En el preciso instante en que comienzo a escribir estas líneas lo único que deseo es que el vuelo que en unos minutos me sacará de esta Isla no se mueva de la manera en que lo hizo hace una semana, cuando nos trajo hasta aquí. Sé que no es un deseo muy heroico, pero me conozco demasiado a estas alturas como para fingir que soy un tipo valeroso a la hora de volar, y me acepto demasiado como para tener ya necesidad de ocultarlo. La realidad es que me estremezco sólo de pensar en el modo en que se movía el avión durante prácticamente todo el trayecto. Las cuatro horas que se necesitan para unir Barcelona con Reikiavik fueron un puro baile.
Pero bueno, mejor pensar en algo positivo. Y sin duda ha habido muchas cosas buenas en estos días, que quiero volver a recordar en estas líneas y seguro que eso me ayuda. Empezando por la gente que está ahora mismo sentada a mi alrededor. Al final, incrustarte en un grupo organizado es como el gato de Schrödinger…puedes pasarlo bien o mal, y al final lo que suele ocurrir es ambas cosas. Y si te paras a analizarlo, entonces la cosa pierde la gracia. Como en el experimento del gato, pero en fin, no analicemos y disfrutemos, que es más fácil.
Y no es necesario irse muy atrás en el tiempo para ello. Hace apenas un mes que llegó hasta mí la posibilidad de volar a Islandia con una importante mayorista de viajes española, a un precio sensacional y con un pequeño descuento extra. No tuve que pensarlo mucho, la verdad, y puesto que hacía mucho tiempo que tenía este viaje en el listado de pendientes, me lancé sin darle muchas vueltas. Y hace seis días que me planté en el aeropuerto del Prat, un poco antes de la hora indicada para dejar los trámites finiquitados pronto. Justo la misma idea que tuvieron todos los demás integrantes del grupo. Pero como nunca se cierra una puerta sin abrirse una ventana, gracias a esa enorme cola que hube de esperar tuve la fortuna de conocer a los Benegas. Los Benegas, por supuesto, no se llaman así. De hecho, no sé cómo se llaman en realidad, pero es un nombre tan bueno como otro cualquiera, de modo que para referirnos a ellos ya servirá. Los Benegas son una familia procedente de Bilbao y que está compuesta por el papa, la mama, la hija (que tiene la misma cara que su padre, pero en guapo) y un cuarto integrante que no sabemos aún si es el hijo mayor o el novio de la hija, pero que para el caso, tampoco nos interrumpe la narración. A la misma altura que los Benegas, pero otra cola formada frente a los mostradores de facturación, se encuentra la familia Huguet, que seguramente tampoco se llamarán así, y aunque de ellos sí que se, por casualidad del destino, su nombre, la verdad no viene al caso y Huguet nos servirá perfectamente. Esta familia, de la parte alta de Barcelona, la forman igualmente un papa y una mama y dos niños de unos quince y nueve años que si no fuera por la diferencia de edad y de altura, podrían ser gemelos porque además iban vestidos igual. En cualquier caso, de la mano de estas dos familias que acabamos de conocer, y de mí mismo, que también me gustaría aportar algo, podemos sacar en claro algunas ideas sobre qué hacer, ver, y comer en Islandia en cinco días. Que al fin y al cabo ese es el sentido de estas líneas y ya comenzaba a difuminarse.
Nada más llegar a tierra fui capaz de reprimir mi impulso primario de postrarme de rodillas y besar el suelo volcánico de la isla e ir directamente a por mí mochila. Una vez fuera, estábamos repartidos en cuatro o cinco grupos en función de la mayorista elegida y del tipo de viaje programado. En mi caso, cuando nos arremolinamos ya diez personas alrededor del guía este nos indicó que en “segunda línea” en el parking de autobuses estaba el nuestro y que era de color azul. Así que salimos, abandonando el calorcito de la terminal y nos dispusimos a averiguar qué cosa sería el parking de autobuses. Pero como quiera que había un autobús aparcado justo a la salida del edificio, la señora Benegas se fue directa para el mismo, se subió y se sentó en los asientos de primera fila. Seguida, por supuesto, como pasaría todo el viaje, por el señor Benegas. El chofer, que se estaba comiendo un bocadillo de tamaño vikingo, la miró estupefacto y creo que no sabía qué decirle. Aunque estaba a distancia de ellos, imagino que la reacción de el, en inglés, sería decirle más o menos:
- Señora, este autobús va al centro de la ciudad. Si quiere usted venirse, por lo menos págueme, pero por la pinta que trae me parece que se ha confundido usted de vehículo
-
A lo que la señora Benegas respondió con un simple gesto, señalando con el dedo hacia la terminal de la que procedíamos. Supongo que esto querría decir algo así como:
- No sé qué me estás contando, pero aclárate con el guía, que a mí me ha dicho claramente que me monte en el primer autobús que vea.
Pero en cualquier caso, no sería ese pequeño problema el que detendría a unos intrépidos aventureros y en menos de cinco minutos, ya estábamos todos convenientemente repartidos en nuestros autobuses. Bueno, hubo un pequeño trasvase de algunos que no lo tenían muy claro, pero en menos de diez minutos, ahora sí, ya estábamos en marcha… de camino al hotel. Yo sólo pensaba en soltar la mochila y comenzar a explorar la ciudad. Qué poco imaginaba que esa excursión que tanto anhelaba, sería la misma que haría diez o doce veces antes de estar sentado aquí, en la puerta de embarque esperando que salga nuestro avión de vuelta. Pero eso lo contaremos en otro momento….
Pero bueno, mejor pensar en algo positivo. Y sin duda ha habido muchas cosas buenas en estos días, que quiero volver a recordar en estas líneas y seguro que eso me ayuda. Empezando por la gente que está ahora mismo sentada a mi alrededor. Al final, incrustarte en un grupo organizado es como el gato de Schrödinger…puedes pasarlo bien o mal, y al final lo que suele ocurrir es ambas cosas. Y si te paras a analizarlo, entonces la cosa pierde la gracia. Como en el experimento del gato, pero en fin, no analicemos y disfrutemos, que es más fácil.
Y no es necesario irse muy atrás en el tiempo para ello. Hace apenas un mes que llegó hasta mí la posibilidad de volar a Islandia con una importante mayorista de viajes española, a un precio sensacional y con un pequeño descuento extra. No tuve que pensarlo mucho, la verdad, y puesto que hacía mucho tiempo que tenía este viaje en el listado de pendientes, me lancé sin darle muchas vueltas. Y hace seis días que me planté en el aeropuerto del Prat, un poco antes de la hora indicada para dejar los trámites finiquitados pronto. Justo la misma idea que tuvieron todos los demás integrantes del grupo. Pero como nunca se cierra una puerta sin abrirse una ventana, gracias a esa enorme cola que hube de esperar tuve la fortuna de conocer a los Benegas. Los Benegas, por supuesto, no se llaman así. De hecho, no sé cómo se llaman en realidad, pero es un nombre tan bueno como otro cualquiera, de modo que para referirnos a ellos ya servirá. Los Benegas son una familia procedente de Bilbao y que está compuesta por el papa, la mama, la hija (que tiene la misma cara que su padre, pero en guapo) y un cuarto integrante que no sabemos aún si es el hijo mayor o el novio de la hija, pero que para el caso, tampoco nos interrumpe la narración. A la misma altura que los Benegas, pero otra cola formada frente a los mostradores de facturación, se encuentra la familia Huguet, que seguramente tampoco se llamarán así, y aunque de ellos sí que se, por casualidad del destino, su nombre, la verdad no viene al caso y Huguet nos servirá perfectamente. Esta familia, de la parte alta de Barcelona, la forman igualmente un papa y una mama y dos niños de unos quince y nueve años que si no fuera por la diferencia de edad y de altura, podrían ser gemelos porque además iban vestidos igual. En cualquier caso, de la mano de estas dos familias que acabamos de conocer, y de mí mismo, que también me gustaría aportar algo, podemos sacar en claro algunas ideas sobre qué hacer, ver, y comer en Islandia en cinco días. Que al fin y al cabo ese es el sentido de estas líneas y ya comenzaba a difuminarse.
Nada más llegar a tierra fui capaz de reprimir mi impulso primario de postrarme de rodillas y besar el suelo volcánico de la isla e ir directamente a por mí mochila. Una vez fuera, estábamos repartidos en cuatro o cinco grupos en función de la mayorista elegida y del tipo de viaje programado. En mi caso, cuando nos arremolinamos ya diez personas alrededor del guía este nos indicó que en “segunda línea” en el parking de autobuses estaba el nuestro y que era de color azul. Así que salimos, abandonando el calorcito de la terminal y nos dispusimos a averiguar qué cosa sería el parking de autobuses. Pero como quiera que había un autobús aparcado justo a la salida del edificio, la señora Benegas se fue directa para el mismo, se subió y se sentó en los asientos de primera fila. Seguida, por supuesto, como pasaría todo el viaje, por el señor Benegas. El chofer, que se estaba comiendo un bocadillo de tamaño vikingo, la miró estupefacto y creo que no sabía qué decirle. Aunque estaba a distancia de ellos, imagino que la reacción de el, en inglés, sería decirle más o menos:
- Señora, este autobús va al centro de la ciudad. Si quiere usted venirse, por lo menos págueme, pero por la pinta que trae me parece que se ha confundido usted de vehículo
-
A lo que la señora Benegas respondió con un simple gesto, señalando con el dedo hacia la terminal de la que procedíamos. Supongo que esto querría decir algo así como:
- No sé qué me estás contando, pero aclárate con el guía, que a mí me ha dicho claramente que me monte en el primer autobús que vea.
Pero en cualquier caso, no sería ese pequeño problema el que detendría a unos intrépidos aventureros y en menos de cinco minutos, ya estábamos todos convenientemente repartidos en nuestros autobuses. Bueno, hubo un pequeño trasvase de algunos que no lo tenían muy claro, pero en menos de diez minutos, ahora sí, ya estábamos en marcha… de camino al hotel. Yo sólo pensaba en soltar la mochila y comenzar a explorar la ciudad. Qué poco imaginaba que esa excursión que tanto anhelaba, sería la misma que haría diez o doce veces antes de estar sentado aquí, en la puerta de embarque esperando que salga nuestro avión de vuelta. Pero eso lo contaremos en otro momento….
