17 de junio de 2025

Volvimos a abrir los ojos a las 07:00. Nos preparamos el desayuno con la habilidad de quien ha repetido el mismo ritual durante días y salimos rumbo al muelle de Santa Bárbara.
En el parking del motel nos cruzamos con dos malagueñas que estaban haciendo un viaje muy parecido al nuestro, pero en sentido contrario. Su coche tampoco contaba con bandeja en el maletero, por lo que les contamos nuestro sistema ya que ellas llevaban todo el equipaje tapado con toallas.
Al llegar al muelle, podías entrar con el coche directamente y aparcar gratis durante los primeros 90 minutos… pero, cómo no, nos dimos cuenta tarde. Terminamos pagando 3,5$ en un aparcamiento público cercano.

Caminamos hasta el final del muelle, disfrutando del ambiente marinero y del aroma a sal que flotaba en el aire. Luego continuamos hacia Solvang, ese pedacito danés perdido en California. Casas con entramado de madera, molinos, panaderías con nombres impronunciables… un salto cultural inesperado.


Hicimos una parada en Bubblegum Alley de San Luis Obispo, un callejón tapizado por miles de chicles pegados. No fue la mejor forma de abrir el apetito, pero nuestras tripas eran valientes. Almorzamos unas hamburguesas en The Habit, contundentes y sabrosas.


La siguiente parada fue Morro Bay aunque fuera solo para estirar las piernas un rato.


Nuestra llegada a Cayucos estuvo marcada por el cambio de temperatura: el aire era frío, y por primera vez en todo el viaje tuvimos que sacar los pantalones largos.

Nos alojamos en el Sea Breeze Motel de San Simeón, que tenía piscina climatizada, pero no nos atrevimos con el agua. Sin embargo, cuatro valientes chicas sí que se estaban bañando (es lo que tiene ser joven)


Como habíamos llegado temprano, nos acercamos a ver a los leones marinos que descansaban cerca de la costa, y cerramos el día cenando comida mexicana en el Big Sur Restaurant. Un día de transición, pero no menos especial.





