El día comenzó con un buen desayuno en el buffet, bastante completo y todo muy rico, con un personal amable siempre pendiente de si necesitabas algo. Me sorprendió que tuvieran opciones de bollería y pan sin gluten, nosotros no tenemos intolerancia, pero creo que es algo a remarcar para quienes lo necesiten.
Lo primero eran los “trámites administrativos” que teníamos pendientes, cambiar algo de dinero en un banco cercano, el cambio fue 1€ 51 libras, y luego comprar la tarjeta sim, nos decidimos por una de Orange, por 15€ nos la activó el chico de la tienda y nos funcionó de maravilla en todos los sitios durante las tres semanas de viaje.
Con todo listo tocaba empezar a hacer el “trabajo de turista” nuestra primera visita estaba nada más cruzar la calle, el Museo de Antigüedades egipcias, tras pasar los primeros controles, vamos a comprar la Cairo pass, que durante los próximos 5 días nos va a permitir entrar en casi todos los sitios de la ciudad y sus alrededores.
La tarjeta no se obtiene en las taquillas, hay que dirigirse al personal que hay en la puerta y te acompañarán al interior del museo a la primera planta donde en una pequeña oficina la tramitan, hay que llevar una fotografía, fotocopia del pasaporte y 120€ en efectivo, no se admite pago con tarjeta. Tras una tranquila tramitación, en Egipto el tiempo corre mas lento, jajajaja, ya teníamos nuestro pase, el que también nos permitiría el 50% descuento en la Luxor pass unos días después.
Era hora de empezar a ver uno de los museos clásicos del mundo, es un museo antiguo, y sus exposiciones están más cerca del siglo XIX que del XXI, además está en periodo de desmantelamiento puesto que muchas piezas se están trasladando a los nuevos museos, por ello la primera impresión es la de un gran y viejo almacén añejo y un tanto destartalado, pero que esto no te engañe porque hay aún muchísimas piezas que merecen una tranquila visita.
Esfinges, sarcófagos almacenados en estanterías, dioses, escribas, relieves, papiros y un sinfín de objetos componen la colección.






Sin darnos cuenta se nos pasó el tiempo, ni paramos a comer. Cuando salimos del museo nos perdimos en las calles cercanas viendo el ambiente de una ciudad vibrante y de paso aprendiendo a cruzar una calle que es toda una aventura, ya que no se respetan ni semáforos ni señal alguna, aquí rige el “allí donde fueres haz lo que vieres” y de paso reza unas cuantas oraciones mientras atraviesas la calle, jajajaja.
El cansancio hacía mella y decidimos hacer una cena temprana en la cafetería Le Poire que nos pillaba junto al hotel, es un local bastante moderno con comida occidental, buenos batidos y una magnifica pastelería. No perderse el smoothie de limón con menta, esta de cine., los precios son muy comedidos fueron unos 9€ los dos.
Un rato de piscina y a descansar.