Nota: éste es nuestro segundo viaje por la zona, si quieres consultar el primero puedes visitar el anterior diario: www.losviajeros.com/ ...hp?b=16363
30 de agosto de 2019
5:30 y ya no se vuelven a cerrar los ojos. Abrimos una caja de esa codiciada granola, un tipo de cereal que poco a poco está ganando popularidad en España pero todavía muy lejos de las mil variedades y sabores disponibles en los pasillos de cualquier supermercado norteamericano. Entre crujientes mordiscos leemos en las redes que ya se han anunciado las fechas para el próximo Festival de Eurovisión que se celebra en Róterdam, Países Bajos. Tenemos pendiente desplazarnos un año para asistir, como poco, al ensayo general de la final, pero se empieza a complicar esa posibilidad de que 2020 sea el año elegido. Las fechas anunciadas coinciden exactamente con el emergente Mallorca Live Festival para el que ya tengo comprado el abono de su próxima edición.
No salimos a la calle hasta las 7:15. Nos reciben nueve grados y bastante claridad, suficiente para ver alguna de las nevadas cumbres que asoman en el horizonte. Nada de niebla, que es lo más temido cuando se trata de hacer excursiones a miradores.

Amanece en Jasper
Conducimos durante poco menos de una hora hasta Maligne Lake. Por ahora no se nos aparece ningún oso junto al que detenerse mientras desayuna en el arcén. Pasamos de largo el lago y, tras cruzar un puente, estacionamos en el último de los aparcamientos de la zona recreativa. Los dos grados que marca el termómetro nos llevan a abrir la puerta del coche con miedo a lo que nos espera fuera, pero es soportable.
La agenda de hoy tiene como hito principal la excursión hasta Bald Hills, unas colinas al sur de uno de los lagos más populares de Jasper. Mientras que la mayoría de turistas se limitan a pasear por los alrededores del lago disfrutando de canoas de alquiler y la tienda de regalos, llegar hasta aquí ofrece una panorámica con una mejor percepción de la extensión del lago y su ecosistema. Se trata de un itinerario que, a priori, solo requiere de 12 kilómetros para alcanzar los mejores miradores y regresar al aparcamiento. Y hago especial hincapié en lo de "a priori".

Comenzamos
Comenzamos con 2,5 kilómetros de ancha pista de tierra rodeados por el bosque. La pendiente no cesa en ningún momento, inicialmente con una inclinación suave pero poco a poco endureciéndose hasta comenzar a notarse en las piernas. El sol que poco a poco se cuela entre las copas de los árboles anula el frío con el que hemos comenzado. Tras este primer tramo se nos presenta una bifurcación en la que decidir si continuar por la pista o atajar por una empinada subida de tierra compacta esquivando raíces de árboles. Nos decidimos por hacer la ida atajando y la vuelta, ya más cansados, por la opción más larga pero menos exigente. La distancia que nos ahorramos hasta alcanzar Bald Hills lo merece.

El sol se abre paso entre los árboles

El atajo
El atajo es duro, tanto que cuando llevamos unos 10 minutos sorteando raíces y ganando altura nos arrepentimos ligeramente de haberlo tomado. La distancia será menor, pero nuestra velocidad sobre un terreno así también lo es. Este tramo nos lleva 50 minutos largos. Con la distancia adquirida las vistas ya empiezan a ser dignas de mención, aunque a esta hora del día somos víctimas de un resol que entorpece los detalles en la lejanía. Ya vemos ante nosotros, en un escenario mucho más aclarado, la cima de la primera de las anticipadas colinas a un kilómetro de nosotros. No se oye un alma y durante todo este tiempo solo nos ha adelantado un senderista asiático al que vemos ya alcanzando la cima en forma de pequeño punto.
Tras el calentón del atajo este último tramo de subida por la colina empieza a exigir lo mejor de nosotros. Y todavía lo hubiéramos sufrido peor de haber sabido antes de alcanzar la cima que, contradeciendo lo que creíamos, esta no es todavía la meta. En esta ocasión la aplicación Maps.me nos ha engañado señalando como Bald Hills lo que no es más que un altiplano tras el que hay seguir avanzando, primero bajando parte de esta colina introductoria y luego subiendo a la verdadera meta, que superado el cambio de rasante ahora sí que vemos ante nosotros. Descansamos un poco girando la vista hacia Maligne Lake, cuyo extremo más occidental ya podemos apreciar pese al resol. Lo que más nos llama la atención son las grandes superficies de hielo que asoman entre varias de las montañas pegadas al lateral más lejano del lago. El cielo se nubla y con las nubes aparece un viento debido al cual, tras sudar durante la subida, ahora se nos mete en el cuerpo. Toca abrigarse para no ponerse enfermo en el tercer día de viaje.

Parecía la meta... pero no

Una primera panorámica

La verdadera Bald Hills, todavía por llegar
Ya hemos llegado hasta aquí, así que no queda más remedio que hacer de tripas corazón y seguir avanzando al ritmo que las piernas nos permitan hasta llegar a las verdaderas Bald Hills. Y lo hacemos, y aunque contentos por hacerlo la satisfacción no es completa. Esperábamos un paisaje de 10 pero, debido a la lejana distancia al lago y la pobre iluminación, no pasa del 8. Y desde aquí no parece estar muy claro por dónde descender si no queremos deshacer la misma vía por la que hemos subido.

Ahora sí... y tampoco es que

Esos bloques de hielo son... interesantes

No estamos solos

¿Qué traéis?

Lo que se ve al otro lado
Pero según nos acercamos al extremo opuesto de la colina la vía para descender se ve más y más clara. Y antes de perder demasiada altura nos planteamos si merecerá la pena hacer un último esfuerzo y, en lugar de volver ya hacia el aparcamiento, avanzar un poco más hasta la siguiente colina que parece ofrecer un balcón mucho más libre de obstáculos y cercano al lago y la parte montañosa más vistosa del paisaje. Decidimos comenzar ese avance adicional sin estar del todo convencidos, pero cuanto menos queda para alcanzar esta nueva meta menos sentido tiene abortar la misión. Superamos un último repecho, vadeamos una morrena y ahora sí, esto ya es un paisaje de 9 alto. Tenemos prácticamente toda la longitud de Maligne Lake a la vista sin nada que obstaculice la vista entre él y nosotros.

Esto ya es otra cosa

El sitio más concurrido, ahí abajo
Para que haya valido la pena el esfuerzo, pasamos aquí otro largo rato evitando los pesados mosquitos que se empeñan en estropearnos la experiencia de comer ante tal horizonte. Cuando consideramos que nuestras retinas ya han tenido suficiente espectáculo iniciamos una vuelta que resulta mucho más agradable gracias a que nos ahorramos varias de las cuestas de la ida. Nos cruzamos con mucha gente que ha empezado la excursión más tarde que nosotros y, por las caras de algunos, intuímos que lo van a pasar muy mal si pretenden llegar hasta el final. Nosotros vamos despacio, pero con un ritmo constante. Somos senderistas diésel.

La vuelta, evitando colinas
Tal y como teníamos decidido para la vuelta evitamos el atajo entre raíces -con esa pendiente, el descenso iba a ser complicado- y continuamos por la pista de tierra. Se hace pesada, muy pesada. No alcanzamos la bifurcación hasta casi las 14:00 y todavía nos quedan por delante los últimos 2,5 kilómetros hasta nuestro coche, que no veríamos hasta las 14:45.

¿Cuánto falta?

Un último empujón...
Nos dejamos caer sobre los asientos del Tiguan. Lo que iban a ser 13 kilómetros han acabado siendo 20 y con una sucesión de subidas y bajadas que no esperábamos. Ante esta situación no podemos aspirar a mucho más que hacer una parada rápida en la orilla de acceso al lago para revivir los paisajes de hace tres años, aunque los grises del cielo auguran que el espectáculo no estará a la altura del lugar.
Enseguida damos con nuestros pies junto a la Maligne Lake Boathouse, esa pequeña construcción de madera fotografiada hasta la saciedad y en la que esperan amarradas las canoas de alquiler. Mientras hago fotos y cierto protagonista amarillo se prepara para su cuenta de Instagram, un grupo de chicas se nos queda mirando y dicen "He has a mascot!". Pato, causando sensación allí donde va.

La caseta...

... y las canoas
Hacemos una incursión muy rápida en una tienda de regalos que recordábamos más grande. Cuando volvemos al exterior las nubes se han decidido por fin a expulsar una débil lluvia, lo que consideramos nuestra señal para emprender el camino de vuelta a casa. Durante el trayecto hacemos una única parada, tan corta que L ni siquiera sale del coche, para asomarnos a Medicine Lake, otro lago del que tengo mejores fotografías de las que consigo esta vez debido a los apagados colores que provoca el cielo cubierto. Tras unas compras rápidas de comida apta para microondas en Robinsons, regresamos a Accommodations Jasper a las 17:15.

Medicine Lake, desangelado
Sin que L tenga ninguna intención de volver a ponerse en pie en lo que queda de día, yo decido montarme la fiesta por mi cuenta tras haber descansado un poco. Me marcho yo solo hasta Patricia y Pyramid Lake, dos lagos a tan solo 10 minutos en coche de Jasper en los que ya disfrutamos en su día de un muy recomendable amanecer pero que no tuve la ocasión de disfrutar con las últimas luces del día. Por el camino veo un enorme ciervo canadiense cenando cerca de la carretera, en un tramo en curva en el que no es muy aconsejable dar un frenazo para poder verlo detenidamente. En otro tramo veo varios coches y un autocar detenidos en el arcén, lo cual suele ser sinónimo de atracción principal en forma de oso. Pero no queda mucho sitio donde detenerse y seguramente estarán a punto de espantarlo, así que sigo adelante.
Paso de largo Patricia Lake y llego al hotel frente a la orilla de Pyramid Lake con una hora de margen respecto al atardecer. Tengo tiempo de jugar con encuadres y exposiciones largas y cortas mientras los mosquitos intentan una y otra vez hacerse con mi sabrosa sangre. Me ajusto la braga de cuello y el gorro para dejar tan solo una fina rendija descubierta por la que ver qué demonios estoy haciendo. El lugar está en calma, con tan solo alguna pareja y algún niño yendo y viniendo.
Aprovecho el tiempo del que dispongo, aunque el atardecer no es lo que esperaba. Definitivamente es más recomendable visitar el lugar al comienzo del día, ya que Pyramid Lake sin poder distinguir la textura y colores de la cercana Pyramid Mountain es quitarle mucho atractivo al lugar. Me marcho, pero antes de llegar a casa paso de nuevo por nuestro restaurante favorito de Jasper. Esta vez me llevo de Lou Lou's una pizza barbacoa junto a un nuevo poutine. No hemos estado tres años esperando a volver para conformarnos con una sola noche quitándonos el capricho.

Dejando el tiempo pasar...

El día termina en Pyramid Lake

Así, que parezca que sé lo que estoy haciendo

Pyramid Mountain, sin sus vivos colores
Regreso a casa donde L celebra la llegada del poutine. No tanto de la pizza, y es que hay que tener cuidado con pedir cosas con la coletilla "BBQ" en norteamérica. Aquí no se andan con tonterías y cada bocado de pizza es una explosión en el paladar. Nos sobra poutine, con lo cual mañana por la mañana tendremos un interesante y calórico desayuno. Las "pecan tart", dos tartaletas de nueces de pecan que hemos comprado en Robinsons, ponen la guinda a un buen día. A las 22:00 apagamos con el deber cumplido y todavía mucho por ver.

Salsa barbacoa de la de verdad
