Situada entre dos cordilleras en las orillas del río Kok, un afluente del Mekong, Chiang Rai es una de las ciudades más grandes del norte de Tailandia. Su distrito municipal cuenta con 200.000 habitantes, de los cuales más del 10 por 100 son descendientes de las tribus de las colinas, los karen, los akha, los lisu, los miao y los hmong. Fue fundada en 1262 por el rey Mangrai, que la convirtió en capital del reino de Lanna, aunque en 1296 pasó a serlo Chiang Mai. Durante varios siglos estuvo en poder de Birmania, y en 1786 pasó a ser vasallo de Chiang Mai. En 1899, Siam se anexionó Chiang Mai; y en 1933, Chiang Rai se convirtió en una provincia de Tailandia.

En Chiang Rai, fuimos a visitar sus templos más importantes; ambos, curiosamente, son modernos y están separados entre sí por unos 15 kilómetros. De paso, atravesamos Chiang Rai, donde me fijé en que había jaulas con gallos dentro, dispuestas para su venta. Y es que en Tailandia las peleas de gallos son legales y muy populares. También divisé la enorme figura del Buda Blanco de Wat Huey Pla Kong. Estuve pensando ir a verlo la tarde anterior desde el hotel, pero al final lo dejé pasar. Las fotos que tengo son tan malas que prefiero no poner ninguna
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Wat Rong Suea Ten, el Templo del Tigre Danzante, también conocido como Templo Azul.
En primer lugar, nos dirigimos al Templo Azul. Adivinar el motivo de su nombre no resulta complicado a la vista del azul índigo que domina toda su estructura, color que, en los valores budistas, simboliza la tranquilidad y la sabiduría. La entrada es gratuita, algo poco común en los templos más turísticos de Tailandia. Horario: 07:00 a 20:00, si bien, como de costumbre, puede variar según la época del año. Estaba muy concurrido.

Construido sobre las ruinas de un antiguo templo abandonado, se abrió al público en 2016 sin estar acabado. Fue obra de Phutha Kabkaew, un arquitecto local que había participado antes en el diseño del Templo Blanco, aunque también se inspiró en Thawan Duchanee, otro arquitecto local autor de la Casa Negra.

La entrada principal está custodiada por dos espectaculares figuras, que representan la fuerza, el valor y la protección, además de la dualidad entre la vida y la muerte. El templo está dedicado a la vida de Buda.

El conjunto presenta un aspecto barroco que sorprende bastante, aunque ya estábamos un poco preparados para estos excesos después de lo que vimos en Ang Thong. Aquí, los budas son predominantemente de color blanco, empezando por los que hay en el exterior que están flanqueados por carruseles de variadas criaturas mitológicas azules.



La fachada del templo aparece plagada de elaboradas filigranas amarillas, que enmarcan también las ventanas. No faltan los dragones y las cabezas de tigre, así como guerreros y animales reales o mitólogicos. Tremendo, no sé cómo definirlo.

El interior del templo sigue estando dominado por los tonos azules con detalles dorados, rodeando a un buda sentado de más de seis metros de altura y de color blanco. Creo que fue lo que más me gustó.


Fue en la pagoda donde vi más acentuado el contraste entre el omnipresente tono azul (incluso los elefantes son azules) con los estridentes detalles dorados y los budas blancos, cobrando protagonismo también los detalles en gris plateado.



En la parte posterior, hay un museo, y la entrada en este lado está protegida por más criaturas mitológicas y un montón de calaveras (azules, claro) que rinden tributo a la muerte.


Pese al derroche de brillo y color, la gran cantidad de criaturas mitológicas que aparecen por todas partes me resultó casi agobiante. De todas formas, merece la pena ver este templo. Sin duda, un imprescindible en Chiang Rai.


Wat Rong Khun, el Templo Blanco.
Moderno y nada convencional, este templo fue diseñado por Chalermchai Kositpipat, que lo empezó a construir en 1997. Diferente a todos los demás que habíamos visto hasta el momento, impresiona desde que le pones el ojo encima. Y eso que no sabes muy bien si estás frente a una fantasía oriental, una horterada en toda regla, un escenario de película de ciencia ficción o una auténtica obra de arte arquitectónica budista futurista. En cualquier caso, a poca gente dejará indiferente algó así.

No obstante, quizás la hora de la visita influye en la percepción del conjunto. Por la mañana, el sol que ilumina las fachadas blancas con cristales incrustados (hay que tener cuidado de no tocar las barandillas para evitar cortes) hace que el templo resplandezca de un modo casi irreal. Quizás la iluminación nocturna consiga un efecto mágico también. El color blanco alude a la pureza y el cristal, a la sabiduría de Buda.



El complejo es muy grande y se compone de varias zonas. Está inacabado. Se puede acceder al primer recinto y ver el exterior del templo blanco, que está rodeado por un lado, sin abonar entrada. Desde ahí, se obtienen buenas fotos, aunque las mejores perspectivas se obtienen donde aparecen el templo y su reflejo completo en el agua.


Para pasar al interior (ubusot), hay que sacar un ticket y ponerse a la cola para entrar, lo que se hace cruzando un puente sobre un canal. Desde ese punto, no se puede retroceder. Dos colmillos sirven de pórtico y, aparte de otros grupos escultóricos, llaman la atención las manos que surgen del fondo de la tierra y que representan las tentaciones que pueden apartar de la iluminación budista. El paso está protegido por kinnaree (mitad hombres, mitad pájaros) y dos enormes rahus (criaturas que representan a la muerte), custodian las Puertas del Cielo y deciden la suerte de las personas que se proponen traspasarlas.

Había tanta gente que por los altavoces repetían (incluso en español) que nadie se detuviera a hacer selfies porque se interrumpía el acceso, formando atascos. Caso omiso. Está claro que no conocen a nuestros compatriotas…






Está prohibido tomar fotos en el interior, donde hay pinturas con personajes variopintos, entre los que destacan superhéroes, naves espaciales o las torres gemelas derribadas por los aviones. Según he leído, el mural representa la violencia y el consumismo de los valores occidentales. Fue lo que menos me llamó la atención. En fin, nada de lo que pueda contar explica lo que se ve allí.

También hay que pasear por el resto del complejo, donde no faltan pagodas, cuevas, árboles de la suerte, incluso al edificio de los aseos merece la pena echarle un vistazo por su suntuosidad visual.

Como contraste, el Templo Dorado o Casa del Oro, apenas sin gente, transmite serenidad y forma una composición muy bonita con su puente (dorado también) sobre el lago que lo rodea. Muy chulo, de cuento. No pudimos ver el interior porque acababan de cerrar para comer. Si lo hubiésemos sabido, habríamos ido al principio de la visita.

Guste su estilo más o menos, el templo blanco me pareció un imprescindible en Chiang Rai, y quizás en Tailandia.
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De Chiang Mai a Chiang Rai.
A continuación, iniciamos viaje hacia Chiang Mai, que se encuentra a 173 kilómetros de Chiang Rai. Durante los primeros kilómetros, nos encontramos la carretera en obras. Al parecer, las inundaciones de septiembre pasado la dejaron en muy malas condiciones y una parte han tenido que rehacerla casi entera. Por lo demás, el recorrido aunque largo en tiempo resultó muy entretenido porque se contemplan panorámicas muy bonitas. Desde luego, las fotos que pude tomar no le hacen justicia.



Paramos a comer en un restaurante rural, con un entorno muy chulo, como venía siendo habitual. En adelante, la carretera pasa durante muchos kilómetros por el Parque Nacional Mae Tha Krai, que nos ofreció unos paisajes semi-selváticos preciosos. Aunque pudimos dar un corto paseo, me hubiera gustado disfrutar del lugar de otra manera. Sobre las cinco de la tarde, llegamos a nuestro hotel en Chiang Mai.

