Hoy bastante más relajados nos despertamos un poco más tarde de la habitual, nos vestimos para la ocasión. Yo iba bastante decentita, pues entraríamos en mezquitas y me gusta respetar las costumbres de cada cultura y religión. En la mochila metimos la guía, la botella de agua en su funda, unos bocadillos, las gafas de sol, un pareo grande para cubrirme el cabello y unos calcetines para no utilizar los mismos que teniamos puestos con el calzado y por su puesto la cámara de fotos. Hoy nos pusimo protector en el hotel y no nos lo llevamos, la verdad es que el día anterior pillamos un morenito albañil la mar de bonito.
En el desayuno nos pusimos como el kiko, pues no sabíamos si encontraríamos momento para comer algo, o a qué hora lo haríamos.
Salimos del hotel y caminamos un tramo hasta llegar al puente, zona dónde hay mucho tráfico. Los taxis se iban parando para ofrecernos sus servicios, nosotros sólo queríamos pagar 10 libras por ir a la ciudadela y todos nos decían que no, hasta que paró uno y nos dijo que si, pero resulta que el chico no entendió nada, así que se paró en la puerta de hotel Grand Hyat y llamó a uno de los maleteros. Hablaron algo y éste se dirigió a mi: "Madame ¿dónde quieren ir los señores?" le dije que a la Ciudadela de Saladino por 10 libras y éste se lo comunicó al taxista y puso el coche en marcha sin decir nada más. LLegamos a la entrada, pagamos y el taxi se fue. La verdad es que están super acostumbrados a tratar con el turismo, se saben buscar la vida muy bien. Subimos la cuesta que va desde la entrada hasta el acceso a la Ciudadela, ya que está construida sobre una colina, pasamos el control, pagamos la entrada y fuimos en busca de la mezquita y el palacio. Nada que destacar queda del palacio de Saladino, muy mal conservado y sucio, pero si es verdad que conserva esa grandeza que un día debió tener en algunos detalles, como las fotos de las familias que allí vivieron, las lamparas, espejos, etc.
Desde la terraza que hay entre el palacio y la mezquita hay una vista impresionante del Cairo. Se aprecian los cientos de alminares apuntando al cielo, las casitas bajas y los bloques de pisos sin terminar con sus decenas de antenas parabólicas (no me explico por qué no adecentan las fachadas de los edificios, siguen en bruto). Si tienes suerte y te pilla un día claro, sin mucha contaminación, puedes ver las pirámides de Gizé.
La mezquita de alabastro es preciosa, tanto por dentro como por fuera, aunque es cierto que a mi parecer no coindicen en estética. El exterior blanquecino, con aspecto frotificado y muy bien cuidada. Por dentro domina el color, sobre todo el verde y el dorado. Las lamparas circulares rodean la alfombra. El ambiente que se respira es íntimo, acogedor, a pesar de ser bastante grande. La alfombra roja, contrasta con la cúpula verde. La entrada no está en la plaza de la que hemos hablado, sino que debes rodear la mezquita, buscando un patio, con una fuente. Allí te puedes quitar los zapatos y tienes dos opciones dejarlos al hombre que está en la puerta, pero luego tendrás que pagar una propina, o llevar una bolsa e introducirlos en la mochila.
Cuando entramos había bastante gente dentro, pero todos muy respetuosos, silenciosos y mostrando mucho decoro. Nos sentamos sobre la alfobra y escudriñamos cada rincón. Pedimos a un turista español que nos hiciera una foto y salimos al patio de nuevo.
Seguimos las indicaciones de las flechas que existen para los turistas, que te llevan a una plazuela, en ella puedes acceder a varios museos, entre ellos el militar, pero no nos interesaban. Entramos en otra mezquita, ésta mucho más simple, casi toda al aire libre, pero con el suelo igualmente enmoquetado. Realizamos la misma operación con los zapatos y los calcetines, cosa de la que me alegro, pues la moqueta tenía más roña que las uñas de un carbonero. Una vez dentro nos encontramos con una pareja de catalanes, muy simpáticos, ellos estaban haciendo el viaje de forma inversa a nosotros y nos quedamos un rato contándoles lo que les esperaba y pasándoles el teléfono del taxista que nos llevó a Sakkara. Salimos los 4 juntos y nos dirijimos a la mezquita de Hassan. Es pequeñita, pero preciosa, casi no llegan allí los turistas, pues está pegada a la muralla de fortificación. Te recibe el guarda y te explica todo lo que puede, incluso bajamos a la parte inferior donde está enterrado el Sultán Hassan y toda su familia. Al salir le dimos una propina. Le preguntamos a la pareja que nos acompañaba que a dónde iban, y el destino era el mismo, el barrio copto, por lo que pillamos un taxi juntos por 20 libras y lo pagamos a medias.
Una vez allí accedimos por un arco y bajamos unas escaleras. La entrada a la ciudadela es gratuita. Posee estrechas callejuelas, con mucho encanto que me recortaban la judería de Sevilla. Hay varias iglesias todas bonitas, entre las que destacan la "Iglesia Colgante" el-Muallaqa (el templo cristiano más antiguo de El Cairo construido en lo alto de una puerta romana); San Jorge; Santa Bárbara; y San Sergio. Esta última ubicada donde, según la tradición, vivió la Sagrada Familia durante su huída a Egipto. Según indica un cartel el lugar dónde se guareció está en un sótano, al que no se puede aceder, sólo se puede ver una escalera con una reja que daría entrada a la cueva. Son todas iglesias pequeñitas, y su situación se encuentra muy bien indicada. De todas formas la policía intentará ayudarte, pero no te dejes, pues lo que buscan es una propina. Las mujeres mayores sentadas en sus puertas, abiertas, desde la que se ven patios con macetas, me recordó mucho a Andalucía.
También hay que destacar la sinagoga de Ben-Ezra que fue levantada en el 600, es pequeña igualmente, pero con mucha historia. Cerca de ésta hay un cementerio, al que se accede sin problemas, caminamos un rato por él, pero decidimos salir, pues empezó a darnos mala espina, no sabría decir por qué.
En las callejuelas hay muchos tenderetes, con imagenes de santos cristinos, calendarios, y todo tipo de recuerdos. Algunos callejones están decorados por banderines, como si vivieran en una feria continua.
No tardamos mucho en recorrer el barrio, quizás un par de horas, quizás menos, pensabamos que nos llevaría más, así que no teníamos nada decido. Volvimos a pillar un taxi a medias con la pareja catalana y nos apeamos en le mercado. Nos despedimos y nos deseamos suerte. Ellos se adentraron en el mercado y nosotros salimos en dirección contraria. Nos sentamos en un garito a tomar una cola calentona y a decidir que haríamos. Nos dimos un paseo por la zona, vimos varias mezquitas por fuera, intentando hacer estómago, para comer, pero habíamos desayunado tando, que no había nada de ganas.
Entramos en el mercado de Hussein, está justo pegado a El Khalili, pero éste está destinado más a la población autóctona. Aquí no ves venta de suvenirs, sino todo tipo de enseres, colchas, almohadas, cacerolas, especias, etc. Caminamos hasta llegar al otro mercado y buscamos el café de los espejos. Es un lugar peculiar, no muy grande, pero si alargado, de estética romántica. Nos pedimos 2 tés con menta, vamos con hieba buena, estaban riquísimos. Mientras nos bebiamos los caldos, parecieron 2 niños vendiendo pulseras de madera. El mayor muy simpático, hablabla el español asombrosamente bien. Nos contó que hablaba 7 idiomas, que los había aprendido en la calle y que nos vendía 10 pulseras por 2 €, se las compramos, pues nos dieron pena.
Cuando terminamos con nuestras bebidas nos dimos un paseo hasta encontrar una calle que fuera exterior para pedir un taxi. Un chico, muy amable nos dijo que él no quería nada, tenía una tienda, pero deseaba practicar el español, le pedimos que nos parara un taxi para ir a una zona comercial, calles llenas de tiendas chic, y nos lo consiguió, cómo recompensa un bolígrafo, creo que era justo. Esta zona se notaba que era más rica, las tiendas exponían sus artículos en los escaparates con sus cartelitos llenos de números raros, para traducirlos necesitamos la guía, la verdad es que todo está más barato que en España. No compramos nada, pero nos dimos un paseo muy agradable. Cuando nos cansamos de la zona decidimos ir caminado hasta el río, era todo línea recta según nuestro mapa. Cuando llegamos al puente ya podíamos ver el hotel, así que continuamos con la caminata, ya teníamos calientes las piernas y no nos dolían tantos las agujetas, salvo al bajar escalones.
Cuando llegamos al hotel nos cambiamos, nos comimos los bocadillos que llevamos durante todo el día en las mochilas (eran las 6 de la tarde) y fuimos a la piscina, un chapuzón que nos dio la vida, la verdad. Cuando se hizo de noche subimos a la habitación, nos arreglamos y bajamos al restaurante mediterraneo a cenar. Luego a la camita, que las agujetas no nos dejaban ya dar un paso más.