Día 18: De Negreira a Olveiroa
(25.Septiembre.’14).

Me despierto por la madrugada, estoy desvelado y nadie se ha despertado todavía. Calculo que serán sobre las cinco de la mañana pero tengo el móvil sin batería y no lo puedo comprobar… podrían ser las tres. Me preparo el desayuno en el comedor y salgo, totalmente de noche. Orión está muy alto, creo que es el día en el que más pronto he salido.
Nada más salir del albergue me pongo el frontal en la cabeza y cojo un sendero bastante cómodo, rodeado de bosque, viendo solo hasta donde alcanza la luz, que no es mucho. De vez en cuando veo unos ojitos brillantes a lo lejos de algún animal pequeño. Se oyen algunos pájaros y de vez en cuando alguna bellota caer al suelo… nada más. Me llama mucho la atención lo fuerte que se escucha a veces el silencio.
Apago la luz y me siento en un tocón de un árbol muerto frente a un prado. Me quedo ahí un buen rato, sólo veo la silueta oscura de los árboles y el cielo lleno de estrellas…es genial. Me parece curioso que algo tan simple pueda ser tan gratificante. Y aunque es pronto me hago un "cigarrillo" tranquilamente ahí sentado.
Continúo el camino y como sospechaba tarda bastante en amanecer. Me tomo un café con leche en la primera cafetería que me encuentro, a unos trece kilómetros y continúo el camino, que a estas alturas de la ruta me empieza a parecer bastante monótono… los típicos cultivos de maíz y vacas. Caminando por una carretera casi todo el rato. Una carretera muy estrecha, de doble sentido y sin arcenes. Me sorprende el riesgo que pasamos los peregrinos ya que los coches pasan rozando y hay muchas curvas sin visibilidad que a veces tenemos que cruzar bastante rápido.
Tras 33 km de ruta llegó a Olveiroa. Una aldea llena de orrios y con dos albergues, un bar y un restaurante. Voy al albergue municipal, atravesando el pueblo. Luego me doy cuenta de que está al lado de una granja de vacas y por dentro el albergue está lleno de moscas. Voy a darme una ducha. Hay una ventanilla dentro de la ducha que da a un merendero con mesas y taburetes junto al albergue. Ahí se encuentra sola una chica guapísima con la que me he cruzado por el camino estos días. No sé de dónde será: pelirroja, ojos verdes enormes, de unos 25 años… Está en sujetador tomando el sol y mirándose los pies, está preciosa. Ya la tanteé ayer, pero no habla nada de español y no soy lo suficientemente guapo como para apañarme con signos y sonrisas.

Tras la ducha como en un restaurante cercano que me ha recomendado un peregrino, un menú buenísimo. Luego me tumbo un rato en el lugar en el que estaba antes la chica. Ella está cerca, hay un francés golfeándola un poco pero se la ve agobiada y se marcha, así que el francés se conforma conversando conmigo un rato, un buen tío. Hace un día primaveral y también tomo un poco el sol… ahora me encuentro solo en este sitio, donde estoy muy tranquilo. Me relajo bastante y me entra algo de sueño, así que me dirijo a la cama a ver si pego una siesta… pero las moscas me lo impiden. Salgo y me voy a dar una vuelta por el pueblo, que son solo dos calles. No hay casi nadie por ahí. Al acercarme al otro albergue veo que la terraza está llena de peregrinos extranjeros. Me sorprende que los españoles seamos una minoría tan pequeña.
Ahí me encuentro a un señor que conocí ayer en el albergue, de estos que se han recorrido un montón de veces todos los caminos de Santiago. Tenemos una conversación algo aburrida sobre la vida del propietario del albergue privado que no me interesa nada.
Voy al bar que hay junto al albergue a tomarme una caña y a escribir, serán las 18:00 aproximadamente. Viene David, el andaluz que conocí ayer en el albergue de Negreira, y se toma algo en una mesa cercana. Empezamos a charlar, me cae bien y es un tío gracioso, nos reímos un rato.
Sobre las ocho me voy al merendero que hay junto al albergue, donde estuve este mediodía y ceno un trozo de pan con unos chorizos que tenía en la mochila.
Se empieza a hacer de noche y me encuentro bien ahí donde estoy. Toca hacerse el "cigarrillo" de antes de dormir mientras pienso en mis cosas. Veo que se acerca de nuevo David, que se había ido a cenar a algún sitio, y continuamos charlando… sobre las experiencias y lo que buscamos cada uno en el camino. Dice que es la 5ª vez que lo hace. Tiene mi edad, lo hizo por primera vez a los 18 años… eso es hace mucho ya… entonces esto le parecía muy raro a la gente según me comenta. – ¿Cómo te vas a ir solo por ahí 30 días? – le decían. Recuerda que al terminar ese camino no sabía bien cómo explicarle a sus amigos, para que lo entendiesen, que había hecho el viaje de su vida, caminando solo treinta días por ahí.
Una pena que mañana lo pierda de vista. Él irá directamente a Finisterre y yo hacia Muxía. Me ha caído bien.
Se marcha y yo me quedo ahí sentado unos minutos más antes de acostarme. Mañana veré el Atlántico por primera vez y será el penúltimo día de ruta.