Selva di Gardena.
Regresamos por donde habíamos venido hasta la pequeña población de Selva di Gardena, a pocos kilómetros de Santa Cristina y de Ortisei. Nos alojamos allí esa noche, en el Hotel Acadia Adults Mountain Home, que nos costó 180,50 euros con tasas, aparcamiento en garaje y desayuno incluidos. Era caro, pero no encontré un precio mejor en esa zona y, la verdad, valió su precio: el hotel fantástico, la habitación preciosa, con bañera exenta (inútil pero resultona; había cuarto de baño completo con ducha aparte), colchones comodísimos, terraza con unas vistas fantásticas a las montañas, aire acondicionado… El personal amabilísimo, incluso el recepcionista de la tarde hablaba español.


Tras descansar un rato, dimos una vuelta por la localidad, ya muy tranquila a esas horas de la tarde. Cenamos unos sándwiches en la terraza de un bar con unas vistas de escándalo a unos picos que nos mostraron una perfecta y prolongada “enrosadira” al atardecer. No fui capaz de captarla ni de lejos con mi cámara, entre otras cosas porque había unas grúas de una obra justamente delante; así que queda en mi memoria.



Itinerario de la jornada.
Como consecuencia del tremendo calor de los días anteriores, para esta jornada se anunciaban tormentas, si bien la mañana amaneció tan soleada como las anteriores. Para no faltar a la costumbre, tuvimos que alterar el recorrido que habíamos previsto inicialmente, de modo que el itinerario final quedó como figura en el título de la etapa, con un total aproximado de 63 kilómetros y el siguiente perfil en Google Maps:

Paseo por Vallunga.
Cuando nos levantamos, desde la terraza de la habitación vimos a bastantes senderistas que caminaban subiendo una calle que parecía adentrarse en un valle, entre las montañas que contemplábamos de frente. En principio, pensamos que se dirigían a las ruinas del castillo de Wolkenstein, que se encuentra a unos 900 metros de la población. El lugar pintaba muy bonito y decidimos ir nosotros también después del desayuno que, nuevamente, teníamos incluido y que resultó estupendo y muy variado (huevos, fiambres, salmón ahumado, bollos, galletas, tostadas, zumos…).

Tras hacer el check-out, no nos pusieron problema alguno para dejar el coche en el garaje del hotel, y caminamos durante un rato hacia el castillo, del que apenas queda un muro incrustado en las rocas. Pero no fue eso lo que nos llamó la atención, ni tampoco lo que atraía a los visitantes –tanto a pie como en coche-, sino la zona de Vallunga, una pista de esquí de fondo en invierno, que forma parte del Parque Natural Puez-Odle, y que en verano se convierte en un conjunto de rutas de senderismo para todos los niveles.


Pasamos el aparcamiento (de pago, claro), y tomamos uno de los senderos, que se extiende por el valle, flanqueado por bosques y picos imponentes. Por el camino, vimos también la pequeña Capella di San Silvestro, que cuenta en su interior con pinturas al fresco sobre la vida de Jesús, con una antigüedad de tres siglos, que fueron descubiertas durante la restauración de la iglesia, realizada en 1963.


Aunque no hicimos el sendero largo completo (12 kilómetros), nos pareció una ruta muy agradable, sencilla y muy bonita.


Volvimos al pueblo y, antes de recoger el coche, fuimos a comprar unos bocadillos en un supermercado para comer de pic-nic. De paso, nos fijamos en alguna que otra curiosidad: como este esforzado tirolés:

Castelrotto y alrededores.
La idea era ir a Alpe di Siusi. Había leído que por la mañana la carretera permanece cortada, con lo cual hay que dirigirse a un aparcamiento en Compatsch y seguir a pie desde allí. De modo que puse el navegador en esa dirección, despidiéndonos definitivamente de los bonitos paisajes de Selva di Gardena.


Por tercera vez en dos días, dejamos a un lado la población de Santa Cristina, suspendida sobre una colina, con su iglesia como punto esencial de referencia. Nos hubiera gustado visitarla, pero se nos quitaron las ganas solo de plantearnos la idea de vagar por el pueblo en busca de un aparcamiento. Así que me quedé con el recuerdo de la foto que tomé desde la carretera.

Desde Ortisei, rápidamente giramos a la izquierda y empezamos a ascender una montaña, que en unos cuantos giros vertiginosos nos dejó al otro lado de la cumbre, en dirección, primero a San Michele, con su iglesia, y luego, a Castelrotto y sus casas de colores, que ofrece una panorámica muy bonita desde lejos, con la iglesia de San Valentín y su campanario coronado con una cúpula en forma de cebolla.


Por el camino, también me llamó la atención una escultura en madera (en esta zona, hay mucho trabajo artesanal en madera, incluyendo fuentes de lo más resultonas), con una vaca, un caballo, una oveja y un gallo, muy similar a la que vimos hace un par de años junto a la Catedral de Riga. ¿Tendrán algo que ver entre sí? No sé.

En dirección a Alpe di Siusi, vimos una especie de bruma, con unas nubes blancas que crecían poco a poco. ¿Llegaba la tormenta? No lo parecía, aún. La carretera comenzó a ascender continuamente hasta que llegamos frente a una barrera. Allí, había un hombre que solo repetía “dar la vuelta”, “volver por la tarde”, “dar la vuelta”. Intenté que me explicara cómo llegar a Compatsch, pero no hubo forma de sacarle de su discurso fijo. Así que nos encontramos sin saber qué hacer, ya que, en esta ocasión, Google Maps insistía en llevarnos por la carretera cortada sin otra opción.

Eran las doce y no podríamos pasar por allí hasta las cinco. Para hacer tiempo, pensamos visitar Bolzano, que no estaba muy lejos, pero los 38 grados de temperatura prevista nos echaron totalmente para atrás. Pero por la tarde se anunciaban tormentas… Al final, decidimos volver a Ortisei y tomar allí el teleférico que sube a Alpe di Siusi. Un gasto no previsto, pero no queríamos quedarnos sin verlo y tampoco nos venía bien volver al día siguiente. Decidido, pues.
Teleférico Alpe di Siusi (Seiser Alm) en Ortisei.
Dejamos el coche en el mismo aparcamiento gratuito del centro comercial del día anterior y fuimos caminando hasta el Teleférico que sube a Alpe di Siusi desde Ortisei, para lo cual tuvimos que cruzar el puente sobre el río, pues se halla en la margen contraria al pueblo. Nos costó 35 euros por cabeza.

Las cabinas rojas salvan casi en vertical la montaña, depositando a sus viajeros en la cima, que encara el idílico valle “tipo Heidi” que se abre al otro lado. Precioso, realmente, aunque los reflejos del sol y una ligera bruma no acompañaban para que salieran bien las fotos.

En realidad, Alpe di Siusi es una meseta situada a una altitud media de 1.850 metros, que se extiende entre Val Gardena, el macizo Sciliar y el Grupo Sassolungo. Su encanto reside en que ha conservado casi intacta su fisonomía, con sus pastos, sus cabañas y sus granjas.


Junto a la estación del teleférico, vimos el final del sendero que sube desde Compatsch y que hubiésemos tomado de haber ido cuando tocaba. Al final, no sé si es que no atinamos con la carretera correcta o si realmente no se puede llegar en coche al aparcamiento entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde. Creo que más bien esto último. Culpa mía por no haberme enterado correctamente. También vimos un telesilla que llega a la cumbre desde el valle.


La vista desde lo alto era muy bonita, pero abarcaba tanto que siempre parecía la misma. A toro pasado, supongo que la mejor perspectiva debe obtenerse desde el propio valle. Sin embargo, el sitio en alto sí que proporciona estampas impactantes aunque algo lejanas de Seceda y sus alrededores.


Tomamos los bocadillos en la pradera, contemplando el paisaje. Aunque la visibilidad era buena en directo (para las fotos, no tanto), empezaron a aparecer muchas nubes y veíamos relámpagos a lo lejos. En algún punto, en la distancia, estaba lloviendo. Pensamos en hacer alguna ruta senderista por allí, pero con semejantes perspectivas y sin llevar ni siquiera un chubasquero en las mochilas, no nos atrevimos más que a dar un paseo no demasiado largo hasta un telesilla parado, donde hay un hito marcado con una Cruz. Desde allí, tampoco es que la panorámica variase mucho.


Ya bajando, con todo Ortisei a nuestros pies, divisamos también las cumbres de Seceda, ya acechadas por un buen surtido de nubes negras. Seguramente, las panorámicas no serían tan atractivas como cuando estuvimos nosotros y el desembolso merecería menos la pena. De hecho, vimos que en el aparcamiento del teleférico, abarrotado el día anterior, había muchas plazas libres.


Ortisei.
Cuando descendimos, teníamos que cruzar de nuevo Ortisei para llegar al coche, así que aprovechamos para dar otra vuelta por el pueblo, que estaba muy animado. Con unos 4.500 habitantes, es un importante centro de servicios y alojamiento de la zona tanto en invierno como en verano, con sus dos teleféricos estrella, el de Seceda y el de Seiser Alm, que lleva a Alpe di Suisi.


Situado en la margen derecha del río Gardena, cuenta con una zona céntrica con casas muy bonitas y decoradas, además de dos iglesias interesantes, la de San Antonio y la de San Uldalrico.



Pese a que suele estar bastante concurrido, merece la pena visitarlo, si bien no es fácil encontrar un hueco para aparcar ni siquiera pagando, así que gratis, es tarea casi imposible. Nosotros tuvimos suerte con el del centro comercial que ya he comentado, aunque eso nos supuso caminar unos veinte minutos.

En Ortisei, todavía brillaba el sol y seguía haciendo bastante calor. Tras recoger el coche, nos dirigimos a Bresanona, ciudad en la que nos alojaríamos las dos noches siguientes. Por el camino, seguimos contemplando pueblecitos en las laderas de las colinas con sus típicas iglesias.


Dolomitas en familia, un pequeño bocado en 15 días