Madrid-Dublín, con Ryanair, salida a las 18h30 (42 €). Ha sido mi primer vuelo con esta compañía y enseguida te das cuenta de que estás volando en una de las de bajo coste, las revistas son prestadas, los asientos sin numerar, cada uno se sienta donde quiere, los espacios mínimos (yo tuve la suerte de coger un asiento junto a una de las salidas de emergencia y allí sí se pueden estirar las piernas), pero salió casi a su hora y, por supuesto sin incidentes.
Al llegar al aeropuerto tomé el Aircoach, el autobús que tenía previsto utilizar para llegar hasta mi destino para esa noche: El Trinity Collegge, donde tenía reservada habitación para dos días (139,20€). Casi me dejan en tierra (después de haber pagado los 7 eurazos) por entretenerme a fumar un pitillo. La sensación es un poco como de gitaneo, como si se tratara de algo casi ilegal, en paralelo a los servicios de transporte público convencionales, pero el autobús es grande y nuevo. Sólo tuve que pasar una parada (O´Connell Street) y ya me encontraba a las mismas puertas de mi destino.
Durante el trayecto observé, asombrada, que las casas a los lados de la calle, en su mayoría de dos alturas, no tenían rejas en las ventanas de la planta baja, tan sólo el cristal y los visillos separan el hogar de los dublineses de la calle. Viniendo de España, donde en cualquier unifamiliar, planta baja e incluso primeros, urbanos o rurales, las rejas son imprescindibles para garantizar, al menos en parte, la seguridad, me pareció una muestra extraordinaria de confianza.
En recepción me atendió una chica muy amable, que hablaba español, junto con otra viajera (de apellido Fernández) que llegó conmigo. Juntas nos fuimos, mapa en mano, a la búsqueda de nuestras respectivas “casas”.
El alojamiento en el Trinity era justo como me lo imaginaba: un miniapartamento de estudiante, encima de dos tramos de escaleras estrechas y ajadas, pero limpio, con un pequeño cuarto de baño con ducha, cama nido, mesa de estudio y butaca con mesita. Por supuesto, no faltaban los sempiternos útiles para tomar el té. En el rellano estaba el cuartito de la lavadora, con microondas y los ingredientes para preparar infusiones.
Desde el primer momento, la situación del alojamiento se manifestó como un verdadero acierto. Ya la primera noche salí a buscar la cena y me encontré inmersa en el ambiente de Temple Bar. No llovía y pude disfrutar de un paseo muy agradable, fotografiando el puente Ha´penny iluminado y tomando mi primera Guiness, en Farrington´s, escuchando a un chaval que tocaba la guitarra y cantaba temas de Neil Young.

