15 junio de 2025

A las seis de la mañana, nuestros cuerpos ya pedían acción. O café. O una ducha caliente. Lo que no esperábamos era que esa ducha saliera... templada, tirando a fría. No helada, pero sí lo bastante como para fastidiarme el despertar. Ana, que se había duchado la noche anterior, había tenido mejor suerte. Sospeché que algo le había dicho a la recepcionista.

El desayuno del motel estaba incluido, pero al verlo… bueno, digamos que optamos por repetir la fórmula del día anterior: café de la habitación y poco más. Además, la máquina de hielo llevaba tiempo sin funcionar, así que nos tocó parar a comprar una bolsa. Ana entró esta vez y, aunque se defiende bien en inglés, los nervios le jugaron una pequeña mala pasada. Como nota curiosa, el galón de gasolina allí costaba 3.779 dólares.



Nuestro siguiente destino era Oatman, un pueblo fantasma famoso por sus habitantes más carismáticos: una comunidad de burros que campan a sus anchas por sus calles. Llegamos temprano, sobre las 8:30, cuando todo aún estaba cerrado. Parecía un auténtico pueblo del Oeste detenido en el tiempo. Caminamos por su calle principal, entramos en una pequeña mina, y justo cuando una tienda empezó a levantar la persiana, cuatro burros pasaron a nuestro lado a toda velocidad, como si estuvieran entrenando para una carrera. No nos hizo falta comprar comida para ellos: la dependienta ya les había dejado algo junto a la puerta, y eso bastó para atraerlos.








Para almorzar, hicimos parada en Peggy Sue 's, un diner con aires de los años 50. Aunque era pronto —las 11:30— acabó siendo un brunch improvisado. Nos prometimos pedir algo ligero, pero cuando nos trajeron la carta… se nos fue de las manos. Ana pidió un sándwich club y yo un Philly Cheesesteak, acompañado de una zarzaparrilla que ya me empezaba a encantar, más por el nombre que por el sabor.







Desde allí, pusimos rumbo a Los Ángeles. Paramos a ver el surrealista Elmer 's Bottle Tree Ranch, un bosque de esculturas hechas con botellas de vidrio, y seguimos hacia Venice Beach, pasando por Victorville sin detenernos.





Aparcamos en un parking público por 15 dólares y caminamos junto al mar hasta el muelle de Santa Mónica. Allí, donde la Ruta 66 termina oficialmente, el ambiente era animado, pero sin agobios.










Antes de regresar al coche, pasamos por el Skate Park y, desde allí, fuimos al Observatorio Griffith.

En el trayecto, vimos pasar más de diez coches de policía con las luces encendidas, lo que nos hizo replantear los planes del día siguiente. Para colmo, Ana leyó en el móvil que se había decretado un toque de queda entre las 20:00 y las 6:00. No sabíamos si afectaba a la zona de nuestro hotel, pero por si acaso, decidimos no arriesgar.

Había un aparcamiento gratuito a algo más de un kilómetro de distancia del Observatorio y a partir de ese punto, ya tocaba rascarse el bolsillo: 10 dólares la hora. Terminamos dejando el coche más lejos de lo deseado y caminamos hasta la entrada. Otro atardecer memorable nos esperaba, esta vez con vistas al cartel de Hollywood. Fue una imagen digna de película.





La llegada al 24 Hours Motel fue tranquila, aunque nos volvió a adelantar una caravana de policías (esta vez fueron 18).

La entrada al aparcamiento era estrecha, pero conseguimos meter el coche sin problemas. La habitación era más pequeña de lo habitual y no tenía cafetera, pero nos habían dejado agua y unos snacks de cortesía.




Después de más de 20.000 pasos, el descanso se sentía merecido.
