El valle del Cocora era uno de los puntos fuertes del viaje y el día prometía ser intenso. Desayunamos en la terraza de nuestra habitación y salimos en dirección al valle, que está a apenas 10 minutos de Salento. Antes, paramos en una pequeña tienda del pueblo para comprar pan y embutido para unos bocadillos.
Antes de llegar a los senderos hay una serie de aparcamientos, creo que el precio era igual en todos, 10mil COP, así que lo dejamos en el primero que vimos. Dudamos mucho sobre si alquilar unas botas pantaneras, y al final decidimos hacerlo, ya que nuestra intención era hacer la ruta completa. Nos costaron 6mil COP cada uno. Yo iba con temor a que se me cocieran los pies con las dichosas botas, pero después resultaron ser muy útiles.
El valle del Cocora es el paraíso de los instagramers, está repleto de miradores y lugares cuquis para hacerse fotos. De hecho, lo primero que te encuentras es un pequeño circuito con entrada aparte (no recuerdo el precio) para hacerse fotos con temática de la película “Encanto”. Nosotros pasamos de ese circuito, porque nos dijeron que si íbamos a hacer la ruta encontraríamos paisajes mucho mejores.
Hay varias opciones para visitar el Cocora. Primero hay una zona de miradores, y la mayoría de los visitantes se limitan a esta zona, que tiene las mejores vistas y muchos sitios para fotografiarse, haciendo un recorrido más o menos circular.
La otra opción, que es la que escogimos nosotros, es empezar el recorrido por la zona de miradores y después volver por el río, atravesando varios puentes colgantes.
La ruta nos pareció muy bonita, tanto la primera parte, subiendo a los miradores desde donde se aprecian las palmas de cera, como la segunda parte por el río. Eso sí, esta zona estaba fatal de barro, menos mal que llevábamos las botas pantaneras. Pasamos por varios puentes colgantes de dudosa seguridad, las sujeciones no tenían muy buena pinta.

En un momento de la ruta hay un desvío a la casa de los colibríes, pero decidimos no ir.
Casi al final de la ruta vimos un pequeño quiosco con bebidas, donde nos compramos unas cervezas y nos comimos los bocadillos que llevábamos.
De vuelta a Salento, descansamos en la terraza de nuestro alojamiento, y después salimos a dar un paseo por el pueblo. Íbamos a ir al mirador que hay cerca de nuestro alojamiento, pero concluimos que las vistas eran parecidas a las de la terraza y al final no fuimos.
Cenamos un corrientazo en El rincón de Lucy, que estaba bien, pero no me gustó tanto como el de El rincón de Lucy campestre. Pero estaba bien para una cena sin complicaciones.