Las ocho de la tarde, el ferry llegó puntual a Auckland. Fuimos a buscar el primer autobús que subiera por Queen Street. Las tarifas de los autobuses en Auckland me habían sorprendido gratamente. Viniendo de Barcelona, se agradece pagar 25 céntimos de euro por trayecto (“quizás es la forma más eficaz de potenciar el uso de transporte público”, pensé). El autobús subía tranquilamente por Queen Street y todo parecía tan familiar….Esa cafetería donde ofrecen muffins gratis con el café, el salón de peluquería donde te cortan el pelo gratis por ser una escuela de peluquería, el cine donde puedes encontrar butacas especiales, más amplias y con servicio de comida y bebida para ver la película “De lujo”, el indio donde me tomé el kebbab hacía 35 días cuando pisé por primera vez Nueva Zelanda, la tienda de licores donde ya me recibían con la alfombra roja tras unas cuantas visitas para comprar vino y por supuesto, la Skytower. No me sentía como en casa, pero casi.
El autobús paró a la altura de Turner Street y nos bajamos. Txema ibá detrás nuestro, lentamente, a su paso “muletero”, pero fue el primero en percatarse. “Mira quien está ahí, tronco”. Michelle estaba sentada en la entrada del YHA Internacional. Me adelanté unos pasos y la abracé con ganas y con la incertidumbre de lo que podía pasar. Habíamos reservado mesa para cuatro en un restaurante coreano cerca del hostel y pasamos por la tienda de licores a comprar las últimas botellas de vino, una de tinto y otra de blanco “medio” (a Michelle le gustaba el vino blanco ni muy seco ni muy afrutado).
La cena fue muy divertida. Alberto se encargó de amenizarla y Txema cogió un pedete divertido. Acabamos en el hostel con otra botella de Tequila de Alberto. Salí fuera a fumar un cigarro y Michelle me acompañó. Conversación breve e intrascendente…mirada fija y penetrante (de aquellas en las que una mujer parece querer decirte, vaaaamooos, espabila!....y has de hacer un triple salto sin red)…a tomar polc..ya no puedo más….beso de tornillo inmediato. Salida de Txema en ese momento con sonrisa de oreja a oreja, “Joder, pero aún estáis aquí?”.
Michelle no había reservado habitación en el YHA Internacional sino en otro hostel más céntrico al final de Queen Street, cerca del puerto. Me ofrecí a acompañarla y me respondió con una sonrisa. El trayecto por Queen Street desde el YHA hasta el hostel de Michelle se convirtió en un desfile de arrumacos efusivos que tuvimos que contener en algunos momentos para evitar la detención por escándalo público en plena calle. La contención no sirvió de mucho ya que, para amenizar la fiesta pasional, un coche de policía paró a nuestro lado y, con una sonrisa cómplice, nos “invitó” a proseguir nuestra demostración efusiva en una calle menos concurrida, buen rollo. Al llegar a su hostel me la quedé mirando “Me gustaría pasar la noche contigo, Michelle”. Con sonrisa de complicidad y esos ojos azul intenso respondió “Por lo que pudiera pasar, he anulado mi habitación compartida y he cogido una para los dos”. Como siempre, los hombres nos lanzamos pero son las mujeres las que acaban decidiendo. Buenas noches…buenísimas.
Lucía el sol y la Skytower resplandecía mientras caminaba por Queen street en dirección al YHA Internacional. No tenía prisa, eran las nueve de la mañana y el avión salía a las 12:30. La despedida con Michelle había sido sencilla e intensa, un besazo y un “hasta la próxima”. A diferencia de mi encuentro con Lauren, con Michelle tenía la sensación de que la historia no acababa ahí. Lo cierto es que no se porqué, ya que Michelle pensaba quedarse en Nueva Zelanda un año y la distancia no favorecía esa sensación, pero la tuve.
Recordé el primer paseo por Queen street hacía un mes, cuando aterricé en Auckland. Entonces el día era negro y lluvioso y paseaba intranquilo por el cansancio y la incertidumbre del viaje que había comenzado. Poco me podía imaginar que el último día del viaje volvería a hacer ese mismo trayecto en el estado de euforia que me encontraba. El viaje había resultado una experiencia imborrable y el encuentro con Michelle había puesto el broche de oro.
Caminaba despacio, como queriendo disfrutar de cada paso a medida que contemplaba la ciudad mientras subía por Queen Street. Al llegar al YHA Intl. Txema y Alberto estaban desayunando y me recibieron con una sonrisa de oreja a oreja. Alberto se despidió con un fuerte abrazo y un “Nos vemos en Oaxaca, amigo”. Ultimo piti con Txema. “Que bien que nos hayamos conocido, gracias por todo lo que has hecho por mí, tronco”. “Gracias a ti, Txema, gracias a ti”. Nos volveremos a ver, de eso no teníamos ninguna duda.
A las diez y media pasó el autobús hacia el aeropuerto. Los 21 kilómetros de trayecto se convirtieron en una sucesión de imágenes del viaje. Auckland, Silver Bullet, Akaroa, Kaikoura, Mike, Abel Tasman, perdido de Tonga, Wanaka, Lauren, Monte Aoraki, Tom, Queenstown, Te Anau, Lauren, Milford Sound, Ahipara, Curso de surf, Rangi, primera ola surfeada, Txema, Michelle, Auckland, Alberto, Waiheke Island, Auckland, Michelle……y tantos otros nombres, lugares y vivencias que han ido quedando plasmados en estas crónicas.
A Lucía nunca la llegué a conocer pero sin ninguna duda, si ella no hubiera aparecido en escena, estas crónicas hubieran tardado mucho más tiempo en escribirse o quizás nunca se hubieran escrito. Sin saberlo, me ayudó a dar el salto a Nueva Zelanda y por ello le estoy agradecido a pesar de haber ignorado mis mensajes.
Quedaban por delante 36 horas entre aviones y esperas en los aeropuertos de Auckland, Sydney, Singapur y Londres hasta llegar a casa………pero eso era lo de menos después de los 36 días vividos en Nueva Zelanda.
Gracias, Nueva Zelanda. !Hasta la próxima!. *** Imagen borrada de Tinypic ***
Sin lugar a dudas, I LOVE NEW ZEALAND.