Me despierto con ganas de probar el café que compré en el súper. Busco la cafetera y me encuentro con un cachivache de plástico compuesto por 3 piezas que no soy capaz de montar. Busco las instrucciones en internet y consigo aclararme. Es una AeroPress, y, después del susto inicial, la encuentro un invento de lo más práctico.
Tomamos el café en la terraza, disfrutando de los árboles, los edificios soviéticos y el sol que hace hoy.
Nuestros amigos trabajan por la mañana, así que iremos a ver Helsinki por nuestra cuenta hasta la tarde, cuando nos reuniremos con ellos.
Hemos pensado en hacer la ruta típica que se hace cuando se tiene solo un día para ver la ciudad, pasando por algunos de los lugares de mayor interés del centro.
Salimos dando un paseo de 10 minutos hasta la estación de metro de Lauttasaari, que parece bastante nueva y está impoluta. Activamos nuestros bonos pasando el móvil por el lector, sin problemas, y bajamos por unas escaleras mecánicas infinitas hasta el andén.
Estamos en el centro en 10 minutos o menos (3 paradas). Salimos y nos encontramos con la maravilla de la estación central, que a simple vista no tiene nada de especial, salvo por los gigantes que sujetan los faroles.

A mi manera de ver, la estación principal de cada ciudad, tiene que definir el carácter de la misma, y tiene que ser el reflejo de lo que vayamos a encontrar al cruzar la puerta de salida. Es el primer edificio que mucha gente encuentra cuando llega a un destino, así que tiene que esforzarse por causar una buena primera impresión.
Como ejemplos, tenemos la estación central de Ámsterdam, la estación del norte en París, la de Rossio en Lisboa y Sao Bento en Oporto, Atocha en Madrid y (Sants, no) la de França en Barcelona, etc.
Y la estación de Helsinki es pura fantasía. Voy a hablar sobre ella en el siguiente párrafo, así que, si no te interesa, te lo puedes saltar.

La (atención#2) Helsingin päärautatieasema, tal y como la conocemos ahora, fue innaugurada en 1919 y diseñada por Eliel Saarinen, arquitecto “modernista”. Aunque la estación, de Art Nouveau tiene más bien poco. Su remodelación se planteó como un edificio de estilo romántico nacionalista, pero, en aras de la modernidad, pasó a rediseñarse en estilo Art Nouveau. Y tampoco fue así del todo. Se eliminó la mayor parte de adornos florales y orgánicos, propios de este estilo, y se optó por un estilo más cercano al Art Decó, o incluso a un estilo Sezession (interpretación vienesa del modernismo), más lineal y con menos florituras. Para rematar, el edificio se contruyó con enormes muros de granito, dejándolos prácticamente sin adornos, convirtiéndolo casi en un edificio brutalista en el contexto de su época (esto no, que aquí ya se me ha ido la mano). Los centinelas gigantes que iluminan y vigilan a los viajeros que entran y salen, son de estilo naturalista, pero tampoco, ya que sus cuerpos acaban en forma de columna, no tienen piernas.
Cabe destacar que, cuando el edificio se diseñó, Finlandia todavía no se había independizado del Imprerio Ruso, así que la estación, debe gran parte de ese contraste de estilos al hecho de formar parte de éste, y, a la vez, al de tener (el pueblo finlandés) un carácter propio y la voluntad de diferenciarse. La torre del reloj destaca en altura por encima de todo el conjunto, y está rematada en cobre (al que yo llamo “verde del este de Europa”). El interior es bonito: clásico y sencillo, y está muy bien organizado.
Dicho esto, cualquiera que llegue a Helsinki y atraviese su estación central, tendrá que darse cuenta de que está ante una ciudad difícil de clasificar, que se mueve entre lo clásico y la vanguardia, y para la que la estética es importante, pero, sobre todo, lo es la funcionalidad.

Seguimos la ruta hacia el Ateneum, el museo de arte de Helsinki, al que no entramos porque ya lo hicimos la vez anterior. En la esquina, bajamos siguiendo la ruta del tranvía en dirección a Esplanadi. Toda esta parte y hasta el puerto, es la que tiene los edificios más clásicos de la ciudad, y hay muchos centros comerciales. Podríamos decir que el es casco histórico, o la helsinki “bonita”, casi peatonal y comercial. Tranvías, adoquín y edificios clásicos: una combinación que no falla.
Llegamos a Esplanadi, que no tengo muy claro si se lo considera un parque ( se le llama así) o si es una calle. Hay carreteras a los lados y una rambla ajardinada con árboles en el centro. Supongo que es las dos cosas. Hoy, tenemos un clima muy agradable y hay mucha gente sentada en el césped. Pasear por aquí es una de las mejores cosas que hacer en Helsinki. Es, sin duda, una de sus calles más bonitas. Hay muchos comercios a los lados de la calle pero decidimos pasear solo por el centro. Encontramos el restaurante Kappeli, el más bonito de Helsinki (bajo mi punto de vista).

Al final del parque, está la fuente de Havis Amanda, que leemos que simboliza el renacer de Helsinki.
Pasada la fuente, nos encontramos ya en el corazón de la ciudad: la plaza del mercado.
Está muy animada, llena de paradas de fruta y verdura, souvenirs, artesanía, y de gente que llega desde todas las partes de la ciudad, y desde el mar.

Desde la plaza, se pueden ver las cúpulas de las dos iglesias que dominan el horizonte de la ciudad, ya que están elevadas por encima de todo lo demás. Los edificios de alrededor, construidos en su mayoría a mediados del siglo XIX, armonizan el entorno con sus colores pastel, líneas limpias y misma altura en toda la calle.
Aquí, volvemos a ver los contrastes de Helsinki que tanto nos gustan: por una parte, están las cúpulas de las iglesias y los edificios clásicos, y por otra, las piscinas, chimeneas, la noria y las paradas de mercado. Es curioso que el centro de la ciudad no sea estrictamente el edificio más emblemático, sinó un mercado y unas piscinas públicas. Helsinki es una ciudad construida para el disfrute de sus habitantes y seguro que esa es una de las claves de su éxito.
Ahora sí, vamos a ver la catedral de Helsinki. Está rodeada por una plaza enorme (la Plaza del Senado), y construída al final de una gran escalinata que acentúa su importancia y hace aumentar su tamaño, y es de estilo neoclásico. También, al igual que la mayor parte del casco histórico, fue diseñada por Carl Engel bajo las directrices del zar de turno. Todo el conjunto impresiona por lo blanco y vacío del lugar. Es bastante fotogénico. Entramos, y nos encontramos con un interior simple e igualmente blanco.

Después, vamos a por la otra, la catedral ortodoxa Uspenski (este nombre es más fácil de recordar). Está construída sobre una colina de roca, y también se accede a ella a través de una escalera, esta vez en el lateral. Está más ornamentada que la otra y es roja con cúpulas turquesa, todo muy del este. El interior tiene elementos de estilo bizantino y también está mucho más decorado. Nos gusta mucho su cúpula con estrellas.
Desde la plaza de la iglesia ortodoxa se puede ver la catedral Luterana aproximadamente a la misma altura, supongo que para indicar la igualdada en importancia de ambos cultos religiosos.
No sabría decir cuál de las dos me gusta más porque son demasiado diferentes. Tampoco hay porqué elegir...

Lo siguiente que hacemos es cruzar la plaza del mercado (kauppatori) e ir al mercado central (kauppahalli), ubicado en un edificio muy chulo. Paramos a mirar los puestos, la mayoría de comida, pescado y dulces. Todo tiene muy buena pinta y se nos empieza a abrir el apetito, así que volvemos a las calles del centro para buscar un restaurante. Todavía no sé porqué no decidimos comer aquí.
Encontramos un buffet libre a base de ensaladas, pasta y pizza, por unos 12 o 14€. No está mal. Si se quiere gastar poco dinero en Helsinki, hay muchos restaurantes de este estilo en el centro, entre el Ateneum y el mercado central, en los que llenarse por poco dinero.
Queremos ir a ver la Temppeliaukion Kirkko (la iglesia de la roca), otro de esos edificios únicos que hay en Helsinki. Tomamos el tranvía haciendo uso de nuestra app, la línea 1 o la 2 (no recuerdo cúal pero las dos pasan por allí), y llegamos en unos minutos al barrio de Töölö.
Los edificios que rodean la iglesia vuleven a tener ese aire soviético al que le estamos empezando a coger el gusto. Vemos la entrada a la iglesia y parte del montículo en el que está construída. El ambiente que hay dentro de la iglesia es de calma absoluta. Parece un templo genérico más que una iglesia luterana. Apenas hay símbolos religiosos y suena música de piano por los altavoces. La luz es tenue y se pueden ver las paredes de la roca y la magnífica cúpula de metal de color cobre. La visita a este edificio es en sí misma una experiencia.

Hago algunas fotos del interior, y de unas velas que hay encendidas pensando en lo originales que serán, y después, me encuentro con que venden postales con las mismas fotos de las velas que he hecho minutos antes...
Nuestros amigos nos escriben diciendo que ya están libres, y vienen hacia la iglesia montados en unos patinetes que han alquilado a través de una app. Nos los dejan probar y pensamos que la cosa tiene su gracia. Es divertido desplazarse así. En Helsinki, este “medio de trasporte” tiene algo más de sentido, porque hay poco tráfico, las calles son anchas y estan bien ordenadas, y tanto los coches como los patinetes eléctricos circulan ordenadamente por donde les toca (casi siempre).
Dejamos los patinetes y vamos caminando hacia la biblioteca Oodi, a la que tenemos muchas ganas de entrar.
De camino, pasamos cerca del Finlandia Hall, obra de Alvar Aalto, y llegamos a la plaza Kansalaistori. Como muchas otras, esta plaza también es una explanada de pavimento sin nada. Construir algo así en España debería ser multable, pero en Helsinki, que lo que se pretende es aprovechar bien los rayos del sol de sus relativamente cortos veranos, tiene sentido.
En esta plaza hay un poco de todo: el museo Kiasma, con unas formas que me recuerdan al Kumu de Tallin (por fotos que he visto de su interior, porque no hemos llegado a entrar), zonas alardinadas y parques para niños, alguna exposición al aire libre, el Parlamento (Eduskunta), y la Biblioteca Oodi, enfrentada a este último al otro lado de la plaza.

La fachada de la biblioteca es una ondulación de madera clara y cristal, que acaba en punta en uno de sus extremos. A medida que se acerca, sus formas van cambiando. Dentro, vemos un gran hall, muy diáfano, y la escalera de caracol a lo Museos Vaticanos en versión moderna. En la escalera están escritos los nombres que propusieron los ciudadanos de Helsinki para la biblioteca.

Subimos a la tercera planta y encontramos la sala llamada The Book Heaven, con un fondo de unos 100.000 libros, en la que hay gente leyendo, estudiando, trabajando con su ordenador, jugando, charlando, admirando las vistas... Es un espacio hecho para ser disfrutado por todo el mundo.

Su diseño sigue los principios del estilo nórdico: es funcional, está diseñado para aprovechar al máximo la luz natural, tiene formas orgánicas, y tiene árboles, todo enmarcado en blanco. Paseamos por allí. Hay una zona en la que hay niños jugando y nos sorprende que no se les escucha desde la otra punta de la biblioteca. Su acústica es magnífica y no hay efecto de embudo. La gente habla pero no se escucha sonido de fondo. Vamos a la cafetería y compramos unos zumos y pasteles que iremos a comer a la terraza.
Desde la terraza, muy agradable en días soleados, se puede ver la inmensidad del cielo azul, la Finlandia Hall y el Parlamento, de estilo neoclásico. Tanto la pared como la baranda son de cristal, así que el efecto aire libre está potenciado al máximo.
Igual que pasa con las iglesias del centro de Helsinki, la sensación que se tiene desde la terraza de la Oodi, es la de estar equiparada en altura con el Parlamento,así que da la sensación de que los edificios están equiparados en importancia.
Esta biblioteca es el mayor ejemplo de como cuidar a los ciudadanos y como invertir bien el dinero público. Nos acabamos los pasteles (un poco caros pero muy buenos) y bajamos al lavabo, que nos han dicho que tampoco tiene desperdicio. Tiene luces de colores, las puertas son translúcidas, todo es unisex, y automático. Algo así como el lavabo del futuro. En la planta intermedia de la biblioteca hay salas multifunción que no llegamos a visitar.
Nos proponen ir a la isla de Suomenlinna, así que vamos hacia el puerto dando un paseo (las distancias entre los puntos de interés del centro de Helsinki no son muy grandes), y allí cogemos un ferri que pagamos con nuestro abono de transporte de 48 horas. También entran los ferris para distancias cortas.
Llegamos a la isla en unos 15 minutos. Hay buenas vistas de Helsinki desde allí.

Compramos la cena en un supermercado que hay cerca de la parada de ferris, que consiste en unas ensaladas para hacer un picnic por unos 3€ cada una.

Soumenlinna, en realidad, es el nombre de la fortaleza que forman 3 islas de Helsinki. Es un espacio muy agradable, con algunos edificios y mucha naturaleza. Hay partes de una muralla, cañones, y casitas con el tejado cubierto de hierba, que parecen haber sido sacadas de Hobbiton. Paramos por allí a comer la enlsalada con vistas al Báltico. Se nos acercan unos patos blancos y negros que tienen algo de mala leche. No les hacemos mucho caso mientras nos van acechando.

Valtteri saca de su mochila todo su equipo fotográfico. Dice que desde allí hay puestas de sol muy bonitas y se ha traído hasta el trípode. ¡Qué alegría me da no ser la única que va a ser pesada con las fotos! Durante la próxima hora, vamos a dedicarnos a ir buscando la puesta de sol desde diferentes puntos de la isla, mientras nuestras parejas charlan y disfrutan del paisaje (armados de paciencia).
Pese a estar nublado, nos salen unas fotos bastante bonitas. Las puestas de sol aquí son muy largas y muy doradas.

Volvemos al centro en barco y empezamos a ver las luces de la ciudad. Está oscureciendo y el contraste entre la iluminación cálida de los edificios y el azul oscuro del cielo queda muy bien. Helsinki desde el mar es tan bonita como desde la tierra.
Volvemos a la estación central paseando por Esplanadi, que también destaca por la iluminación nocturna de los edificios que hay a los dos lados de la calle, y cogemos el metro hacia Lauttasaari.


