En mi cabaña nos levantamos poco antes de las 6h, habiendo dormido unas buenas 8 horas de rigor.
¿La razón? Empieza a amanecer y, evidentemente, vamos a ver la salida del sol. Un amanecer entre algunas nubes en el horizonte, pero con varios huecos por los que ver el sol. Y, de propina, pasa algún delfín por el mar. Una postal idílica que nos pasamos más de 20 minutos contemplando.
A las 7:00h, los Gunas nos llaman para desayunar: huevo revuelto, fruta y café. Más que correcto.
Luego, un rato en la playa, que hace mucho sol y lo mejor es estar remojado. Hasta que a eso de las 9:45 h me vienen a buscar para llevarme a Isla Pelícano (que no es la de La Casa de Papel). La Isla Pelícano en cuestión está a 10 minutos (o menos) de Isla Diablo y es diminuta. Literalmente, solamente hay una cabaña con un aseo de anexo, 3 o 4 palmeras, y algunas hamacas. El resto: arena y mar. Al bajarme de la barca, me hacen pagar 3 dólares por estar allí (hay algunas islas que hacen pagar por su exclusividad). En ese diminuto paraje, estoy solo, únicamente con la familia que la regenta y una pareja que también ha ido a parar allí. No es de las concurridas, lógicamente, por sus medidas limitadas.
Me meto en el agua con el fin de hacer snórkel y, al principio, pienso que menudo timo, porque en el agua solamente hay arena y algas. Pero conforme empiezo a dar la vuelta a la isla, y algo más adentro, me encuentro con un fondo marino espléndido. De donde me he bañado en San Blas, el mejor. Multitud de peces nadan por allí, así como la presencia de flora marina y coral. Disfruto como un enano hasta que finalizo la vuelta y, viendo esa hamaca tan fotogénica, me tumbo un rato y pido que me hagan la foto de rigor (las desventajas de ir solo: tener que siempre que pedir). Luego me vuelvo a meter en el agua, hasta que me vienen a buscar. En total, he pasado más de 90 minutos en un sitio donde me he sentido privilegiado por la exclusividad y la calma con la que he estado.
Me llevan de nuevo a Isla Diablo para comer: Pulpo al ajillo con papas. Cumple de sobras.
Luego, tengo un rato más de playa hasta que a eso de las 14:30 me vienen a recoger para llevarme de nuevo al continente. Antes, pero, tienen que llevarme a Cartí, para visitar la aldea Guna.
Pienso que me llevarán a mí sólo, pero me suben en un barco junto a otra gente, incluídas 2 de mis compañeras de cabaña (las cuales sé que no hacían el tour). Navegamos hacia Cartí, encontrándonos con delfines de por medio y un pequeño aguacero.
Al llegar a Cartí, me dicen de bajar. Solo yo. Pienso que debo coger mis cosas y que llevarán los otros a tierra, pero no. Uno de los Gunas me lleva con él para enseñarme el pueblo y contarme sobre ellos. La visita dura 30 minutos y me lleva por alguna calle enfangada y estrecha (Cartí es así, no hay demasiado espacio). Visitamos la zona donde hacen las celebraciones y, luego, la Casa de Congresos, donde hacen reuniones y ritos religiosos. Es un lujo tener el guía solamente para mí y poder preguntarle de todo.
Charlamos un buen rato hasta que me lleva de nuevo a la barca. Y veo que mis compañeros de viaje siguen allí, que tenían que esperar a que terminara la visita. Iluso de mí, pensaba que les llevarían y luego me recogerían a mí solo. Parece ser que uno de los patrones del barco les ha enseñado su casa para pasar el rato, pero entiendo que me han debido maldecir por haberles obligado a hacer esa parada. También, yo la había contratado en mi tour y, al ser el único interesado, me han puesto con otros viajeros para economizar. Entiendo que en temporada alta deben enviar un barco específico al poblado y otros directamente al puerto. Opino que deberían haber ofrecido la opción de visita a los que forzadamente tuvieron que esperarse (algunos la tenían, pero había gente que iba en pasadía que dudo que lo tuvieran). En todo caso, bien por mí, mal por ellos.
Llegamos al muelle y nos distribuyen en todoterrenos para llevarnos a Ciudad de Panamá. Me toca un conductor muy charlatán y simpático que nos cuenta muchas cosas de Panamá a mí y a cuatro colombianos. La americana texana se medioduerme todo el rato, y más al ver que la conversación está monopolizada en español. Paso un muy buen rato y aprendo tanto del panameño como los colombianos, haciendo las casi 3 horas de vuelta muy amenas.
Me dejan el hostel, donde me ducho y bajo a cenar algo. La Lonely Planet de Panamá* me engaña y no encuentro el restaurante italiano que tanto recomienda cerca. Viendo el panorama y las otras ofertas, prefiero confiaen los veci*nos colombianos y meterme en "Las arepas de vía España", un colombiano donde me atraco un plato combinado típicamente colombiano y un buen capuccino, hecho con café de Colombia, que acabará siendo el que me tome más a gusto de todo el viaje. El restaurante está animado, ya que hacen noche de karaoke, donde solamente canta uno de los camareros con el fin de animar a los clientes, sin éxito. Pago los 15 dólares que me cuesta todo y me voy a descansar. Bueno, a reordenar un poco la maleta primero.
Mañana toca levantarse pronto para partir hasta Santa Catalina.
*Debo comentar que, si bien me suelen gustar las recomendaciones de restaurantes de Lonely Planet, las de Panamá las he visto demasiado enfocadas al público norteamericano. Había muchas recomendaciones de internacional -también panameña, pero no tantos como podrían-, y muchos restaurantes regentados por estadounidenses. Esto no tiene que ser malo, pero cada 2 por 3 lo leía y, la verdad, prefería cosas más enfocadas a público local. Entiendo que en Santa Catalina te lo tengas que tragar, pero en Boquete, Bocas del Toro o Ciudad de Panamá había más variedad.