Primer desayuno memorable en
Maison Madeleine, bien cargado con salchichas, salsas, mermeladas y siropes,
biscuits, huevos, etc.
Quedamos listos para hacer una recorrida que planificamos esa misma mañana (la que llevábamos era demasiado exigente en cuanto a distancias y, según Madeleine los lugares no estarían abiertos en esos horarios). En la posada había unas prolijas carpetitas con todas las sugerencias, teléfonos y recomendaciones necesarias para reprogramar itinerarios de acuerdo al momento del año o del día en que uno haga los paseos (un lujo).
Lo primero que hicimos fue visitar el pueblo cercano de
Breaux-Bridge (“Capital nacional del Crawfish”, es decir, del cangrejo de río) para tomar unas fotos con el sol mañanero. Resultó un lugar encantador, lleno de casas de anticuarios y barcitos (el muy recomendado
Café des Amis, que los domingos por la mañana ofrece desayunos con baile
cajun y
zydeco aunque lamentablemente no lo pudimos disfrutar) y el pintoresco puente que le da nombre.
Desde allí, volvimos a tomar la ruta por la que habíamos llegado el día anterior (la 31) y nos detuvimos en
Longfellow-Evangeline State Historic Site, un parque que ofrece el recorrido por una antigua plantación creole.
Además se pueden recorrer reconstrucciones de cabañas
cajun. Allí nos encontramos con un guía, que parecía estar esperándonos a nosotros, los únicos visitantes en ese sofocante calor. Con él nos enfrascamos en una interesantísima conversación sobre historia, política y religión, gracias a la cual pudimos al fin entender la diferencia entre los llamados
creoles (franceses criollos, que adquirían grandes extensiones de tierra y explotaban principalmente caña de azúcar con mano de obra esclava) y los acadianos (o
cajun, como les dice despectivamente el resto de los estadounidenses). Los Acadianos fueron colonos que originalmente se habían instalado en Canadá, pero que luego de que las tierras pasaran a manos de Gran Bretaña, tuvieron que migrar a la única porción francesa en suelo americano: Louisiana. El problema fue que las tierras más productivas ya estaban en manos de grandes propietarios, por lo que les tocaron las zonas inundables o pantanosas. De todas formas, estos Acadianos se las ingeniaron para continuar con la explotación familiar de sus pequeñas parcelas y con su modo de vida amante de la música, la buena comida y bebida, la vida familiar y comunitaria. Estas tradiciones les ganaron el mote de “incultos”, “poco refinados” o “indolentes”, ya que se negaban a sacar de sus propiedades mucho más que lo necesario para su subsistencia, no empleando esclavos. Nuestro guía se reivindicaba orgulloso
cajun, acadiano antes que estadounidense, y así nos lo comunicó con una amable sonrisa. Luego de esa iluminadora charla, nos sacamos esta foto en la cabaña
cajun.
Retomamos la ruta 31, camino a Jefferson Island. El atractivo allí es la residencia y los jardines de un actor del siglo pasado, llamados
Rip Van Winkle Gardens. Paseamos por los jardines (la parte pública) y obviamos los tours pagos por el jardín botánico y por el interior de la casa (20 U$ aprox.)
La siguiente parada fue Avery Island, donde se ubica la fábrica de la famosa salsa
Tabasco. Al llegar nos encontramos con una disyuntiva existencial: asistir al último tour guiado del día por la fábrica o entrar al gift shop (ambas cosas cierran muy temprano, a las 16 hs.)
No lo dudamos, compramos a lo loco todo tipo de boludeces con el logotipo de la salsa Tabasco y nos llevamos un enorme tarro de mayonesa de regalo.
Este día estábamos más preparados y manejamos rapidito para llegar a tiempo a la “cena show” de
Prejean´s. A las 18:30 ya estábamos cenando y escuchando música cajun en un lugar de película: manteles a cuadros blancos y rojos, decoración muy kitsch que simulaba un pantano y un guiso de crawfish y camarones que había que saber digerir.
Pero nuestra noche no podía terminar a las 19 hs.
Teníamos el dato de Madeleine de que habría una velada de improvisación de músicos locales y baile
cajun en el
Blue Moon Saloon de Lafayette. Manejamos hasta allí, pero... ¡llegamos demasiado temprano! Luego de averiguar con el muchacho que atiende el hostel Blue Moon, en el cual está el salón, nos fuimos a tomar un helado (horrendo) en las cercanías para hacer tiempo.
A eso de las 10 vimos como tímidamente comenzaban a entrar personas con instrumentos musicales y público en general con sus reglamentarias botas altas. Entramos pudorosamente en ojotas para sorprendernos por la bienvenida que nos esperaba. Ni bien pusimos un pie en el salón, se nos acercó gente preguntando si éramos los sudamericanos que habían venido a preguntar más temprano. Pasamos la velada tomando cerveza
Abita (marca del lugar), charlando con locales y turistas (mayormente franceses), ansiosos por practicar su español o curiosos por conocer nuestro viaje. Hacía aproximadamente 25 años que no me sacaban formalmente a bailar, pero un buenmozo de unos 75 años, pidiendo respetuosamente permiso a mi marido, lo hizo. Bailé una especie de polca y un vals. Disfrutamos hasta tarde de la buena música, la charla y la cerveza. Otra experiencia para recomendar.
Regreso a oscuras hacia el Lago Martin y a descansar.