Hoy me despierto sin despertador. Abro la cortina y ahí está: el mar, azul y quieto, como si también se hubiera tomado el día libre. Me siento a escribir en el diario los días que me faltaban, mientras dejo que el cuerpo se desperece sin prisa. Hoy, por fin, se siente que estoy de vacaciones. Sin horarios, sin destinos fijos. De esos días donde caminar sin rumbo es todo lo que está bien.
Echo de menos el silencio. A veces me cuesta entender esa necesidad de algunos de ir gritando por la calle. ¿Por qué nos cuesta tanto caminar en silencio? Escuchar el sonido de las olas, el crujido de las piedras bajo los pies, el roce del viento. Siempre hay alguien hablando demasiado fuerte, rompiendo el momento. Qué agotador.
Salgo a desayunar cerca del alojamiento y encuentro un sitio: Vibe 360 Saranda Cocktails & Food. Terraza al aire libre, sol suave. Tostada de aguacate con huevo, zumo de naranja natural. Ocho euros que saben a gloria. Me quedo un rato, disfrutando. Luego camino por el paseo marítimo, sin dirección. Cuanto más camino, más me gusta estar sola, sin hablar, solo observando. Me cuesta admitirlo, pero lo necesito. Silencio, calma. Por eso me gustó tanto el bufó, esa mezcla de introspección y paz. Qué difícil es encontrar lugares así. Qué pena.
En el camino, me cruzo con una escena que logro fotografiar: un marinero con su pesca del día y botellas llenas de mejillones. Pienso en él, abriendo con paciencia concha por concha, metiéndolos uno a uno en esas botellas. Me hace sonreír. Qué estampa más curiosa.

Y hablando de estampas curiosas: nunca he visto tanta falsificación como en Sarandë. Bolsos, camisetas, relojes, todo falso y mal hecho. Especialmente marcas italianas. Me da rabia, porque este país es precioso, y sin embargo, parece obsesionado con el envoltorio. Me recuerda a Rumanía. Quizás son las secuelas del comunismo. Aparentar, aunque sea de mentira.
Dejo Sarandë y me pongo rumbo a Himarë. En el camino, decido parar en el castillo de Porto Palermo. Paso por Borsh, un pueblo detenido en el tiempo. Aún no lo han tocado, no hay obras ni bloques de cemento nuevos. Apuntadlo: vale la pena. Intento bajar a la playa, pero no doy con el camino. Sigo.
Llego al castillo. Justo antes hay una pequeña playa abarrotada de coches y buses turísticos. Aparco frente al castillo, en lo alto de un pequeño islote. Fue construido en 1804 por Ali Pasha de Tepelena, gobernador otomano de Ioánina. Lo recorro. A un lado, barcas amarradas; al otro, una cala diminuta y un restaurante. Me tumbo en una plataforma de cemento que hace de solárium improvisado. Silencio, por fin. Me quedo allí un par de horas. Baño, sol. Hay muchos erizos de mar —me recuerdan a Croacia—, así que un consejo: traed escarpines o cangrejeras. O acabaréis pinchados.

Retomo la ruta hacia Himarë. Las carreteras serpentean como en Baleares, con el mar al lado. Es bonito, pero ya se notan los efectos del turismo: canalizaciones abiertas, polvo, ruido, construcciones…
Un detalle que a mí no me llamó la atención ( pensé que sería una moda) y es que en muchas fachadas cuelgan ositos de peluche. Me lo explicó un guía en Gjirokastër. Es una superstición contra el mal de ojo. Creen que el peluche absorbe las malas energías, como un amuleto protector. Los llaman majmune, que literalmente significa “monos”. La tradición creció tras la caída del comunismo, cuando llegaron los peluches y con ellos, nuevas formas de protegerse del mundo.
Llego a Himarë. La playa es larga, con sitio para aparcar. El restaurante que tenía apuntado, Fish and Go Summer, está cerrado. Todo parece un pueblo fantasma. Aún no ha arrancado la temporada. Las playas, de piedras. Entiendo por qué la gente viene con colchonetas, puffs, sombrillas. Sin eso, imposible tumbarse.
Sigo hasta Dhermi, donde tengo alojamiento. Consejo: aseguraos de reservar en la zona de costa. El pueblo interior está en lo alto y es un mundo aparte. Me quedo en Elysium Villas, unas cabañitas por 40 euros la noche. Sin desayuno, pero bien. Espacioso. En Albania, si buscas bien, encuentras lugares decentes por entre 30 y 80 euros. No compensa pagar 200 por hoteles que no ofrecen ni la mitad fuera de temporada.

Hago el check-in, dejo el coche y salgo a buscar algo para comer.

Después paseo por la playa. Encuentro unos puffs abandonados y me tumbo al sol. Leo, , tomo el sol, respiro. No hago nada más. Y me quemo, claro. El sol engaña en abril. No me doy cuenta hasta que vuelvo al alojamiento para cambiarme y cenar.

Ceno en Aloni, otro restaurante con muy buena energía. Carpaccio de lubina. Exquisito. No aceptan tarjeta y me queda poco efectivo, pero llego justa. Camino de vuelta. La zona tiene ese aire relajado, como Bali fuera de temporada: chill, un poco hippie, muy local.

Termino el día con esa sensación de no haber hecho nada… pero haberlo disfrutado todo. Y pienso: qué bien sienta no hacer nada, cuando se hace con intención.