Desde España no hay vuelos directos a Kosovo, aunque tampoco es difícil aterrizar en el aeropuerto de Pristina (único internacional del país) haciendo escala en Suiza o Alemania. Nosotros volamos a Skopje con Wizz Air desde Barcelona, que tiene una frecuencia de dos días a la semana: los lunes y los viernes. La capital de Macedonia del Norte se encuentra a media hora de la frontera con Kosovo y a menos de dos horas de Pristina en bus. No obstante el vuelo de ida llega de madrugada y además al volar en agosto se puso muy caro por lo que optamos por hacer una escala de hora y media en Budapest. A pesar de que el primer vuelo salió con algo de retraso nos dio tiempo de sobra a coger el segundo avión.
El aeropuerto de Skopje es muy pequeño pero moderno. Enseguida vimos una caseta donde vendían los billetes de autobús que te dejan en el centro de la ciudad por menos de tres euros al cambio. Se pueden consultar los horarios en internet aunque tengo la impresión de que no son estrictos sino que se adaptan a la llegada de los vuelos.
El conductor del autobús iba diciendo por megafonía las paradas aunque la mayoría de los pasajeros nos bajamos en "bus station", que está a 10 minutos del centro. Nosotros íbamos a dejar esta ciudad para el último día del viaje y pondríamos rumbo inmediato a Kosovo. Compramos en taquilla el billete para el próximo bus a Pristina, que salía en 20 minutos. Hay unos 20 buses diarios y el precio es de algo menos de 6 euros. Pagamos con tarjeta, medio de pago que ya no volveríamos a utilizar en todo el viaje puesto el resto de compras fueron en efectivo. En cuanto nos entregaron el ticket y leí en caracteres cirílicos "Pristina" me entró una mezcla de incredulidad y expectación. Por fin iba a visitar este agujero negro de Europa del que tanto había leído. Como estábamos hambrientos y teníamos algo de tiempo fuimos a comer a un kebab que estaba en la parte trasera de la estación. No teníamos dinares macedonios y no tenían tarjetero, pero admitían euros. Así que pagamos con euros y nos devolvieron dinares. Dos kebab con sendas bebidas nos salieron por 4,50 euros. Una gozada.
Montamos en un autobús que iba medio vacío. Nos iban pasando un documento en el que teníamos que poner nuestros nombres y número de pasaporte para entregarlo en la frontera. El paso fronterizo me causaba expectación. He estado en 48 países pero he pasado pocas aduanas por vía terrestre. Llegamos a la frontera y en la parte macedonia un responsable del autobús se llevó nuestros pasaportes. La frontera no estaba muy concurrida y apenas tuvimos que esperar. Al poco tiempo nos devuelve los pasaportes y llegamos a la zona kosovar. Fue emocionante ver el cartel de "bienvenido a Kosovo". Aquí sube un policía kosovar muy educado que igualmente se lleva los pasaportes y a los 5 minutos nos los devuelven. Me hizo gracia ver a un policía con el escudo de Kosovo, empezaba a percatarme que efectivamente este país existía. Paso fronterizo rápido y sin incidencias, aunque para mi decepción no me pusieron ningún sello en el pasaporte. Perdón por la calidad de la foto que cuelgo a continuación pero en los pasos fronterizos hay que disparar a escondidas y sale como sale...

Pasar a Kosovo fue un momentazo para mí por lo idealizado que lo tenía. Justo al cruzar la frontera se ve algún comercio y enseguida nos metemos en una carretera estrecha que aparenta ser de media montaña. Yo estaba emocionado y como estábamos en la parte trasera del bus me iba cambiando a los asientos de la izquierda o derecha según se encontraba el mejor paisaje. La carretera no me pareció que estuviera en mal estado y me sorprendió ver grandes puentes que sorteaban la peculiar geografía de esta parte del país. Los últimos kilómetros antes de llegar a Pristina fueron por una estupenda autovía de 2-3 carriles por sentido. Empezaba a darme cuenta de que no estaba en un país precisamente subdesarrollado.
Ponemos pie en la estación de autobuses de Pristina y tras unos minutos de desorientación debido a que no me funcionaba bien la aplicación maps.me, conseguimos ubicarnos gracias al recuerdo mental que tenía en mi cabeza sobre la ciudad. La primera impresión no puede ser mejor. Vemos gente con un aspecto normal, urbanizaciones con sus parquecitos, niños jugando... igual que en cualquier ciudad del mundo.

Llegamos a la céntrica avenida Bill Clinton, presidente de EE.UU. al que adoran todos los albanokosovares por su impulso definitivo a la independencia de Kosovo. Unos dicen que actuó para evitar un genocidio étnico a manos de los serbios, otros que le interesaba tener presencia militar en este avispero del mundo. La cuestión es que por todos lados vemos banderas de Kosovo, de Albania y de EE.UU. Incluso en edificios oficiales. Nos hacemos una foto con la enorme estatua en su honor, pasamos por la tienda de ropa Hillary y seguimos nuestra ruta hasta el hostal. Si bien he dicho que me parecía un país desarrollado, tienen actitudes que demuestran lo contrario sobre todo al volante: muchos conducen hablando por el móvil, pocos llevan puesto el cinturón de seguridad, ningún motorista lleva casco y cruzar la calle llega a ser un acto arriesgado.

Nos alojamos en el hostal Tuba, que se encuentra entre la estación de autobuses y el centro de la ciudad, en una habitación grande con baño privado y una terracita que da a un bonito patio interior por 20€ la noche. Tras descansar un poco salimos a dar una vuelta y cenar por el centro. Llegamos rápidamente al bulevar Nene Tereza en honor a Teresa de Calcuta, santa originaria de Skopje pero de familia católica albanesa por la que tanto albaneses como macedonios profesan gran devoción, lo cual sorprende teniendo en cuenta que más del 90% de los kosovares son musulmanes. El bulevar está muy animado, hay muchas terrazas y todas están a tope, cuesta encontrar una mesa libre. Además la temperatura era muy agradable, una constante que se repetiría en todas las noches que pasaríamos en Kosovo. Finalmente encontramos mesa en una pizzería. Al ver lo precios tan bajos pensamos que las pizzas serían pequeñas y pedimos una grande... craso error. La grande era gigante, si los precios son bajos es porque son así, no porque las raciones sean pequeñas. Estábamos en una terraza de la principal calle de la ciudad, y la cuenta por una pizza familiar, una botella de agua y una cerveza Peja de medio litro subió a 4 euros por cabeza. Puede parecer barato, pero fue la comida más cara que tuvimos hasta la última noche del viaje.
Volvimos al hostal con una gratísima impresión de Pristina, una ciudad animada, con muy buen ambiente, sin apenas marginalidad, donde hay una tranquilidad total y donde la gente, insisto, era totalmente normal. Yo me esperaba más indumentaria musulmana, más barbas largas y más niqabs. Pero nada más lejos de la realidad, los kosovares son personas muy occidentalizadas, que iban en pantalón corto y muchas chicas en tirantes. Y con un aspecto físico como el que presenta la gente de cualquier lugar de Europa. La imagen del bulevar Nene Tereza podría ser la de cualquier ciudad de nuestro entorno. Nos dimos cuenta de que, pese a compartir religión, esto no era Estambul ni Sarajevo.