Nos despertamos a las 7.oo a.m. con el tiempo de desayunar y preparar nuestras mochilas para la aventura del desierto (Protector solar, gorras, gafas de sol, bolsa isotónica con agua, abanico, caramelos, la guía y unas galletas). Yo estaba un poco inquieta, no sabía si el hombre que no llevaría a estos sitios era defiar, si nos haría todo el recorrio, o por le contrario querría cobrar más o nos dejaría tirados. Yo me conformaba con ver algunas cosillas, así que con esa esperanza salimos del hotel. Pasamos el control del K-9 que había a la salida del hotel y allí nos estaba esperando nuestro chofer.
Salimos dirección a Sakkara y por el camino en un inglés mediocre, algunas palabras árabes (pues nuestra guía traía un glosario muy completo con la fonética de la palabras) y el idioma internacional que es el de los signos, fuimos todo el camino hablando. Algunas veces no nos entendeiamos en inglés por el acento tan diferente al pronunciar, entonces él sacaba un boligrafo y un papel y yo le escribía la frase o él a mi. Así nos contó que era cristiano copto, que tenía 4 hijas y 1 hijo. Nos enseñó fotos de su familia, en ceremonias religiosas y actos sociales. La verdad es que fue muy atento.
La población cercana a el recinto funerario de Sakkara me gustó mucho, las calles de tierra y las casa de adobe, las puertas de colores. Las tiendas, carnicerias, herrerias, todos los oficios que que tenemos aquí y muchos otros que ya se han perdido. Es cierto que sólo por esto merece la pena hacerse los kilómetros.
Cuando llegamos a la entrada del recinto le dio dinero a un policia turístico y nos comentó que era muy normal hacerlo, le pasó una libra de una forma muy disimulada. Nos bajamos del coche y acudimos a la taquilla, pagamos la entrada de ambos y la del coche, que si no recuerdo mal eran 2 libras.
Una vez pasado los trámites paró en el primer aparcamiento, desde él se accedía al museo de Imhotep.
Es muy pequeñito, pero super moderno, con todos los adelantos, humidificadores, control de temperatura, aire acondicionado, detertor de movimientos entro de las urnas, todo lo que estamos acostumbrados a ver en museos modernos. Sakkara es uno de los centros donde se encontraron los restos más antiguos de Egipto, por lo que tiene cosas fascinantes. Tiene una momia muy bien conservada, la puedes ver tranquilamente, sin agobios ni colas y es gratis, pues todo está incluido en la entrada del recinto. Estábamos sólos, salvo por una limpiadora muy simpática que nos preseguía mocho en mano para quitar nuestras pisadas. Pasamos por el aseo antes de ir al coche. Muy limpio, pero como siempre debes dejar una propina.
Subimos al segundo aparcamiento, me sorprendió lo tranquilo que estaba el recinto, no se si por la hora, serían las 9 de la mañana, o por que la gente no se arriesga a pillar un taxi por su cuenta. Pero la verdad es que todo nos salió a pedir de boca, y nos ahorramos un pico en excursiones con la agencia.
Desde el segundo parking se accede a un conjunto funerario pequeñito, un par de mastabas y una pirámide, la de Titi. La primera mastaba es encantadora, estabamos sólos, bueno acompañados por el guarda que nos acompañaba y explicaba en inglés y gestos las pinturas, la disposición de las estatuas, el sarcófago, etc, ya que todo eso está en el museo del Cairo. Le preguntamos si se podían hacer fotos, pese a que en la puerta lo prohibe, nos hizo el gesto de silencio y nos dijo que por 1 pound nos dejaba. Y así fue. Después caminamos un poco y nos encontramos con la piramide de Titi. Era la primera pirámide en la que ibamos a entrar, se apreciba la rampa de madera con los travesaños de hierro para poder fijar los pies y no rodar hacia abajo. Uff me daba un poco de palo, pero bajamos, eran 10 metros y pasamos rápido. Luego acedeimos por un túnel muy, muy bajo a una sala más amplia y alta, la del sarcófago, iluminada con luces de colores, allí nos esperaba el guarda. Realizamos la misma operación que con el anterior y por una libra hicimos fotos, sin flash, pues están bastante bien iluminados por dentro y para que no se advirtiera desde fuera y no pudieran decir algo los policias que hay a la entrada de cada monumento. A la salida notamos el calor, dentro se está más fresco. Buscamos el coche y nos llevó al tercer a parcamiento.
Desde él accedimos a una mastaba, preciosa, muy decorada con pinturas y relieves que ser conservan de forma espectacular. El guía fue muy amable y durante largo rato nos acompañó y explicó todos los grabados y la historia del personaje que mandó contruir dicho enterramiento. Este sólo nos pidió tabaco y chicles.
El emiciclo de los filósofos es algo que te puedes saltar, aunque te pilla de paso hasta la siguiente mastaba, la más fascinante. En esta queda muy poco a ras de suelo, casi ni se ve, si no fuera por la reja metálica que marca su perímetro y el puesto de control de la policía turística. Cuando llegamos nos recibió el guarda, muy atento y simpático, nos indicó que había que bajar unas escaleras que casi eran de caracol y pasar por un pasadizo muy estrecho y bajo, hasta llegar a la sala del sarcófago, donde nos hicmos fotos, de todo tipo, juntos, por separado, dentro, fuera, de pie, sentados. Los grabados son muy buenos y aún se conservan estatuas del faraón. A la hora de salir nos costó más trabajo desacernos de él. Nos pedía más dinero, le dimos 3 libras, 5 cigarros, se quedó con un mechero y un poco más y nos saca hasta las tripas.
En el siguiente parking creo que se accedía a la mastaba de Inhotep, el arquitecto de la pirámide escalonada de Zoser. El guarda estaba dormido sobre unos cartones y al llegar lo despertamos. Supongo que no muchos turistas llegan hasta aquí y mucho menos los grupos. Los relieves eran muy bonitos y pintados de colores vivos, al parecer murió antes de que se pudiera terminar, por lo quedó inconclusa, toda una pena. Con éste fuimos ya más precavidos y cuando nos ofreció hacernos fotos le contestamos que no teníamos camara, ya no nos fiabamos, estos son muy listos.
La pirámide de Zoser la están restaurando, no se puede entrar y tiene un andamiaje montado en la parte baja, pero aún así impresiona y es bonita. Las contrucciones que tenía alrededor si estaban llenas de turistas, pero tampoco es que fueran muy especiales.
Cuando llegamos al coche le dijimos que nos llevara a Dashur. Ésta población no se encuentra muy lejos y es aún más pobre que la anterior. En el acceso al recinto se compra la entrada, y también se paga por el coche. Nos surgió un problema, nos habíamos quedado sin moneda o billetes pequeños y en la taquilla no había cambio de 200 libras, así que le pedimos al chofer que nos prestara el pico que nos faltaba y nos lo prestó muy gustosamente. En este recinto hay 5 pirámides, pero la mayoría están derruidas, las más conocidas son la pirámide roja y la romboidal. Cuando llegamos al pie de la pirámide roja me quedé sin habla. Me pareció colosal, no se si las de Gize son mayores, pero con tanto bus, turista, camellos, etc, pierden mucho encanto. Nosotros estabamos sólos, el único coche del parking era el nuestro, fue entonces cuando entendí que no hubiera cambio en la taquilla. El acceso se encuentra a mucha altura, a mi me pareció como subir a un quinto piso sin ascensor. El sol pegaba cómo lo hace en Sevilla a las 3 de la tarde en plena calle de asfalto. Las escaleras zipzaguean por la pirámide, acompañadas de un pasamanos que no es de mucho fiar. Cuando llegamos arriba nos encontramos con un hueco de 70 cm. de ancho y 1.20 cm de alto y la bajada era de vértigo. Al ver la cara que pusimos el guarda, que estaba dando cuenta del almuerzo, afirmó en un inglés muy seco: "They are sixty meters of descent" a lo que yo contesté en un español majuro; "sesenta metrosssss, yo no bajo". La verdad es que me obligaba Fernando, "después de llagar hasta aquí, tienes que bajar". Me sente en la entrada mirando hacia abajo y con más miedo que 11 viejas. Se escuchaba un ruido, un estruendo muy desagradable que provenía de dentro. Comencé a descender, casi sentada, pues soy muy alta y me era imposible hacerlo en cuclillas sin darme un coco. Cuando había bajado unos 10 mtros me di cuenta que era ese ruido. Dentro de la pirámide había tres turistas, ingleses, al ser el suelo de madera los golpes de los pies se acentuaban y se multiplicaban por el eco creado por la propia forma de la pirámide. Entonces me relajé, me senté y esperé que subieran los tres. Nos cometaron que eran impresionante. Cuando llegué abajo me encontré en un pequeño habitáculo que te dejaba imcorporarte y entirar los músculos. Luego tenías que volver a encojerte para pasar un pasadizo corto, pero muy bajo. Una vez superado ... lo indescriptible. Una habitación oscura, con las paredes a dos aguas, formando una pirámide escalonada hueca. La pidra cortada con exactitud, limpia, sobria, sin colores ni grabados, pero sin duda lo que más me impresinó del viaje, fue esta sensación. Cuando me di cuenta me estaba asfisiando. Dentro huele a amoniáco puro, supongo que será por el exceso de dióxido de carbono, la humedad de la respiración y el sudor y la falta de ventilación. Por el túnel que desciende, baja un tubo que se supone que es para ventilar, pero si no le ponen un extrator o un ventilador o algo, lo veo muy complicado.
Al fondo de esta estancia hay una estructura de madera, que soporta una escalera de varios cuerpos, es de madera, pero te permite subir cómodamente a una zona idéntica a la anterior, se supone que esta era la camara del sarcófago, lo que no logro entender era cómo lo subían hasta allí. Con el tiempo te acabas acostumbrando al olor, pero notas cómo te vas quedando sin fuerzas, así que decidimos salir de allí.
La subida es aún peor que la bajada, imagina, que debes subir con el cuerpo hecho una bola. Las piernas se cargan muchísimo y te obligan a hacer paradas. Cuando llegué arriba estaba empapada en sudor, colorada como un tomate y me temblaban tanto las piernas que me sentí incapaz de bajar las escaleras. Me senté junto al guarda y este se descojonaba igual que Fernando. Al poco decidimos bajar, pero me seguían temblando las piernas. Nos encontramos a un grupito de españoles que viajaban por su cuenta y que estaban interesados en saber que les esperaba. Mi respuesta, "compruebalo tu mismo, esto ha sido lo más impresionante que he hecho en Egipto, aunque me voy a tener que ir para el hotel".
El taxista nos esperaba con el motor arrancado y una sonrisa. El viaje de vuelta fue en silencio, ufff, creo que cada uno rumiaba lo que había visto, sentido y padecido. La valoración de esta experiencia, pese a la rampa de subida, un 10.
Eran las 15 horas cuando llegamos al Cairo de vuelta y la verdad que lo que necesitabamos era una ducha, comer algo y una siesta. El conductor nos preguntó si queríamos ir al hotel o a un supermercado. Nos pareció buena idea y nos paró en un Neto. Allí compramos bebida, pan, chacina, fruta, galletas y bombones para los hijos de nuestro chofer. Éste muy agradecido por el detalle nos levó al hotel, pasamos de nuevo el control antiexplosivos y subimos a la habitación. De la siesta nos despertamos cerca de las 8 de la tarde, así que nos fuimos a la piscina y subimos a ponernos guapos. Yo estaba muerta, tenía tantas agujetas en las piernas que me costaba bajar el escalón del acerado, Fernando estaba igual que yo, pero no podíamos perder la oportunidad de salir a cenar a la zona del centro.
Nos dimos un paseo de nuevo por el mercado, la verdad es que de noche es mágico, no compramos nada, pero nada más que el olor de relaja. Hacía calor, pero yo llevaba mi manga larga, decidí estrenar la chilaba cortita que me había comprado el primer día ane Assuan.
Tras el paseo se nos abrió el apetito, le preguntamos a uno de los dependientes de un puesto del principio, que habla español perfecto y que conocíamos del día anterior, dónde podíamos cenar. Nos dijo que pese a ser muy turíatico en la plaza de Hussein había un local muy recomendable, se pronunciaba algo así como "Cuchara", jejeje.
Al final nos decidimos un un sito que tenía como sofás tapizados de forma retro, con mesitas. Nos tomamos unas colas, un plato de carne mixta, a la brasa y una ensalada rara. La carne estaba muy rica, venían dos raciones de chuletitas de cordero, churrasquitos de pollo y como una especie de mezcla entre salchicha y albóndiga, que estaba de muerte. Cuando nos dimos cuenta teníamos un gato subido en la mesa, menos mal que habíamos acabado de comer. Nos pedimos una shisha de manzana. Yo no fumo, pero tengo que reconocer que un día lo hice y me gustó recordar aquellos tiempos con tabaquito de manzana. Se agarra un poco a la garganta, y coloca un poquitín, pero quizás fuera por la falta de costumbre, jejeje. La verdad es que se estaba es la plaza muy agusto. Cuando nos cansamos de la shisha pedimos la cuenta y salimos en busca de un taxi para volver al hotel. (Por cierto no lo he cometado antes, pero es muy recomendable llevar el nombre del hotel escrito en árabe, te lo puede hacer algún guía o en el propio hotel, pues muchos taxistas dicen que te entienden y luego no es así, o como en nuestro caso que existen dos hoteles Sofitel en el Cairo)
Tardamos muy poco en llegar, pese al tráfico, y nos fuimos a dormir que aún nos quedaba un día y medio en el Cairo y había que reponer las fuerzas perdidas