Desayuno patético en el hotel para disfrutar una mañana en la playa pública del centro de Gulf Shores, bajo un calor sofocante.
Al mediodía almorzamos una muzza en Pizza Hut y salimos de nuevo a la ruta. Tomamos la 10 camino a New Orleans.
Más o menos a la altura de Mobile se desató otra tormenta impresionante, por lo que tuvimos que reducir la velocidad a paso de hombre y se formó una larga caravana de autos que, ordenadamente, avanzaban con precaución a través de esa cortina de agua (en este punto del viaje, nos dimos cuenta de que en el equipaje nos faltó alguna capa de lluvia).
Cuando estábamos entrando en New Orleans comenzó a despejarse y, para cuando nos instalamos en el hotel Inn on St. Peter del French Quarter, ya había salido el sol (así fueron todas las tormentas, no tuvimos ni un día de lluvia completo). La posada es un antiguo edificio de época reciclado, muy cómodo, bien ubicado cerca del estacionamiento, sin desayuno, viernes y sábado U$ 140 y demás días U$ 75.
Estábamos en New Orleans, uno de los principales puntos de interés de nuestro viaje.
Al entrar a la ciudad nos llamaron la atención los barrios cercados que aún permanecen destruidos por el huracán Katrina y la vista del Mercedes Benz Superdome que funcionó como refugio de cientos de evacuados.
Una recomendación: si llegás en auto al French Quarter es casi obligatorio dejarlo en un estacionamiento durante toda tu estadía (u$s 40 por día) ya que las calles son muy estrechas y todos los paseos se hacen a pie, en pedicab (taxis a pedal) o, para aquellos que quieran pagarlo, en un carro tirado por caballos.
Esa misma noche salimos a caminar por la Bourbon Street, a unas pocas cuadras de nuestro hotel. A pesar de que no estuvimos en fechas cercanas al Mardi Gras, se respiraba un ambiente de locura y carnaval constante. Cientos de paseantes con cervezas en vasos de tamaños desproporcionados (“Big Ass Beer”, rezaba su inscripción) revoleando collares desde los balcones y demandando a las señoritas que muestren sus delanteras (cosa que muchas de ellas, sin importar edad o tamaño, hacían).
Caminamos aproximadamente diez cuadras con la luna sobre Bourbon Street
Luego llegamos hasta Frenchmen Street porque queríamos escuchar al legendario pianista de jazz Ellis Marsalis en Snug Harbor. La entrada era bastante cara, y pudimos comer allí mismo unas hamburguesas caseras con papas rústicas espectaculares.
Mientras nos acercábamos nos fue guiando la música de una brass band que tocaba en una esquina, se trataba de una banda de adolescentes de una escuela que recaudaba fondos para sus actividades comunitarias de esa manera. Al parecer, así como en Sudamérica los niños nacen con una pelota bajo el brazo, en New Orleans lo hacen con algún instrumento de viento.
Esa misma noche estuvimos entrando y saliendo de todos los locales de jazz de la Frenchmen (Spotted Cat, Three Muses, Blue Nile y d/b/a). Algunos de ellos tienen acceso gratis y algunos cobran una consumición, otros directamente cobran una entrada pero en todos piden alguna identificación para acreditar que se es mayor de 21 años (por lo cual nos sentimos particularmente halagados, ya que al día siguiente quien escribe cumplía sus 40).
[/img]Otro punto de interés de la Frenchmen St. es la imponente disquería Lousiana Music Factory: no solo se puede encontrar toda la música que alguna vez sonó o se produjo en esa ciudad musical por excelencia (jazz, blues, bluegrass, cajun, southern rock, etc.) sino que también hay vinilos de todas las épocas, libros, y un puesto de la WWOZ, la estación de radio de New Orleans, donde podés enterarte de todos los toques, zapadas, recitales y actividades de cada día. Como estaba cerrando en el momento en que llegamos, volvimos con más tiempo en los días siguientes.
Regresamos caminando al hotel tarde a la noche por las calles del French Quarter, esquivando borrachines sin ningún sobresalto.















