Es nuestro último día en La Camarga y nos planteamos pasarlo tranquilamente. Por la mañana cogemos los bártulos y nos ponemos en marcha por el paseo de Digue à la Mer, sendero que discurre entre el litoral y las marismas y que a su vez forma parte del dique construido en el SXIX como barrera para separar el mar de las marismas. Al final del mismo se encuentra el faro de la Gacholle.
Esta es una ruta muy interesante, hubiera estado bien hacerla entera, pero para eso tendríamos que haber tenido bici ya que son unos 20 km ida. Luego encontramos un sitio en el pueblo donde las alquilaban, pero ya era tarde.
También nos cruzamos con muchos grupos de excursiones a caballo, con los famosos caballos de raza camarguesa, (no los salvajes, claro) que son preciosos.
Llegamos a un estanque que se encuentra lleno de flamencos. Me encantan, nunca los había visto tan cerca. Tienen pinta amistosa, pero cuando intento acercarme dan media vuelta y se alejan a toda velocidad.
Después de haber caminado un buen rato, decidimos que ya llega el momento de disfrutar de la playa, nos salimos del camino y cruzamos hasta el borde del mar. Nos quedamos con la boca abierta, estas sí que son las playas que yo esperaba. Inmensas, hasta donde se pierde la vista y semisalvajes, pues es mínima la intervención de la mano del hombre. No hay ni baños, ni salvamento, ni siquiera papeleras, nada que altere su estado natural. La arena es finísima y de cuando en cuando forma suaves dunas. En fin, un pequeño paraíso. Nos tumbamos, nos bañamos, disfrutamos de la vista, en resumen, pasamos el resto de la mañana holgazaneando, cosa que nos sienta de maravilla. El agua está tirando a fría y se nota bastante corriente. De cuando en cuando algún caballo pasa al trote.
Ayy, no me quiero mover de allí ni en mil años, pero sobre las 16h levantamos el campamento porque tengo miedo quemarme con tanto sol (soy de tipo de piel blanco nuclear). A regañadientes volvemos al camping, donde decidimos ir a pasar la tarde a Aigues Mortes, a 31km. Aparcamos en un parquing gratuito, perfectamente señalizado.
La época dorada de Aigues Mortes comenzó en el SXIII cuando el rey Luis IX de Francia decidió crear allí un puerto marítimo para abrir esa zona al Mediterráneo. La pujanza económica de la ciudad también se vio favorecida por el floreciente negocio de la sal, proveniente de las cercanas salinas, todavía hoy en pleno rendimiento. De ellas se extrae la afamada Fleur de Sal de la Camargue, cuyo elevado precio va en consonancia con su alto renombre. A medida que el Ródano arrastraba sedimentos y avanzaba la línea de costa, Aigues Mortes perdió su condición de primer puerto del reino, en favor de Toulon y Marsella, y comenzando con ello el declive de la ciudad. Hoy nos encontramos con su imponente recinto amurallado, en excelente estado de conservación. Las murallas encierran la ciudad formando un rectángulo, con varias puertas de entrada en cada lateral y veinte torres a lo largo de ella. Destacan sobre todo el enorme torreón llamado Tour Constance, que albergaba la antigua prisión y la Torre Carbonnière.


Pasamos un rato de lo más agradable paseando por las calles de Aigues Mortes, hacemos alguna compra, y damos la vuelta al perímetro amurallado, de 1640m de longitud. Se puede hacer el recorrido por lo alto de la muralla, cuesta 8€. Aprovechamos, como no, para tomar unas oranginas, soy totalmente fan de este refresco.
De regreso paramos en Saintes Maries para hacer más compras, ya que es nuestro último día, y nuevamente dar una vuelta por el pueblo.
Es increíble la animación que tiene, lleno de terrazas repletas hasta la bandera y una riada de gente por las calles, entrando y saliendo de las tiendas, haciendo fotos, mirando las actuaciones callejeras…Después de un rato volvemos al camping, cenamos y disfrutamos de nuestra última noche discotequera.
Esta es una ruta muy interesante, hubiera estado bien hacerla entera, pero para eso tendríamos que haber tenido bici ya que son unos 20 km ida. Luego encontramos un sitio en el pueblo donde las alquilaban, pero ya era tarde.
También nos cruzamos con muchos grupos de excursiones a caballo, con los famosos caballos de raza camarguesa, (no los salvajes, claro) que son preciosos.
Llegamos a un estanque que se encuentra lleno de flamencos. Me encantan, nunca los había visto tan cerca. Tienen pinta amistosa, pero cuando intento acercarme dan media vuelta y se alejan a toda velocidad.
Después de haber caminado un buen rato, decidimos que ya llega el momento de disfrutar de la playa, nos salimos del camino y cruzamos hasta el borde del mar. Nos quedamos con la boca abierta, estas sí que son las playas que yo esperaba. Inmensas, hasta donde se pierde la vista y semisalvajes, pues es mínima la intervención de la mano del hombre. No hay ni baños, ni salvamento, ni siquiera papeleras, nada que altere su estado natural. La arena es finísima y de cuando en cuando forma suaves dunas. En fin, un pequeño paraíso. Nos tumbamos, nos bañamos, disfrutamos de la vista, en resumen, pasamos el resto de la mañana holgazaneando, cosa que nos sienta de maravilla. El agua está tirando a fría y se nota bastante corriente. De cuando en cuando algún caballo pasa al trote.
Ayy, no me quiero mover de allí ni en mil años, pero sobre las 16h levantamos el campamento porque tengo miedo quemarme con tanto sol (soy de tipo de piel blanco nuclear). A regañadientes volvemos al camping, donde decidimos ir a pasar la tarde a Aigues Mortes, a 31km. Aparcamos en un parquing gratuito, perfectamente señalizado.
La época dorada de Aigues Mortes comenzó en el SXIII cuando el rey Luis IX de Francia decidió crear allí un puerto marítimo para abrir esa zona al Mediterráneo. La pujanza económica de la ciudad también se vio favorecida por el floreciente negocio de la sal, proveniente de las cercanas salinas, todavía hoy en pleno rendimiento. De ellas se extrae la afamada Fleur de Sal de la Camargue, cuyo elevado precio va en consonancia con su alto renombre. A medida que el Ródano arrastraba sedimentos y avanzaba la línea de costa, Aigues Mortes perdió su condición de primer puerto del reino, en favor de Toulon y Marsella, y comenzando con ello el declive de la ciudad. Hoy nos encontramos con su imponente recinto amurallado, en excelente estado de conservación. Las murallas encierran la ciudad formando un rectángulo, con varias puertas de entrada en cada lateral y veinte torres a lo largo de ella. Destacan sobre todo el enorme torreón llamado Tour Constance, que albergaba la antigua prisión y la Torre Carbonnière.
Pasamos un rato de lo más agradable paseando por las calles de Aigues Mortes, hacemos alguna compra, y damos la vuelta al perímetro amurallado, de 1640m de longitud. Se puede hacer el recorrido por lo alto de la muralla, cuesta 8€. Aprovechamos, como no, para tomar unas oranginas, soy totalmente fan de este refresco.
De regreso paramos en Saintes Maries para hacer más compras, ya que es nuestro último día, y nuevamente dar una vuelta por el pueblo.
Es increíble la animación que tiene, lleno de terrazas repletas hasta la bandera y una riada de gente por las calles, entrando y saliendo de las tiendas, haciendo fotos, mirando las actuaciones callejeras…Después de un rato volvemos al camping, cenamos y disfrutamos de nuestra última noche discotequera.