Todos los días nos despertábamos súper pronto para aprovechar así el día. Eso si, por la noche a las 10 muchos días también estábamos durmiendo. El cuerpo no daba para más. Este cuarto día visitaríamos las ruinas de Tulum, que están en un enclave único.
El día comenzó buscando algo para desayunar y como no teníamos ganas de marearnos mucho pasamos por un Oxxo al lado de las ruinas y nos compramos un par de cafés helados y un donut. Tras esto, empezó el camino para ver estas ruinas en el Mar Caribe. Hicimos todo el paseo caminando y lo vimos todo por nuestra cuenta en aproximadamente una hora y media. Aunque su estructura no es la más impresionante, el enclave en el que se encuentran las hacen únicas. Y es una pena que estuviera el sargazo para ver ese azul de fondo espectacular. Me llaman la atención todas las iguanas que había por todas partes.



Tras caminar y descubrirlas hicimos el viaje de vuelta al hotel ya muy acalorados. Entramos a primera hora y al salir ya llegaban todos los tours, asique hicimos bien en hacerlo así. Fuimos a la habitación a recoger las cosas y pusimos rumbo a Bacalar. Era uno de los lugares que más ganas tenía de conocer.
Fuimos directos sin hacer ninguna parada. 4 horas de viaje. Llegamos a nuestro hotel con salida a la directa: El Roble Nature. Nos costó 54 euros. Fue todo un acierto elegir un hotel con muelle a la laguna. El hotel tenía ese atractivo pero estaba un poco sucio. En la cama había “cositas” y me picaba mucho al dormir. De hecho dormí vestida y tapándome con una toalla.
Al llegar era la hora de la comida, así que preguntamos en nuestro hotel donde podíamos comer. Nos dijeron que un restaurante nos podía llevar el servicio al complejo. Y así lo hicimos. Pedimos a través de whatsapp la comida y mientras tanto nos dimos algún que otro chapuzón desde el muelle del hotel, nos tumbamos en las hamacas y disfrutamos.

Tras la comilona con unas vistas increíbles, descansamos un rato antes de conocer el pueblo de Bacalar. Muy recomendable y bonito. Es mágico. Visitamos el museo, el Fuerte de San Felipe y nos perdimos por sus calles. Para terminar la noche, tomamos unas cervezas en un chiringuito con vistas a la laguna y terminamos con una cena en La Playita, un restaurante muy recomendado por los usuarios de este blog. Les hicimos caso y acertamos. Esperamos un rato en la puerta porque hay cola y después entramos a disfrutar una exquisita cena. El precio era más elevado de lo normal pero nada caro para lo que comimos.

A pesar de que todo estaba muy rico, algo pasó en mi cuerpo que me sentó mal la cena. Sería el picante, el cansancio de todos los días, el jet lag... No sé... No podía ni moverme del dolor. Al llegar al hotel, me acosté con la ropa en posición bebé y me quedé dormida. Al día siguiente ya estaba como una rosa... pero el susto fue grande.