Nota: éste es nuestro segundo viaje por la zona, si quieres consultar el primero puedes visitar el anterior diario: www.losviajeros.com/ ...hp?b=16363
31 de agosto de 2019
Hay días que, debido a la previsión meteorológica, puede anticiparse que no van a coronarse como los mejores del viaje. Hoy sería uno de ellos, pero de cada jornada se pueden rescatar cosas por aquí y por allá que merezca la pena recordar. Es el día en el que abandonamos Jasper y el coqueto apartamento de Accommodations Jasper que nos ha acogido durante dos noches. En el horizonte nos espera el basto Parque Nacional de Banff. Y entre un lugar y el otro la Icefields Parkway o Carretera de los campos de hielo, una ruta escénica considerada una atracción en sí misma gracias a la gran cantidad de accesos que habilita a cataratas, lagos y glaciares a lo largo de su extensión. Con nueve grados y un cielo pintado de gris cuando salimos a las 8:40, nuestras esperanzas de disfrutarla tal y como merece son escasas.

Adiós, Accommodations Jasper

La cosa no pinta bien...

Esta vez solo vemos el Skytram desde aquí
Tan solo media hora después estamos ya apuntando nuestro primer fracaso. Detenemos el motor en el aparcamiento de las Athabasca Falls, desierto dadas las circunstancias. Lejos de amainar, el diluvio parece ir a más y solo me plantearía calarme hasta los huesos si no hubiéramos visto estas abundantes cascadas tres años atrás. Pero ya las visitamos, así que la tentación no es tal y preferimos sucumbir ante la evidencia de que revisitarlas no sería una experiencia agradable en estas condiciones. Haciendo planes mentalmente de cómo aprovechar el día en Banff si el tiempo no mejora y apenas hacemos paradas durante la ruta, reemprendemos la marcha.
Como decía, hasta del peor de los días se pueden extraer cosas positivas. Y uno de los momentos destacados de este día aciego nos estaba esperando pocos kilómetros más allá. Vemos como varios vehículos se detienen en el arcén más cercano a nosotros. Esto, en esta zona de Canadá, solo puede significar algo con patas por los alrededores. A veces son ciervos y en otras ocasiones se trata del premio gordo: un oso negro. Y ahí lo tenemos, deambulando a pocos metros de nosotros durante unos preciados minutos en los que se abastace de los arbustos sin inmutarse por nuestra presencia, fotografiándolo desde la ventanilla del automóvil.

Como diría Broncano: ¡Osoooo!

¿A qué sabrá esto?
Nuestra siguiente parada es en el aparcamiento que hace las funciones de balcón hacia el Stutfield Glacier. Nos encontramos un par de simpáticos cuervos expectantes ante las visitas pero de la lengua glaciar no hay ni rastro.

Está el día flojo, José Manué

El Stutfield ni está ni se le espera
Pasamos sin apenas aminorar la marcha junto al Athabasca Glacier, dejando a mano izquierda el hotel Glacier View en el que pasamos una nada barata noche a nuestro paso en 2016. Se trata de una lengua glaciar descomunal pero tan descaradamente explotada que el color gris oscuro que ha tomado el hielo en sus cotas más bajas debido a las cientos de incursiones para grupos turísticos que se realizan a lo largo del año lo deslucen demasiado. Si quieres caminar sobre un glaciar y no te importa pagar sumas nada despreciables por ello, este es tu lugar. Para nosotros ese debate ya pasó.
Pasamos también de largo, y este es el cambio de planes que más nos duele, los aparcamientos para las subidas a Parker Ridge y Wilcox Pass. La primera es la excursión que premia con vistas a uno de los lugares favoritos de L en todo el mundo que llevamos visitado, y la segunda un ascenso que no realizamos en nuestra anterior visita y cuyas vistas teníamos muchas ganas de descubrir. Sin aminorar la marcha al superar sus desvíos, especulamos ya con cómo podemos encajar en nuestra agenda para los próximos días las 4 horas entre ida y vuelta que nos costaría volver hasta aquí.
Cruzamos el límite entre los Parques Nacionales de Jasper y Banff. Aquí el cielo parece ganar algo de brillo, dándonos esperanzas de que quizás no esté todo perdido. Las montañas con formas agresivas luchan contras las nubes, dejando entrever en algunos calros sus negras paredes moteadas con bloques de hielo. Cuando llegamos al desvío hacia Peyto Lake, uno de los lugares de visita obligada en Banff, decidimos darle una oportunidad.
Habíamos olvidado una de las cosas más criticables de la gestión del parque: el estado del aparcamiento de Peyto Lake. Sin síntomas de mejora desde 2016, presenta un terreno lleno de baches y otras irregularidades que lo convierten en toda una aventura cuando el piso está embarrada y los coches y turistas se cuentan por decenas como es el caso. Nos prometemos no dar más que un dar de vueltas y abortar el intento de parar si no encontramos un sitio libre, pero la fortuna está de nuestra parte. Ataviados de ropa impermeable salimos al exterior a sabiendas de que lo que nos espera puede no ser ideal.
Para alcanzar Peyto Lake hay que pagar un peaje en forma de desnivel de unos 80 metros a superar a lo largo de 800. No es la cuesta más empinada a la que nos hayamos enfrentado, pero acometerla en frío y con las agujetas del día anterior le dan un plus de sufrimiento. La lluvia parece dar cierta tregua... hasta que alcanzamos el mirador, momento en el cual muestra su cara más violenta y obliga a cubrir el objetivo de la cámara entre toma y toma. Pasamos el tiempo justo más allá del balcón de madera oficial, buscando un lugar con una buena perspectiva sin poner en riesgo nuestra integridad física. Como es de esperar, Peyto Lake no muestra su mejor cara en ausencia del sol dando brillo a su agua de color turquesa. Pese a ello sigue siendo una postal que merece la pena contemplar incluso en la versión tan desmejorada que tenemos hoy. Además las inclemencias del tiempo traen un aspecto positivo: no hay tanto grupo de turista desconsiderado luchando por el mejor sitio en el que hacer la foto para su Instagram.

Otra vez aquí...

No está en su mejor momento, pero incluso así
El tiempo no solo está loco, si no que además tiene un peculiar sentido del humor. Tras descender desde el mirador calados, entrar en el coche y comenzar a conducir, en apenas 2 minutos tenemos ante nosotros el Bow Lake con colores mucho más vivos de lo que podíamos esperar gracias a que las nubes se están quebrando e incluso dejan ver pequeños parches de cielo azul entre ellas. El descomunal tamaño de esta orilla del lago consigue que el ambiente sea mucho más tranquilo pese a que los visitantes no paren de llegar. Nos acercamos sobre ruedas hacia un segundo parking desde el que se puede ver la orilla y decidimos comer aquí, aprovechando que el reloj ya marca las 12:45.

El tiempo mejora en Bow Lake

Con estas vistas decidimos comer
Con el estómago lleno, nos despedimos de lagos por ahora y damos el salto hasta el siguiente apeadero, el de Crowfoot Glacier. Con vistas a esa gran masa de hielo con forma de pata de cuervo, este era el lugar en el que tendríamos que haber comido.

Y con estas deberíamos haber comido
Nos aproximamos ahora al que es probablemente el punto más concurrido y ajetreado de todo Banff, y se nota. Los alrededores de Lake Louise están colapsados, con empleados del parque ataviados con chalecos reflectantes intentando poner el mejor orden posible dentro del caos circulatorio. Los carteles informan de que el aparcamiento del lago -que no es precisamente pequeño- está completo y el único modo de acceder a él es mediante el servicio de autobuses varios kilómetros más allá. Nosotros, que por ahora tenemos la revisita a Lake Louise en la lista de "posibles, pero no imprescindibles" nos devíamos a la Bow Valley Parkway, una ruta alternativa que separa Lake Louise de la ciudad de Banff en paralelo a la autopista más rápida.
La Bow Valley Parkway nos decepcionó a nuestro paso por ella en 2016, pero hoy queremos detenernos en un lugar que desconocíamos por aquel entonces. Recibe el nombre de Morant's Curve un recodo de la carretera en el que las vías del tren trazan una curva que, sumado a las montañas y vegetación de los alrededores, pueden brindar una postal de ensueño si el día acompaña. Evidentemente ese no iba a ser nuestro caso, pero aun así alcanzamos el lugar tras unos 10 minutos conduciendo y nos asomamos al balcón. Y en ese momento, veo como la gente gira la cabeza en dirección contraria hacia lo que parece una luz que se acerca por las vías. Contra todo pronóstico ya que sus horarios son tan irregulares como impredecibles, hemos coincidido con el paso de un tren. Lo que el karma te quita, el karma te lo da.

La providencia
Se suceden ante nosotros incontables vagones, todos con un aspecto descuidado y llenos de graffitis. Uno a uno van desapareciendo en la distancia tras tomar la curva hasta que finalmente la vía vuelve a quedar visible. Intentaremos volver en un día más soleado para disfrutar de esas montañas que ahora permanecen ocultas en el horizonte, pero sabemos que volver a coincidir con el paso de un convoy será prácticamente imposible.

No es la mejor foto posible, pero es mejor de la que podíamos esperar
Sin más paradas previstas, deshacemos los kilómetros de Bow Valley Parkway y nos reenganchamos a la Transcanadian Highway para dirigirnos ya sin más distracciones a la ciudad de Banff. Con mucho tráfico y de nuevo cielos oscuros, alcanzamos el corazón de la turística ciudad con aires suizos a las 15:00.
Localizamos la casa en la que pasaremos las próximas cuatro noches, pero gracias a Vodafone y sus ambiguas condiciones, descubrimos en el peor momento que en el saldo de nuestra SIM no están incluidas las llamadas a teléfonos canadienses. Tras esperar unos minutos por si el anfitrión aparece sin necesidad de avisarle, nos resignamos a hacer la llamada con nuestra línea habitual, aún a sabiendas de que O2 nos cobrará una no pequeña cantidad por el escaso minuto de conversación que necesitamos. A los cinco minutos llega el encargado de darnos paso al apartamento, un joven asiático que no superará nuestros 35 años. La sensación inicial al entrar en nuestro alojamiento para los próximos días es de decepción, especialmente al compararlo con el acogedor espacio del que disponíamos en Jasper.
Tenemos una sala única que combina dormitorio y salón con el único añadido de un baño completo. Todo se encuentra en buen estado, pero los servicios brillan por su ausencia. Lo que más nos duele es la ausencia de un microondas, el cual iba a ser muy útil para sobrevivir durante cuatro días en la nada económica Banff. Pagamos en efectivo el mayor desembolso por alojamiento de todo el viaje, para más inri. Aunque pasar de una habitación privada a un apartamento con baño privado sea una mejoría, no podemos evitar echar algo de menos ese Odenthal's Bed & Breakfast en el que pasamos nuestros días en Banff hace tres años.
Tras averiguar por la previsión meteorológica que la lluvia debería cesar dentro de dos horas, dedicamos ese tiempo a descansar y asimilar nuestro nuevo hogar mientras deshacemos las maletas. Dan las 17:15 y la previsión se cumple, así que nos echamos a las calles cargados con la ropa sucia para alcanzar la Cascade Coin Laundry, una lavandería autoservicio situada en la mismísima Banff Avenue, la arteria principal de la turística ciudad.
Ponemos en marcha una lavadora a base de monedas de 25 centavos que cambiamos en el mostrador. Me apasiona la imagen del matrimonio asiático de avanzada edad encargado del lugar contando suficientes monedas como para llenar un cofre que podría encontrarse Indiana Jones. Por siete dólares, iniciamos una carga doble de 30 minutos y decidimos aprovechar ese lapso de tiempo para dar una vuelta por los alrededores.

Laundromat time
El objetivo principal de nuestro paseo es estudiar la oferta de locales en los que poder desayunar durante las próximas mañanas, intentando que no todo se limite a pisar una y otra vez el Starbucks de la ciudad. Hay locales de mayor o menor nivel, pero por precio y oferta estamos bastante convencidos de que el más recurrente será el cercano McDonalds. En literalmente todos los comercios cuelgan carteles ofreciendo empleo, en muchos casos incluso ofreciéndose a pagar el alojamiento. Terminamos el paseo visitando una conocida juguetería cuyo nombre hace imprescidible visitar: Duck Duck Moose.

Paseando por la lluviosa Banff

Me quedé un poco con las ganas
De vuelta en la lavandería, una pareja de turistas franceses nos regalan su excedente de tiempo de secado, 18 minutos. Echamos dos dólares más para que, a razón de 3 minutos por cada 25 centavos, nuestra ropa de vueltas en caliente durante 40 minutos. Subimos mientras tanto a las plantas superiores del centro comercial en el que nos encontramos, con la esperanza de arañar alguna señal Wifi con la que pasar el rato.

Y ahora, a secar
Antes de regresar a casa solo queda un objetivo: conseguir la cena para hoy. Y no tenemos que pensarlo mucho, ya que guardamos un grato recuerdo de las bandejas de sushi y los expositores de comida caliente del cercano supermercado de la cadena IGA. Las expectativas se cumplen: salimos del local con una barcaza de sushi por 12 dólares para mí y una caja con nuggets de pollo y patatas para L, incluyendo una extraña bebida en el pack. Nos reencontramos al fin con los "wraps" que tan convenientes nos resultan para las excursiones, y completamos la compra con un capricho en forma de postre para esta noche.

Ay quién maneja mi sushi...
Dando el visto bueno al extraño refresco y disfrutando del ecclair de postre -qué dura será la dieta cuando volvamos a casa...-, dan las 22:00 cuando ya nos hemos duchado y estamos listos para apagar luces mientras oímos llegar a los vecinos del último cuarto que faltaba por ocupar en el sótano de este Alpine B&B. No ha sido el mejor día, pero ya estamos donde debemos estar.
