Llegamos al aeropuerto de Pico procedentes de Lisboa a las 5 de la tarde. Para ese día pocos planes teníamos, salvo pasar por el supermercado a comprar provisiones y tirar para el alojamiento en Calheta de Nesquim. Pero con lo que no contábamos es que con que íbamos a tardar una hora y media en pasar los controles de sanidad. Nada más desembarcar nos dividieron en dos filas, una para los que ya llevábamos el test PCR hecho del continente y otra para los que no. A nosotros revisarnos los datos que habíamos cumplimentado en el formulario de entrada al archipiélago, pero aun así demoró muchísimo. Una vez libres recogimos el coche de alquiler y al supermercado inmediatamente, que estaba a punto de cerrar. Compramos en el Hipercais de São Roque de Pico, uno de los más grandes de la isla.
La casa do Avô Faidoca era enorme, con 4 habitaciones y dos terrazas, además de vistas. Un lujo de casa, a pesar de haber sido reservada el día anterior.
1º DÍA: ESQUIVANDO LA LLUVIA
Ya sabíamos que el día siguiente a nuestra llegada el tiempo no iba a acompañar, así que decidimos empezar por una vuelta a la isla en sentido antihorario y a ver hasta dónde llegábamos.
En primer lugar, fuimos a la punta de la isla, donde hay un faro, y dimos un paseo por la roca volcánica que compone aquel terreno.

Seguimos por el norte de la isla, parando en algunos miradores. Hay uno muy bien acondicionado, que se llama Terra Alta y que debe tener muy buenas vistas a la isla de São Jorge, pero ese día estaba tapada.

Bajamos al pueblo de Praínha, donde estuvimos viendo la iglesia y las piscinas naturales (no para bañarse, claro).

También bajamos por el Parque Florestal da Prainha hasta la playa, por una sinuosa carretera. Se supone que había un mirador, pero no lo encontramos porque nos fiamos de google maps, y nos conformamos con las vistas desde la playa.

Seguimos y dimos con otro mirador que tenía vistas a la bahía donde se encuentra São Roque do Pico. Allí nos tomamos una cervecita.

Comimos en São Roque do Pico, en el restaurante del puerto. Tenían menú del día y eso pedimos. Comida buena sin ser de lujo a un precio ajustado. Dimos una vuelta por el puerto y continuamos bordeando la isla.

Paramos en las piscinas de Santo Antonio para ver las impresionantes olas que rompían en los acantilados, dejando multitud de cascadas en la retirada. Justo al lado está la Furna de Santo António, una zona de acantilados muy chula, donde tiene que ser un gustazo bañarse cuando el mar esté tranquilo, porque es muy bonito.

Desde allí fuimos a Lajedo, pero en vez de por la carretera principal, nos desviamos en Santa Luzia para ir por la costa. Paramos en algunos sitios que nos llamaron la atención, por sus acantilados o por su suelo negro salpicado de verde. Cuando llegamos al encantador pueblo de Lajido estaba lloviendo. Dimos un paseo por sus calles, viendo las casas tan bonitas que hay allí.

Después intentamos ir a los acantilados de Cachorro, pero llovía fuerte y no encontramos el camino. Decidimos emprender poco a poco el regreso. Paramos en el supermercado, donde compramos pescado fresquísimo para una barbacoa. En lugar de volver por la carretera del norte, atravesamos la isla por la EN2, donde por fin pudimos ver, solo por un momento, el Pico entre las nubes.


En el sur el tiempo estaba un poco mejor, y paramos en Lajes do Pico, una de las 3 poblaciones más grandes de la isla y desde también se intuía la montaña entre nubes. De camino a Calheta de Nesquim paramos en varios miradores, aunque la niebla persistía.

Una vez prendida la barbacoa, salimos a conocer el pequeño pueblo donde nos alojábamos. Nos gustó mucho la iglesia desde el puerto, dando la bienvenida a los pescadores.

