18 junio de 2025

El despertador de nuestras cabezas sonó a las 06:00. Días antes del viaje ya sabíamos que uno de los tramos costeros estaba cerrado, así que decidimos hacer un desvío interior hasta Carmel-by-the-Sea para luego bajar pegados al mar y regresar hacia el norte. Eran más kilómetros, sí, pero la promesa de las vistas nos convenció.
Desayunamos en la habitación, como ya era costumbre, y salimos temprano. Paramos en una gasolinera solitaria cerca del cierre de carretera para echar un vistazo a los precios: 9.89$ el galón. Si algún día tenéis hipo, creo que es el mejor sitio para que se os pase. Pensamos que más que gasolina, aquello debía llevar oro líquido.
Nos desviamos por una carretera estrecha y serpenteante de montaña. En más de 30 km apenas nos cruzamos con cinco coches… pero sí con muchos conejos, o algo parecido. No soy precisamente Miguel De la Cuadra Salcedo, así que lo dejo en “criaturas peludas y veloces”. Cada pocos metros se cruzaba uno en la carretera.

Después de repostar en Salinas, nos reincorporamos a la ruta costera. Paramos en varios miradores y nos dirigimos al Puente Bixby, pero estaba tan lleno que no pudimos aparcar. Ana conducía, así que me lancé del coche para hacer unas fotos al vuelo… y casi me deja tirado.
Me tocó correr tras el coche como si fuera una escena de Mr. Bean, mientras un camionero nos pitaba con ganas. Momentazo.




Tuvimos también durante el recorrido una niebla que iba y venía según la zona. El objetivo del día eran las McWay Falls, y valió la pena. Aguas turquesas, acantilados, un paisaje digno de postal. Para colmo, la niebla desapareció justo al llegar.

En el camino de vuelta paramos en la Henry Miller Library, donde pillamos algo de WiFi. Me esperaba una especie de santuario bohemio y, en parte, lo era. Pero el interior podía ser perfectamente el de una librería de cualquier ciudad.


Ahora sí pudimos parar en el Puente Bixby con calma y sacarnos fotos sin el estrés de antes.

Almorzamos en un Subway cerca de Carmel y nos adentramos luego en la famosa 17 Mile Drive (entrada: 12,25$). En uno de los miradores, Ana bajó sola a sacar fotos y, al volver, se metió por error en el coche de otra persona. Yo lo vi todo desde el nuestro, riéndome como nunca. La cara de Ana, roja como un tomate, pidiendo disculpas, no se me va a olvidar en la vida. Una pena no haberlo grabado en vídeo.



Intentamos ver el faro de Point Lobos, pero ya había cerrado. Luego pasamos por el Apple Park, vimos el mítico garaje donde nació la empresa de la manzana y visitamos la Universidad de Stanford antes de llegar a nuestro nuevo hogar: el Surf Motel de San Francisco. Sencillo, funcional y con máquina de hielo, esta vez sí.


Cerramos el día con un paseo al Palacio de Bellas Artes, abrigados por fin, y una cena rápida en Shake Shack. 10.225 pasos más que añadimos a esta aventura que ya se estaba convirtiendo en inolvidable.


