Hoy nos esperaba la gran kilometrada del viaje, ni más ni menos que volver desde Viñales a La Habana y desde allí hasta Cienfuegos. Nuestra idea inicial era hacer noche en Playa Larga, pues habíamos reservado una casa particular allí para no hacer todo el viaje en un día. Al final los planes los variamos sobre la marcha. Hicimos el tramo desde Viñales a La Habana en menos tiempo que en el viaje de ida pues no hicimos ninguna parada. Antes de llegar a La Habana teníamos que coger la carretera de circunvalación y preguntando dimos con ella. Al final tras media hora y preguntando varias veces por lo de la segunda opinión que ya habíamos tomado por costumbre, pues nos había dado buen resultado y evitado algún kilómetro a lo tonto, dimos con la autopista central hacia Cienfuegos.
Nos desviamos a la altura de “Jagüey Grande”, en dirección a “Playa Larga”. Nuestra primera parada sería para visitar el “criadero de cocodrilos de Boca de Guama”. Quince kilómetros antes de llegar al criadero paramos a recoger a un chico que está haciendo botella y nos dice que es estudiante de veterinaria y que trabaja en el criadero, pero no en el criadero del Ministerio de Industrias Pesqueras, sino en el de enfrente, en el que supuestamente es más turístico. El Nos dice que el criadero del Ministerio no tiene nada interesante, justo lo contrario de lo que recomienda la guía de viajes que llevamos, cosa que nos choca un poco. Le llevamos hasta el mismo criadero y decidimos seguir su consejo y entrar en el que parece más turístico. La entrada nos cuesta 5 CUC por persona. El muchacho se ofrece a hacernos de guía pues no tenía que entrar a trabajar hasta dentro de un par de horas, así que aceptamos la invitación. Con él recorrimos las instalaciones, nos contó bastantes cosas sobre la forma de vida y costumbres de los cocodrilos, vimos la demostración de un señorín mayor que se dedicaba a atraparlos para que los turistas se hicieran la típica foto con el cocodrilo al hombro o entre los brazos. Nos condujo hacia el recinto grande donde tienen bastantes cocodrilos ya algo más grandes, de unos dos metros de largo y de más edad. Nos explicó el espectáculo que se forma cada vez que les dan de comer, que suele ser dos veces por semana, siempre en horario en que no hay turistas, las peleas que hay entre ellos. Pudimos ver a alguno de los cocodrilos al que le faltaba un trozo de hocico, herida típica de guerra.
Criadero de cocodrilos en Bocá de Guamá
No caímos en la trampa de probar la carne de cocodrilo que te intentan hacer comer en el restaurante del chiringuito, pero caímos como tontos en la trampa de los huesos de cocodrilo. Por todo el recinto hay puestecillos donde supuestamente vendían todo tipo de abalorios, collares, anillos, todos hechos con huesos de cocodrilo. El precio era bastante barato y las “guajibiyas” cargaron con bastantes, muchos para regalar. La sorpresa sería al día siguiente, en Cienfuegos, cuando encontramos en un puesto callejero los mismos collares y anillos. Le preguntamos a la muchacha del puesto de qué estaban hechos y nos dice que de hueso de res. En fin, que nos la metieron doblada de nuevo. Menos mal que no caímos en la de la carne de cocodrilo, porque como alguien nos dijo algún día más tarde, a los cocodrilos de ese lugar les cuidan más que a las personas, como para dedicarse a matarlos para dar de comer a los turistas o hacerles collares con sus huesos.
Museo Playa Girón
Tras la visita del criadero nos dirigimos hacia “Playa Larga”. Llegamos a eso de las tres de la tarde. Buscamos el alojamiento siguiendo las instrucciones que nos habían dado. Lo encontramos y nos dice la señora que allí las casas son de una sola habitación y que tenemos que estar separados, una pareja en una casa y la otra en otra. Le decimos que eso no es lo que acordamos y decidimos seguir camino de Playa Girón y llegar hasta Cienfuegos ese mismo día. “Playa Girón” está cerca de Playa Larga y lo más destacable es el museo sobre el desembarco. Que nadie se lleve a engaño, pues más que un museo debería denominarse exposición, por el escaso contenido. Hay cuatro documentos, veinte fotografías, seis planos y cuatro artefactos usados en la batalla. Eso sí, la gente que trabajaba en el museo se sentía muy orgullosa de la primera derrota infringida al imperialismo en América. La visita no lleva más de media hora.
Valla alusiva a la batalla de Playa Girón
Como no había nada más que ver por allí y hacía un calor de muerte en aquel museo sin aire acondicionado, continuamos camino de Cienfuegos, antes de que se nos hiciera muy tarde. El tramo de carretera inicial que va de Playa Girón a Cienfuegos estaba salpicado por los restos de los famosos cangrejos rojos de los que tanto había leído en el foro. No se veían grandes cantidades de ellos pero sí alguno que otro espachurrado en el arcén. Tuve que esquivar a unos cuantos a lo largo de unos quince o veinte kilómetros y en un momento dado nos encontramos con un grupo de unos diez que cruzaban la carretera en grupo. Paramos el coche y nos bajamos a verlos de cerca. En cuanto intentabas tocarlos se ponían en posición defensiva dispuestos a dar batalla. Era divertido verlos a todos siguiendo instintivamente el camino de regreso a la playa.
Cangrejos rojos en Playa Girón
El tramo de carretera desde Playa Girón hasta Yaguaramas tiene algunas partes en las que había unos socavones de miedo. Hasta pensamos en que nos habíamos equivocado de carretera y al preguntar la gente se reía como pensando “pero qué os creíais yumas, que esto era Europa?”.
Llegamos a “Cienfuegos” alrededor de las siete de la tarde y nos tocaba buscar alojamiento. Las “guajibiyas” empezaban a amotinarse a bordo porque querían dormir en hotel, aunque sólo fuera una noche, así que nos dirigimos a unos de los hoteles de la zona de “Punta Gorda”, que es una de las más bonitas de la ciudad. De entrada tengo que decir que nos sorprendió gratamente Cienfuegos pues los edificios no mostraban ese aspecto decadente de los de La Habana. Llegamos hasta el Hotel Palacio Azul, un antiguo palacio de principios del siglo XX, con pocas habitaciones, pero muy acogedor. Hablamos con la señora que lo regentaba, que hacía las veces de recepcionista, camarera, directora, gerente y de arquitecto, porque ella misma lo había rehabilitado unos años antes. Todo muy curioso. La señora nos enseñó dos habitaciones. Los precios de la guía de viajes están algo desfasados. Al final nos enseñó una habitación muy grande, que en realidad eran dos y nos dijo que podíamos quedarnos los cuatro en ella a un precio aceptable (88 CUC la habitación) con desayuno incluido para los cuatro. Aceptamos sin dudar mucho, pues el edificio era precioso, con unas vistas al mar y teníamos al lado el famoso Club Cienfuegos. La señora nos mostró la habitación situada enfrente de la nuestra y había una placa que decía que allí se había alojado el Sr. Hugo Rafael Chávez Frías el día 21 de diciembre de 2.007. Sí es el Sr. Presidente de Venezuela, durante una cumbre petrolera que se había celebrado en la ciudad. Y la habitación grande en la que nos quedábamos nosotros era la que habían usado su servicio de seguridad (así estaban los colchones, que casi tocabas el suelo con el culo). Menudo honor el dormir a tan pocos metros de donde había dormido semejante personaje, aunque la directora, gerente, recepcionista, camarera y arquitecto mostraba un afecto hacia él increíble. Incluso tenía varias fotos de la visita en el escritorio del ordenador.
Dejamos las cosas en la habitación y salimos a cenar pues el hambre ya causaba estragos. Ya que nos habíamos dado el capricho del hotelito, pues decidimos darnos el capricho de cenar en el “Club Cienfuegos”. En la puerta había gente de seguridad controlando los accesos y además coincidió con una fiesta que se estaba celebrando en una terraza exterior de la planta baja.
Nosotros subimos directos al restaurante, donde había sólo tres mesas ocupadas. Tomamos posiciones y oh, decepción!, en la carta lo de siempre, pollo, puerco y arroz. No nos librábamos de esa dieta ni en el mismísimo club Cienfuegos. Le pedimos al camarero que nos habilitara una mesa en la terraza exterior para disfrutar de las vistas. Disfrutamos mucho de la cena aunque la comida fuera normalita, pero el sitio era fantástico y lo compensó.
Como estábamos algo doblados después de una paliza de coche tremenda, nos acostamos pronto, pero antes hicimos una pequeña excursión a la azotea del hotel, subiendo por una minúscula escalera de caracol que da acceso a una terraza desde donde se tienen unas vistas de toda la bahía y de la ciudad asombrosas.