El día amanece nublado hoy en Dublín. Desayunamos en nuestra habitación del Staycity Dublin City Quay con el café, el té y la leche de cortesía, más las galletas que compramos ayer en el Lidl, y salimos para continuar explorando la ciudad.

El río Liffey a primera hora de la mañana
Cruzamos el río Liffey por el puente Talbot Memorial, que es el más próximo a nuestro hotel. Justo enfrente, en la otra orilla, está el conjunto escultórico The Famine Memorial. Este monumento de 1997 se erigió en conmemoración de los dos millones de personas que tuvieron que emigrar y el otro millón y medio que murió en Irlanda durante la hambruna de 1845 a 1849. El conjunto resulta bastante escalofriante, sobre todo cuando te fijas en los rostros de horror y sufrimiento que muestran las estatuas. En Toronto hay otro grupo escultórico similar a este, que recuerda a los emigrantes irlandeses que consiguieron llegar a las costas de Canadá.


The Famine Memorial
La Gran Hambruna fue una terrible tragedia en la historia de Irlanda. En el S. XIX era muy común que los jornaleros arrendaran las tierras de sus señores pagando con su trabajo, y obteniendo apenas una pequeña cosecha de patatas, que era el sustento de su economía y de su alimentación. En 1845 sobrevino una plaga conocida como “enfermedad de la patata”, que arrasó todos los cultivos, dejando a un tercio de la población en la inanición y en la pobreza más absoluta. Más de un millón de personas murieron de hambre, y otros dos millones decidieron emigrar, con lo que la población irlandesa disminuyó drásticamente.
Casi toda la emigración se dirigió en barcos hacia las costas de Canadá, o bien de Estados Unidos. Estos barcos eran conocidos como “barcos ataúd”, ya que estaban compartimentados en diminutos camarotes donde la gente viajaba hacinada. Muchos morían durante la travesía debido a las pésimas condiciones de salubridad y al hacinamiento, que propiciaban el contagio de enfermedades.
Caminando un poco hacia el este por la orilla del río Liffey, a 250 metros del Famine Memorial hay una réplica exacta del Jeanie Johnston, uno de estos “barcos ataúd”, cuyo interior se puede visitar por 15 €.

Jeanie Johnston
Seguimos un poco más adelante hasta llegar al puente de Samuel Beckett... inconfundible diseño de Calatrava. Es el segundo de los dos puentes que este arquitecto ha construido en Dublín. Dicen que para su diseño se inspiró en el arpa celta, instrumento musical que es símbolo de Irlanda.

Puente de Samuel Beckett
A estas horas de la mañana empiezan a desaparecer las nubes y comenzamos a ver los primeros trocitos de cielo azul. La temperatura es ideal para ir en manga corta sin pasar nada de calor. Deshacemos nuestros pasos y vamos ahora otra vez hacia el centro, pasando por delante del imponente edificio llamado The Custom House (Casa de Aduanas), con su característica cúpula de bronce verde. Se encuentra situado a orillas del río y fue construido en estilo neoclásico a finales del S. XVIII. Actualmente es sede de un ministerio. No hice ninguna foto del edificio completo, así que voy a tomar prestada aquí una vista de Google Maps.

The Custom House (imagen tomada de Street View)
Seguimos hacia O’Connell Street. Esta amplia avenida de aceras anchas, que debe su nombre al libertador de Irlanda, es una calle muy comercial y una de las más importantes de Dublín. En ella encontramos varias estatuas, entre ellas una de James Joyce y otra del propio Daniel O’Connell. También hay una gran aguja de 120 metros de altura, The Spire, que se levantó en 2003 en el lugar donde se encontraba otro monumento que fue destruido en un ataque terrorista.

James Joyce

Mimetizándonos con The Spire
En la esquina de O’Connell con N. Earl Street nos tropezamos con una curiosa instalación que ha sido colocada hace escasos dos meses. Se trata del Dublin Portal, una gran pantalla circular conectada con otra igual que está instalada en Nueva York junto al edificio Flatiron. Desde Dublín vemos la gente que pasa por delante de la pantalla de Nueva York, y ellos nos ven a nosotros. En Nueva York ahora mismo es muy temprano; pasa poca gente, muchos con cara de sueño… seguramente van a trabajar y no se detienen a interactuar con la pantalla. Pero en Dublín es mediodía y hay un montón de personas haciendo aspavientos con los brazos delante de la pantalla para intentar captar la atención de los neoyorkinos. Cada vez que alguno se para a responder al saludo, aumentan los aspavientos y comienzan las risas. Resulta muy divertido cuando un chico de aspecto oriental muy bien trajeado se detiene ante la pantalla de Nueva York con gesto sorprendido, tratando de entender quiénes son y dónde están esas decenas de personas que le saludan desde una pantalla.


Dublin Portal
Deambulamos un rato por los alrededores de O’Connell y luego avanzamos en paralelo al río hacia el oeste, por calles en las que se repite el mismo patrón de edificaciones de ladrillo rojo de estilo victoriano.

Henry Street

Mercadillo de frutas en Moore Street
Pasamos junto al bonito edificio que fue sede del periódico The Independent, en Middle Abbey Street.

The Independent y el tranvía
Cruzamos nuevamente a la orilla sur del río para ver de cerca el precioso edificio de Sunlight Chambers, en la esquina de Essex Quay con Parliament Street. Este edificio se construyó en 1900 como sede de Port Sunligh, la marca de jabones que ideó su fabricación a partir de aceites vegetales en lugar de sebo de origen animal. Los frisos decorativos de la fachada representan la historia de los hermanos Level, fundadores de la empresa. El edificio quiso destacar marcando una diferencia de estilo dentro de un entorno repleto de arquitectura victoriana y georgiana.

Sunlight Chambers
Seguimos avanzando hacia el oeste hasta llegar a The Brazen Head, el pub más antiguo de Irlanda. Su fundación está fechada en el año 1198. Como ya va siendo hora de comer, pensamos tomar algo aquí y así de paso lo vemos por dentro.


The Brazen Head
Atravesando el zaguán de entrada se accede a un patio muy decorado y festivalero, donde hay varias mesas para consumir al aire libre. El ambiente es agradable, pero miramos los precios de la carta que tienen expuesta fuera y se nos pasa un poco el hambre de repente. Decidimos que, ya que hemos llegado hasta allí, vamos a tomar aunque solo sea algo de beber. Tengo antojo de probar el auténtico café irlandés de Irlanda, que vemos en la carta que son 7 €… Somos conscientes de que sería más adecuado como postre que como aperitivo, pero no nos importa; nos apetece. Venga, pedimos dos… Uno para el Mortadelo y otro para mí. Al Niño no le apetece.

Extracto de la carta de The Brazen Head
Mientras que el Mortadelo y el Niño cogen mesa en el patio, yo entro a pedir las dos copas de café irlandés. Me las preparan con todo esmero y, cuando voy a pagar, me dicen que son 21 euros… ¿Cómooooo? Digo que en la carta pone 7 € y me dice que no, que el 7 es el código de los alérgenos, que el café irlandés cuesta 10,50 €.
Me quedo turulata pero ya no tiene remedio. Soy tonta y no me he fijado bien en que no ponía € detrás del 7… pero tal vez ellos también tienen su parte de culpa por omitir el precio del Irish Coffee e inducir a engaño. En fin… Menos mal que, por lo menos, estaba bastante bueno. En su punto de dulzura y de alcohol, para nuestro gusto.

Las copas del delito
Sigue siendo la hora de comer y el café irlandés nos ha vuelto a abrir el apetito. He leído recomendaciones acerca de una cadena de hamburgueserías llamada Bunsen, que es más barata que la media de los restaurantes de Dublín, así que volvemos hacia el centro, a una que está justo enfrente del pub The Temple Bar. Anoche vimos la zona iluminada y ahora la vemos con luz de día.


El barrio de Temple Bar, de día

Preciosas vallas de obra. Detrás, el pub The Temple Bar
Las hamburguesas del Bunsen son pequeñas, sin nada destacable, y bastante rácanas de ingredientes. Está claro por qué este lugar es más barato que cualquier otro sitio. Hemos comido los tres por 46 €, pero no nos hemos quedado ni la mitad de satisfechos que anoche. El Bunsen está bien para una comida rápida, para salir del paso, pero poco más.


Aún tenemos toda la tarde por delante para continuar visitando Dublín. Nos dirigimos ahora al Dublin Castle, un complejo de edificaciones fundado por el rey Juan en 1204 sobre un antiguo asentamiento vikingo. Hay que recordar las raíces de esta ciudad, que en el S.X era la más importante del mundo vikingo. El castillo, de estilo normando, fue devorado por las llamas en 1684 y se reconstruyó en estilo georgiano, quedando únicamente del original la Torre de Registro. Actualmente, el complejo alberga dos museos, una biblioteca, cafetería, etc. y se utiliza para celebrar recepciones del Gobierno. La visita guiada, en inglés, cuesta 8€. Los exteriores se pueden visitar de forma gratuita.


El castillo de Dublín y su jardín circular
Desde el Castillo, en cinco minutos andando estamos en la Christ Church Cathedral. Al igual que el Castillo, esta catedral también se levantó sobre una edificación vikinga; en este caso sobre una pequeña iglesia de madera. La Catedral es de culto anglicano y al parecer tiene 19 campanas, cada una tocando en un diferente tono, lo cual es un récord mundial. Bajo ella hay una cripta del S.XII que es la construcción más antigua que se conserva en Dublín. Por 11,50 € puedes visitar la cripta, donde verás estatuas medievales, tesoros, y hasta un ratón y un gato momificados, que fueron encontrados dentro de uno de los tubos del órgano.

Christ Church Cathedral
Al lado de la Christ Church Cathedral está el museo Dublinia (14 €), que contiene una exposición interactiva sobre la historia de Dublín desde la civilización vikinga (800 d.c.) hasta la Edad Media. Seguramente estará muy interesante, pero cuando disponemos de tan poco tiempo en una ciudad preferimos no invertirlo en visitar museos. En 1870 se construyó un puente para comunicar interiormente la Christ Church Cathedral con el Dublinia; desconozco la razón.

Christ Church Cathedral y el museo Dublinia, conectados por un puente
Caminando desde Christ Church Cathedral hacia el sur llegamos en unos minutos a la otra catedral que tienen en Dublín, también anglicana. Se trata de St. Patrick’s Cathedral, o Catedral de S. Patricio, y es más grande y moderna que la anterior. Su construcción se inició en el año 1200, también sobre otra pequeña iglesia de madera vikinga. Está rodeada por un agradable parque.


St. Patrick’s Cathedral
Volvemos en dirección al río y pasamos junto a la Saint Audoen’s Church, una de las más originales iglesias medievales que se conservan en Irlanda, que también está rodeada de un pequeño y apacible parquecito.

Saint Audoen’s Church
Cuando planifiqué este viaje vi que uno de los reclamos turísticos que ofrece Dublín es la cárcel de Kilmainham Gaol, que está situada a las afueras de Dublín, hacia el oeste. La verdad es que dudé mucho sobre si nos apetecería ir o no. Al final hubo acuerdo entre el Mortadelo, el Niño y yo, en que preferíamos ver otras cosas antes que una cárcel, por mucha historia que encierren sus paredes. Así que, finalmente, descarté esa visita y optamos en su lugar por ir al Parque Phoenix y ver sus cervatillos en libertad. En cualquier caso, para quien le interese visitar la cárcel, las visitas son guiadas, de 1 hora de duración, y hay que comprar la entrada en su web (8 €) con bastante antelación, porque se agotan.
Así pues, caminamos desde St. Audoen’s Church hasta el Phoenix Park a lo largo del río Liffey durante aproximadamente media hora. Por el camino nos desviamos un poquito hasta la calle Smithfield para ver esta divertida tetera gigante, conocida como Utah Teapot. No soy capaz de explicar el significado de esta figura, pero es algo relacionado con la creación de modelos 3D a partir de la computación gráfica mediante patrones matemáticos… o algo así. Al Niño, reputado pitagorín de las ciencias computacionales, a la par que buen bebedor de té, le hizo gracia porque él sí lo entendió.

El Niño computando con la Utah Teapot
Llegamos a media tarde al Phoenix Park. Es una enorme extensión de praderas con zonas arboladas, creada en 1662 como reserva de ciervos. Dentro del parque también hay lagunas, monumentos, un zoo, zonas de juegos infantiles, etc. Actualmente es un área de esparcimiento para los dublineses, aunque aún se pueden ver grupos de ciervos en libertad en ciertas zonas. Lo que menos nos gusta de este parque es que está completamente atravesado por una carretera que dificulta a los visitantes el paso de una mitad a la otra.

Parterres de flores a la entrada de Phoenix Park

Monumento a Wellington en Phoenix Park
Para ver a los ciervos tenemos que adentrarnos bastante en el parque (algo más de 1 km, aunque en el mapa parezca poco). He señalado de rojo en este mapa la zona donde vemos los primeros, más o menos:

Zona de ciervos en Phoenix Park
Los ciervos están pastando tan tranquilos. Es evidente que están muy acostumbrados a la cercanía de las personas.



Ciervos atareados con la hierba del Phoenix Park
De vuelta hacia el centro de Dublín, damos un pequeño rodeo para pasar junto a la Guinness Storehouse. Este complejo de edificios es la antigua fábrica de la irlandesa cerveza Guinness, la más consumida del mundo, hoy en día reconvertido en museo visitable por el módico precio de 20 €. Nuestra intención no es entrar; sólo ver por fuera su interesante arquitectura de ladrillo de estilo industrial del S.XVIII. En el año 2000, cuando se abrió como museo, se le añadió en la azotea un bar-restaurante con vistas de 360º. El precio de la entrada incluye tomarte una cerveza (Guinness) en este bar.


Caballitos percherones que te llevan o te traen a la Guinness Storehouse
Por lo que se cuenta, Arthur Guinness estaba tan seguro del éxito de su cerveza, que en 1759 firmó un contrato de alquiler de estas instalaciones por 9.000 años. El complejo era como una mini-ciudad que disponía de todo tipo de instalaciones para los empleados.
Regresamos ya hacia el hotel. Son unos 40 minutos caminando, atravesando nuevamente el barrio de Temple Bar. Ya hemos visto esta zona de noche y a mediodía, y ahora la vamos a ver al atardecer.


El barrio de Temple Bar al atardecer
Descansamos un ratito en el hotel de las buenas caminatas que nos hemos pegado hoy y volvemos a salir con la intención de cenar algo por la zona de Temple Bar. De nuevo imposible, igual que anoche. Todo lleno a rebosar y con listas de espera. Terminamos entrando en una pizzería llamada Sano Pizza, casi el único sitio donde aún queda alguna mesa vacía, y resulta ser una buena opción. Las pizzas son de buen tamaño y no están nada mal. Tres pizzas y un refresco nos cuestan 44 €. Más barato que la hamburguesería Bunsen y, desde luego, salimos mucho más satisfechos.
Volvemos al hotel y caemos rendidos. Mañana nos despedimos de Dublín. Hemos estado un día y medio y sólo nos ha dado tiempo a ver lo esencial, sin entrar a museos.


La noche en Dublín
Nuestra impresión de Dublín es que lo más destacable es su ambiente. No tiene nada especialmente reseñable, ni edificaciones o monumentos extraordinarios, ni lugares inolvidables… pero sí resulta una ciudad alegre y vibrante, y la gente es acogedora.
