos que habían pasado por ese mismo punto desde hace miles de años, sobre los motivos y problemas que les habría empujado a ello. Se sienta a pocos metros de mí a terminar de ver la puesta de sol, de la que ya quedan pocos minutos. Todo el mundo está en silencio. Hay una fina neblina en el horizonte, suficiente para que no se pueda ver el sol en “contacto” con el mar, pero no le resta belleza. La de ayer puede que fuera más bonita, pero la de hoy, con diferencia, tiene un poderoso componente emocional.
El sol ya ha desaparecido, solo quedan las nubes coloreadas por encima oscureciéndose lentamente. No tengo ganas de irme aun, no sé el tiempo que llevo pero estoy muy bien.
Ya queda poca luz, tengo que tener cuidado porque tengo que ver lo suficiente como para poder subir las rocas. Miro atrás para ver la iluminación que hay. Puedo aguantar un rato más. El resto de gente está igual, no se mueve nadie y me doy cuenta de que el faro está encendido. Nunca he visto un faro encendido tan de cerca. El chorro de luz se puede ver tan claro que casi parece sólido. Me parece un edificio hermoso, más que una catedral.
Continúo un rato más, Tito, que así se llama el hombre que tengo al lado, se marcha, nos damos la mano y nos despedimos.
Por todo el camino hay infinidad de momentos así, en los que por un instante tienes una conexión con alguien, realmente no hace falta ni saber el nombre, ni pasarse los teléfonos ni nada… está bien así… es como humanidad en estado puro reducida a su mínima expresión. Es bonito, no es el tipo de relaciones que se tienen habitualmente.
Ya es hora de marcharse. Subo las rocas y me alejo… girándome de vez en cuando a mirar el faro, deshaciendo el camino que hice para subir.

Es absurdo, pero no caí en que si tengo que subir por una carretera a ver la puesta de sol, luego cuando tenga que volver no tendré luz, y no me he traído la linterna.
Empiezo a bajar por el arcén de la carretera totalmente a oscuras, con mucha precaución con los coches que bajan. Detrás de mi va un chico de unos 40 años con el pelo largo, le pregunto si tiene linterna, me dice que no, nos juntamos y bajamos el camino charlando. Es un chileno algo loco que se llama Cristian, ha estado 32 días en el camino y está encantado, comentamos las cosas que vivimos y nos reímos un rato hasta que llego a mi albergue, el está en otro privado.
Me he bajado con el bocadillo con el que me había subido, no he podido comer allí arriba tanto darle vueltas a la cabeza. Así que junto al puerto, que está próximo al albergue, me siento en un banco y me hago el bocadillo y un "cigarrillo". Hay gente cenando en los restaurantes detrás de mí, pero me da igual, los ignoro completamente…
Pienso en el ritual ese de quemar algo que hayas llevado todo el peregrinaje encima una vez llegas al final del camino…Me apetece seguirlo aunque lo de quemar algo por aquí está difícil. No hay hoguera pero veo que cerca hay un contenedor de basura. Llevo puesta una chaqueta cortavientos que había llevado durante todo el camino por las mañanas, es un regalo de Sara y me la ponía normalmente cuando ella y yo salíamos a hacer alguna ruta de senderismo por algún sitio…
La tiro al contenedor y me voy a dormir.