Hoy empieza nuestra ruta en transporte público, nos desplazamos en bus hacia Stirling.
El autobús es una forma super económica de viajar, y el trayecto es cortito. A media mañana estamos dejando las maletas en un céntrico hotel de la ciudad y vamos a visitar el castillo.
Ya tenemos tickets reservados por internet. A las 11 hay poca gente, pero en un par de horas se pondrá hasta los topes.
El castillo tiene orígenes del siglo XI, y ha sido testigo de asedios y batallas contra los ingleses con protagonistas como William Wallace o Robert the Bruce, pero lo que vemos actualmente, tanto los diferentes edificios como el mobiliario interior, es del siglo XVI.
La audioguía representa que está narrada por un habitante del castillo de esas fechas, cuando aquí vivieron los reyes James IV, V y VI, y la famosa Mary Reina de los Escoceses. Nos va guiando tanto por los exteriores como por los interiores y nos relata eventos como coronaciones, traiciones, etc.
No sólo es fácil imaginar la vida en esa época gracias al gran detalle en la decoración y mantenimiento de suelos, techos y muebles, sino que ciertas salas están teatralizadas, y hay actrices vestidas del siglo XVI que cuentan la vida y anécdotas de la época.
La visita completa dura más de dos horas y tenemos hambre.
El centro está lleno de restaurantes. Stirling es pequeño y se puede hacer todo caminando. La verdad es que para tener un castillo tan importante a nivel histórico, nos parece que no está masificado de turismo y mantiene aún su aire auténtico.
En la misma colina del castillo está el Argyll’s Lodging, un edificio medieval actualmente cerrado por mantenimiento,
el histórico Cowane Hospital, que también lo encontramos cerrado, la iglesia de Holy Rude, que hoy no abre,
y la Old Town Jail, la cárcel, actualmente musealizada, que no visitamos.
En el montículo central del cementerio que está entre la iglesia y el hospital se consiguen unas bonitas vistas del castillo.
Por la tarde nos acercamos a las ruinas de la abadía de Cambuskenneth. Queda un solitario campanario, un pequeño cementerio y poco más.
Después de debatirnos si valía la pena o no, nos acercamos al Monumento Nacional Wallace tomando un autobús público. Nos deja a una media horita de la cima. Para los que van en coche, justo en el parking hay una cafetería, un baño y una tienda de souvenirs. Desde ahí, es menos de un cuarto de hora de colina.
No entramos, ya está cerrado, pero disfrutamos con las vistas, tanto del paisaje, como del original monumento victoriano dedicado a este héroe nacional.
La vuelta al centro no va según lo previsto, el autobús simplemente no pasa.